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Ruth Pineda tenía fama de bruja. Muchas personas en el
barrio afirmaban - con un convencimiento absoluto - que practicaba el vudú y que
invocaba a los muertos. Incluso algunos vecinos aseguraban que dormía durante el
día en un ataúd.
- Sé
que hay historias locas que cuentan por ahí sobre mi tía... - le decía
Mariela a Julio, paseando de la mano por
el Rosedal, una tarde de otoño fresca y soleada.
- He
oído algunos rumores. Parece ser que no es la típica ancianita que por las
tardes toma el té con buñuelitos de anís y teje calcetines para los pobres de la
parroquia...
- ¿Ancianita...
? Si ella te escucha, te mata.
De su boca se escapó una risa musical, envolvente,
adulta. Muchas veces a Julio le parecía que ella era mayor de lo que aparentaba,
no porque su físico de mujer apenas salida de la adolescencia delatara
artificios - era una rubia esbelta, espigada, de opulentos pechos y firmes
caderas - sino por algunas actitudes que proporcionaban a sus gestos y palabras
la idea de un profundo conocimiento de las cosas. Eso la hacía diferente,
fascinantemente distinta.
- Ella
es la única familia que tengo. Lo poco que sé, se lo debo. Y es verdad: quizás
es un poco... distinta del resto de la gente. Algunos de sus gustos y manías son
algo extravagantes... pero es una persona
encantadora.
- Si
se parece un poco a ti, no tengo dudas.
Se besaron con un dejo de ternura que hacía juego con el
ambiente, y el profundo olor de las rosas los envolvió en un abrazo
embriagador.
- ¿Porqué
no vienes a cenar esta noche con nosotras? Así tendrás oportunidad de conocerla
y juzgar por ti mismo.
- Acepto
con la condición de que en el menú estés
incluida...
La atrajo con su brazo, y su mano se perdió en la espalda
de la mujer, bajo su ropa. Ella se dejó hacer, divertida, hasta que sintió que
esa mano bajaba hasta hurgar en el final de su espalda, amenazando ir más
allá.
- Si
seguimos... le daremos un espectáculo gratuito a los viejitos que vienen
caminando ahí. - murmuró, separándose de Julio con un elegante ademán. -Ahora me
voy - dijo - Te espero en lo de tía Ruth a las nueve y.. quién sabe... quizás el
postre seas vos...
A las nueve en punto Julio tocó el timbre del caserón de
Ruth Pineda. Quedaba a pocas cuadras del Rosedal. En alguna época había sido una
mansión ostentosa, como las que abundan en la zona. Grandes jardínes que la
circundan, árboles por doquier, paredes y ventanas señoriales, de estilos que la
moda ha olvidado, pero que mantienen intactos el porte y la
elegancia.
La de tía Ruth se erguía en el fondo de un jardín
cubierto de hojas amarillas. Un indescriptible aroma surgía de todos los
rincones, como si las flores marchitas, las hojas secas y los árboles, algunos
desnudos, se hubieran puesto de acuerdo en darle la bienvenida al
intruso.
- ¿Es
usted, Julio?
La voz que surgió del otro lado de la puerta era
demasiado melodiosa y vibrante, totalmente distinta a la imagen que Julio se
había formado de tía Ruth. Cuando ella abrió para invitarlo a pasar, él no pudo
disimular la sorpresa.
La presencia de esa mujer irradiaba demasiada luz. Ruth
Pineda era alta, de porte orgulloso, y su pelo del color del bronce bruñido
flotaba alrededor de sus hombros. Su piel, blanca y tersa como la de una
adolescente, no parecía tener ni una sola arruga que enturbiara su perfección.
Vestía un traje de noche negro con ribetes dorados, ceñido a todo su cuerpo como
una segunda piel, con una sutil abertura a la altura del torso, dejando adivinar
la curva que guiaba el camino hacia sus caderas. Quizás lo que más impactó a
Julio, junto a su abrumadora belleza y elegancia, fue el parecido tan asombroso
que tenía con Mariela. Podía haberla confundido con su hermana mayor. Si la
costumbre familiar es la de envejecer así, hacerlo con Mariela al lado iba a ser
un placer, pensó.
Cuando Julio logró recuperarse un poco de su inicial
confusión, se dio cuenta que ella estaba hablando.
