Mondo Kronhela Literatura - República Argentina


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CAPÍTULO II
LOS ATAJOS PARA NO ENCONTRAR LA SALIDA

22 de julio de 1998.

Cuando me siento frustrado tengo el deseo de dejarme caer.

Fantaseo morbosamente arrojarme al vacío, y caigo en la fascinación de mi propio aniquilamiento.

En ese delirio tanático, imagino que antes del salto mortal camino por la cornisa de un edificio altísimo, ese que se levanta imponente como un tótem gigante en medio de esta jungla ruidosa de cemento.

Me imagino haciendo equilibrio en esa cornisa, a mil metros de altura, y que desde arriba veo a todas las personas como si fuesen hormigas y a sus vehículos multicolores como pequeños autitos de juguete .

-¿Y por qué creés que tenés esas fantasías? – inquirió la licenciada Graciela Castro.
-Son sensaciones ambiguas de placer y terror, una tensión entre la necesidad de ser alguien aunque más no sea por el absurdo. También creo que busco una fórmula para vencer al miedo.
-¿Qué miedo?
-El miedo a vivir
-¿Qué sentís ahora?
-Ahora siento como si mis deseos de muerte se hubiesen disparado hacia una dirección inimaginable; esa fantasía estimula mi adrenalina y me hace sacudir como un muñeco... Como queriendo despertar a mi cuerpo, entumecido por el estancamiento. Siento como si estuviera jugando a la ruleta rusa, al todo o nada.
- ¿Te sentís un inútil?
- Sí, aunque no siempre. A veces me siento llamado, como si tuviese una misión...

3 de agosto de 1998.

Hago memoria para intentar encontrar la punta del ovillo de tanta confusión. Mis primeras impresiones del mundo fueron que todo y todos estábamos relacionados mágicamente. Las cosas, los vegetales, los animales, tanto ellos como yo, estábamos movidos por espíritus invisibles, a los que yo creía dominar mágicamente a mi entera voluntad (supongo que no superé esa etapa y de ahí nace mi tendencia a querer manipular las cosas compulsivamente), por medio de fuerzas ocultas que, supuestamente, sólo yo conocía o me eran reveladas por una fuerza impersonal (¿el inconsciente?). Para lograr este dominio me valía de fetiches fabricados, a quienes había dotado de poderes numinosos. Supongo que eso lo hacía para sentirme seguro y apoyarme en esos ídolos de miniatura, como un artilugio contra-fóbico para desactivar el terror que sentía a la vida.

Si tendría que describir cómo era en mi niñez, diría que era un niño solitario, egocéntrico. No tenía amigos porque vivía demasiado apegado a mí mismo y por eso era incapaz de jugar con los demás. Supongo que de ahí nace la raíz en la que se entronca mi incapacidad de relacionarme con la gente y de ser una persona normal como los demás.

El mundo conocido giraba alrededor mío, dentro de mi fantasía. Estaba tan seguro en ese mundo, acostumbrado a movilizarme sin que nadie le pusiera freno a mis fantasías, que cuando se me impuso el otro mundo, el mundo real, el mundo estricto y riguroso que se rige por las leyes universales de la naturaleza y las convenciones humanas, percibí esa "realidad" como una visión absurda, y fue tan shockeante para mi conciencia, que desde entonces nunca la pude superar ni sobreponerne ( lo que terminó por producirme la neurosis que actualmente padezco; es una herida narcisista de la que todavía sigue supurando pus) a la idea de que todas las cosas no dependían de mí.

Todo ese mundo invisible, paralelo al real, se hundió como la Atlántida y quedé despojado de la ilusión, arrojado de mi paraíso, huérfano en un mundo que me catalogaba y me separaba como un ser extraño, tal como yo me sentía.

Cuando fue derrocada esa dictadura de mi ego, que gobernaba mi fantasía, se me sentenció a renegar de todo lo que creía y a apostatar, para no ser confinado al ostracismo. Esa revelación contundente que trajo la madurez, me cayó como un rayo fulminante, entonces postulé: "La dictadura de mi ego ha sido derrocada... Mi ídolo interno ha muerto."

Reconociendo con humillación la caída de mi ego, tuve que situarme en un nuevo mundo, por lo que debí reformular mi visión inicial. Comencé a usar anteojos de gente común para tener una visión ordinaria de las cosas y trazar mi nueva composición de lugar. Destituido de mi condición místico-primitiva, desterrado de mi país de la fantasía, no me quedó más remedio que asumir mi condición humana ordinaria y darme cuenta de que tenía serios trastornos con mi personalidad.