- Le
ruego que sepa disculpar a mi sobrina, pero hace un ratito me avisó que se le
complicaron algunas cosas y que va a llegar un poco
tarde.
- ¡Oh!
Bueno, en ese caso, no sé si deba esperarla o volver más tarde... - balbuceó
contrariado.
- Para
mí sería un verdadero placer si accede a cenar conmigo mientras ambos la
esperamos. ¿Acepta? - Sus labios se curvaron en una leve
sonrisa.
- Encantado...
- ¡Muy
bien! - Una chispa maliciosa bailoteó en lo profundo de sus ojos. Lo tomó por el
brazo, guiándolo al comedor. Julio sintió como si una sacudida eléctrica
surgiera de la mano femenina.
- He
preparado una antigua receta de la familia, a base de carne de cordero, que
estoy segura que a usted le gustará también.
Tomaron asiento en una larga mesa ovalada, uno frente al
otro. Julio observó que los cubiertos y platos estaban provistos para dos.
Disfrutando de la excelente comida, acompañada con un vino de estación sumamente
suave y envolvente, y fascinado con la conversación de tía Ruth, no tardó en
descubrir que el aura de atracción salvaje y sensual que la envolvía era tan
potente, que cuando ella se levantó y pasó detrás de él para ir a la cocina,
rozó suavemente la espalda de Julio con su cadera, produciéndole un espasmo de
puro e intenso placer que le corrió por todo el
cuerpo.
Aprovechando la pausa y su momentánea ausencia, observó a
su alrededor, descubriendo los extraños gustos decorativos de su anfitriona. Al
igual que su jardín, algo de salvaje había en esa colección de objetos
aparentemente inconexos que adornaban el comedor. Pequeñas tallas de madera,
otras de marfil, representando animales de especies no conocidas, frutas
talladas en piedra, máscaras y jarrones con escenas de explícito erotismo
poblaban el piso alfombrado de arabescos y las repisas iluminadas con velas de
colores rojos y amarillentos.
Algunos cuadros adornaban las paredes, sobresaliendo dos
en especial. Dentro de un marco de madera repujada, pintada en oro, una extraña
escena marina cubría el lienzo. Una embarcación se debatía en medio de una
terrible tormenta y las olas ciclópeas amenazaban con hundirla. El pintor de
mano genial había logrado un efecto desconcertante en su obra, pues vista desde
un ángulo opuesto al que tenía Julio inicialmente, parecía ser el retrato de una
mujer de subyugante belleza. Al descubrir esto, un estremecimiento lo
sacudió.
Se acercó al otro cuadro y reconoció una antigua
litografía de Goya, que representaba a un grupo de espantosas brujas bailando en
una exuberante orgía con el Diablo, representado por un inmenso macho
cabrío.
- Son
mis parientes... - dijo tía Ruth, portando una bandeja con una jarra de humeante
café, dos tacitas de porcelana y un azucarero.
- Me
estaba fijando en la colección de objetos que tiene usted
aquí.
- Interesantes,
¿verdad? Todos, de alguna forma, están conectados conmigo, como surgidos de mi
propia persona. Aquel cuadro, que es el retrato de una mujer muy querida por mí,
lo pinté hace muchos años...
- Hubiera
jurado inicialmente que era la escena de una tormenta en alta mar - interrumpió
Julio, casi hablando consigo mismo.
- Usted
es muy sensitivo. No solo vió su rostro, sino también su alma. Eso dice cosas
muy buenas de su persona.
- ¿Es
usted pintora?
- Aparte
de bruja, sí, pinto de vez en cuando... Supongo que habrá escuchado por ahí
algunas historias y rumores un tanto extraños sobre
mí.
- Pues
sí, cuentan cosas bastante raras. - Julio sonrió para hacerle saber que no creía
en esas tonterías.
- Algunas
de esas cosas que dicen son totalmente ciertas - dijo tía Ruth con tranquilidad,
sirviendo café en las tacitas. - ¿Azúcar?
- Eh...
sí, dos, por favor... ¿Quiere decir que es una bruja de verdad? No he visto
ninguna escoba por aquí.
- No
me especializo en volar... El campo de lo oculto es tan extenso y variado, que
intentar abarcarlo todo no vale la pena. Es mejor dominar un arte que querer
inútilmente dominarlos a todos.
Julio se inclinó hacia delante y acarició con sus ojos aquellos generosos
senos que amenazaban con escapar de la prisión del
vestido.
- ¿Y
cual es su especialidad?
- Yo
preparo el elixir de la vida.
Esperó a que siguiera hablando, pero tía Ruth guardó
silencio, sorbiendo el café sin apartar los ojos de
él.
- ¿Se
refiere a una bebida que permita vivir eternamente a quien la
beba?
- Básicamente...
sí, esa es la idea.
El acento de intimidad que impregnaba la voz de la mujer
le produjo un levísimo mareo. El fuerte olor de un perfume indefinido que
rodeaba como una áurea el cuerpo de tía Ruth también se le estaba subiendo a la
cabeza, como un hechizo sutil y embriagador.
- Cuénteme
algo más de ese elixir.
- Es
una bebida que ha estado circulando dentro de nuestra hermandad por muchos
siglos, tantos que escapan a la memoria del tiempo. Los más antiguos pueblos de
Asia Menor ya la usaban en sus ceremonias. Los druidas del norte de las Islas
Británicas también tenían conocimiento de su existencia. Incluso algunas tribus
aborígenes de América usaban una fórmula básicamente igual en sus ritos de
iniciación y fertilidad. Depende de qué elementos se tenga a mano para su
preparación y cuáles espíritus se invoquen al beberla, el resultado puede ser
efectivo o no. Mezclado con unas hierbas puede servir sólo para rejuvenecer la
piel o como droga para ayudar a llegar al éxtasis sexual... en fin, son
infinitas las posibilidades que el elixir puede brindar a quien usa de él en
buenos términos.
Paulatinamente había ido bajando el tono de su voz, hasta
convertirla en un suave susurro, que lo obligó a prestar mayor atención al
movimiento de sus labios. Estaban sentados cara a cara en el sofá tan cerca el
uno del otro, que casi podía percibir los acelerados latidos de su
corazón.
- ¿Y
puede alargar la vida de alguien con esa bebida?
Julio luchaba contra su natural incredulidad. Por más que
su razón le indicaba que todo aquello no era sino un cuento para niños y que tía
Ruth posiblemente no anduviera del todo bien de la cabeza, algo del
impresionante magnetismo de su persona lo estaba hipnotizando, a tal punto que
deseó que Mariela tardara lo más posible para no interrumpir la magia de ese
momento.
- No
es tan difícil. Existe una muy antigua fórmula usada por las hechiceras del
norte de Europa desde hace centurias, que ha pasado de generación en generación
sin haber sido modificada.
- Me
interesa saber...
- Pues,
le diré que mis parientes no eran, cómo decirlo... , demasiado "civilizadas", para lo que hoy
se considera civilizado. Hacían
sacrificios humanos para invocar el favor de los dioses y cosas así. La fórmula
de la vida eterna, justamente, surgía de uno de estos rituales. Un prisionero
debía ser ofrecido en holocausto y el elixir debía ser fabricado en base a la
exacta mezcla de su sangre y su semen...
Julio tomó unos sorbos de su café e intentó apartar la
mirada de los pechos de tía Ruth, luchando por conservar un poco de cordura. Se
distrajo observando los objetos a su alrededor, y volvió a ver, intrigado, el
cuadro de la tormenta.
- Realmente
es un efecto muy extraño el que logró en esa
pintura.
- ¿Le
gusta?
- Sí.
Es muy atrapante. Me intriga cómo logró hacer que se vean distintas cosas en un
solo cuadro.
- En
mi taller, arriba, estoy terminando uno con el mismo estilo y técnica. Si
desea... le explico cómo se hace.
Se puso de pié sin esperar la respuesta y movió los ojos
indicándole que la siguiera. Presidió el camino al piso superior subiendo
lentamente por una espaciosa escalera de madera, sabiendo que Julio posiblemente
no podría dejar de mirar sus caderas soberbias luchando con la tela del
vestido.
- Bienvenido
a mi taller... que también es mi dormitorio.