La angustia me llevó a buscar en los libros algunas llaves que abrieran los candados de mi propio desconcierto. Leyendo a Sartre me choqué con un párrafo: "No me siento a gusto más que en libertad, escapando de los objetos, escapando de mí mismo. Soy una verdadera nada ebria de orgullo..."

En esa búsqueda en el desierto a la que me arrojaron mis dioses destituidos y humillados, comprendí que lo que se eleva por necesidad, cae por su propio peso; y en mi expedición al centro del mundo, mi propio mundo interior, me sentí frustrado, al comprobar que ese centro (mirar mi propio ombligo y no ver más), no era sino el abismo que me perdía.

La búsqueda de un remedio existencial me condujo a un sitio negado: "mi realidad personal", no había forma de escapar de ella, sólo podía resignarme por medio de la soledad.

6 de agosto de 1998.

Sin darme cuenta, quedé atrapado en mi mente. Quedé preso en un laberinto virtual de deseos, lleno de atajos oblicuos y engaños estrafalarios. Después de un tiempo, cuando ya había olvidado qué fue lo que me llevó o cómo había llegado a ese sitio misterioso y oscuro, quise recordar alguna pista o indicio que me sugiriera algo, pero ese esfuerzo resultaba inútil.

Mis preguntas básicas eran: ¿cuál había sido mi motivación?, ¿qué trauma me llevó a hacer de ese sitio mental mi refugio y mi escondite?

Ahora que lo pienso, me había acostumbrado tanto, me sentía tan cómodo en ese mundo, que me resultaba muy difícil admitir que algo bueno podría existir fuera de él, no quería arriesgarme a salir de ese lugar encantado.

Jorge Luis Borges escribió:

"Una vez fue conducido Teseo por el hilo de Ariadna hacia su laberíntico objetivo. Pero el hilo se ha perdido; el laberinto se ha perdido también. Ahora ni siquiera sabemos si nos rodea un laberinto secreto, un secreto cosmos o un caos azaroso. Nuestro hermoso deber es imaginar que hay un laberinto y un hilo. Nunca daremos con el hilo; acaso lo encontramos y lo perdemos en un acto de fe, en una cadencia, en el sueño, en la palabras que se llaman filosofía, o en la mera y sencilla felicidad".

Yo una vez supuse que había hallado ese hilo, pero caí en la cuenta (no sin sorpresa) de que yo era el minotauro, hombre y bestia, sufriendo desesperado, sin poder salirme de ese destino... Pero también era Dédalo, constructor de mi propio laberinto para ocultar a esa bestia oculta que vivía dentro mío y que tanto me avergonzaba... También era la máscara de Teseo, quien supuestamente es el héroe, pero termina siendo el villano. Y Ariadna, ¿no es acaso Micaela?, ¿no es acaso ella quien me conduce a una salida?

8 de agosto de 1998.

- Micaela... A veces creo que la vida es absurda, no le encuentro explicación. Otras veces es como si "esto" que estoy haciendo (vivir, transcurrir los días consciente o inconscientemente en la "vigilia") sólo fuese un sueño delirante. Sé que todo lo que pienso o digo parece loco, pero todos estamos un poco locos cuando nos detenemos a observar en lo que gastamos nuestras vidas. Por ejemplo, yo he decidido ser un actor, una persona que se dedica a simular ser otro, como forma de comunicar un mensaje o un significado.

- Martín -dijo Micaela, mirándome a los ojos-, a veces tengo la sensación de que cuando estoy con vos, es como si estuviera con varias personas al mismo tiempo. ¿Eso es normal?

Como no le podía dar alguna respuesta coherente, le pregunté:

-¿Qué es lo normal?

Ella quedó pensativa y luego dijo:

- Supongo que todos somos un poco extraños... Yo siempre pensé que había vivido en otra época, en Inglaterra en el siglo XVIII, con esos vestidos largos, como una dama de la corte. Me encantan los encajes y los vestidos antiguos y, por sobre todo, lo que más me fascina- hizo una pausa dudando de lo que iba a decir- te pido que no te rías. ¡Prometémelo!

- Te lo prometo -le dije.