El lugar al que llegaron era una gran habitación,
dominada a la derecha por una cama de hierros cubierta con sábanas negras y
almohadones grandes y mullidos. Casi todo el piso estaba ocupado por una inmensa
y espesa alfombra del color de la sangre. Un baúl antiguo con un candelabro de
cinco brazos y velas anaranjadas encendidas descansaba a los pies de la cama, en
cuyo costado izquierdo había una mesita redonda, baja, cubierta con un delicado
mantel de encajes blancos. Del otro lado de la habitación se encontraba el
pequeño atelièr de tía Ruth: un
caballete con un cuadro a medio hacer, pinturas y pinceles sobre una mesa,
algunos otros cuadros terminados y lienzos de distintos tamaños prontos para ser
usados arrimados contra la pared en aparente
desorden.
Se dirigieron al cuadro y Julio pudo observar claramente
una escena casi dantesca: una ciudad envuelta en llamaradas, un incendio
pavoroso. Pero al mirarlo desde otro ángulo, le pareció ver a una pareja
amándose a la lumbre de una chimenea. Asombrado, se dio vuelta para comentarlo
con su anfitriona, pero al hacerlo se encontró tan cerca de ella, que sus pechos
se rozaron entre sí.
Sin poder dominarse, rodeó el cuerpo femenino con su
brazo y pegó sus labios a los de ella, en un largo y electrizante beso. Tía Ruth
se separó un instante de él, dio un paso hacia atrás y lo miró fijamente. Sus
ojos parecían ahora tallados en piedra.
- Tengo
una pregunta que hacerle. ¿Qué pasaré con Mariela? ¿No cree que esto pueda
herirla mucho?
La cabeza de Julio era un torbellino de ideas y
sensaciones. Pasaron unos segundos hasta que pudo
responder.
- Mariela
no tiene comparación contigo... Eres una mujer de otro mundo, y ella no necesita
enterarse de esto, ¿no te parece?
Tía Ruth volvió a sonreír. Acercó su cara a la de Julio y
sopló sobre su rostro.
- Eso
es todo lo que necesitaba escuchar...
Alzó los brazos y los cerró sobre los hombros de Julio y
posó sus labios sobre los de él, obligándolo a abrirlos y a recibir su lengua
convertida en un pequeño demonio lleno de vida.
Julio sintió un profundo mareo cuando los dedos de tía
Ruth presionaron con fuerza en la base de su cuello; sus piernas perdieron
estabilidad y le sobrevino una absoluta oscuridad.
Cuando despertó, tardó unos instantes en darse cuenta que
se encontraba tendido desnudo en la cama. Embriagado por una sensación
totalmente desconocida, descubrió que sus manos y pies estaban atados a los
barrotes. Al abrir los ojos vió la cabeza de tía Ruth, con sus rojizos cabellos
salvajemente sueltos, moviéndose rítmicamente a la altura de su vientre. Pronto
comprendió lo que sucedía y no opuso resistencia, dejándose resbalar por la
pendiente de un placer tan intenso que resultaba casi insoportable. El momento
del clímax llegó unos minutos después. Al sentir que un incontenible torrente
escapaba de su cuerpo, un dolor profundo se amalgamó con el
éxtasis.
Buscó con los ojos la fuente de ese dolor y descubrió,
horrorizado, que las uñas de tía Ruth, como si fueran las garras de un felino,
se habían hundido en su carne, de donde brotaba un oscuro líquido escarlata, que
ella bebía salvajemente.
- ¡Oh,
Dios... ! - logró quejarse Julio entrecortadamente.
Cuando ella terminó de saciar su sed, se levantó sin
mirarlo y le dio la espalda. Julio pudo ver, como en un sueño, que su cabello
era ahora más claro que antes, casi rubio. Con un movimiento de sus hombros el
vestido se deslizó hasta el suelo, surgiendo el cuerpo de tía Ruth en el
esplendor de su belleza. Se dirigió hasta una mesa y extrajo un objeto de un
cajón, para luego darse vuelta y caminar lentamente hacia la cama. Tenía los
ojos cerrados y de sus labios escapaban palabras y ruegos salmodiados en un
idioma extraño y olvidado. La mayor sorpresa, la que heló la sangre del hombre
atado, no fue ver el largo cuchillo ceremonial en las manos de la mujer, sino
descubrir en su rostro los rasgos inconfundibles de
Mariela.
- Como
ves, el postre sí fuiste tú...
Un grito de espanto surgió de lo profundo de la garganta de Julio. La oscuridad lo envolvió otra vez, y ya no pudo salir jamás de ella.
© Eric Haym Fielitz