- Me encantan esas camas que tenían los nobles, esas camas grandes con dosel, vestidas de tules y encajes. Me encantan esa camas majestuosas de los reyes... Hay una fantasía que siempre tuve y fui arrastrando durante años: llegué a pensar que el día que me casara pasaría la noche de bodas en una de ellas... ¿Qué pensás?

-Supongo que nada... a esas camas me las imagino imponentes y lujuriosas, como las que usaría en las noches de fiesta el Marques de Sade.

Sonrió. Luego se entristeció y dijo:

- Sí, esas camas tienen algo de misterioso, romántico y pervertido -lo dijo como si eso le trajera una imagen a su cabeza, y me preguntó-: ¿Cuando estás angustiado en que pensás, Martín?

- En esos momentos me vuelvo pesimista y pienso en las diferentes formas de morirme... Las imagino como el final de una obra de teatro.

- Yo no creo que la muerte tenga nada de teatral -dijo malhumorada. Después sentenció cortante-: No deberías jugar con lo trágico.

21 de agosto de 1998.

Estaba en la cama, afiebrado. Mi habitación tenía una luz tenue que se filtraba de las persianas cerradas. Me encontraba sumido entre las sábanas, con la sensación de un cuerpo desmantelado, cuerpo sin piel, sin manos; imaginaba en ese estado febril corredores sin salida, llenos de sanguijuelas que se alimentaban de mi alma. En ese goce de dolor sin fuerzas, me imaginé bailando desnudo por las calles, representaba una obra desnudo. Desnudo pronunciaba un discurso, pausadamente, desapegado de todo, embriagado de libertad.

Sentía que me quemaba y deliraba. Entre sueños, me debatía en un duelo argumental contra mí mismo. Desmitificar los dogmas en los que apoyaba mi vida, no tener miedo de pagar el precio de ser uno, el precio que pagan los que deambulan solos, alejados taciturnos, me decía.

¿Tendría alguna solución si todo pudiese volver hacia atrás? Pero, si se pudiese, ya nada sería igual. Los hilos del tiempo se han enrollado y todos quedamos atrapados en él. Si todo fuese una calesita, que vuelve al mismo lugar, algo así de sencillo, tampoco habría espacios sin completar ni lugar hacia donde no llegar.

En esa misma noche creo haber tenido un sueño. Estaba en una fiesta, solo, y quería tomar a Micaela para forzarla y poseerla, pero cada vez que intentaba tomarla se volvía una sombra, inasible como el humo, que se escapaba entre mis dedos. Luego la veía con la ropa ensangrentada y creí ver a un vampiro que le estaba chupando la sangre.

1 de septiembre de 1998.

Caminábamos por la calle Santa Fe. Nos encontrábamos sumidos en un silencio espeso, separados por una muralla invisible e infranqueable. Guiados por la vidrieras de los comercios, atravesamos la Galería Santa Fe y nos sentamos en un café dentro de esa galería.

Mientras el mozo nos acercaba una cartilla, observaba las volutas zigzagueantes de humo, que provenían del cigarrillo que se quemaba en un cenicero de la mesa contigua y se elevaban danzarinamente al cielo raso.

En un instante mi atención decayó de su entorno, mi vista se fijó en lo alto y me encontré, contemplando una pintura extraña, que se desplegaba en forma de espiral.

Observé, como si estuviera atrapado en un ensueño; había varios motivos pintados e intentaba, con cierta dificultad, encontrarles una relación: figuras humanas en pose, figuras corriendo, otras paradas, otras sentada. Había también diversos objetos, así como ángeles y figuras míticas. De pronto focalicé una imagen en especial, era la de un violonchelo apoyado sobre un fondo blanco.

Micaela, que estaba distraída observando a la gente que la rodeaba, no prestaba atención a los gestos que yo le hacía para que mirara hacia arriba. Luego de insistir en mis señales, ella elevó su mirada con desgano y recorrió el espiral de esa pintura, como si fuese un camino que condujera a una salida, hacia algún lugar soñado o mágico. Finalmente se topó con el violonchelo, y al encontrarlo esbozó una sonrisa e inmediatamente bajó la mirada para ver mi expresión. Aunque eso había sido pura casualidad, ella sospechó que yo lo había programado intencionalmente. El mozo trajo los dos capuchinos humeantes y se saturó nuestra mesa de olor a café y chocolate.

2 de septiembre de 1998.

A la noche soñé que estaba caminando por la orilla de un río de color terroso, aparentemente eran aguas muy poco profundas. De pronto veo nadando en sus aguas a un amiguito del colegio primario. Levanta sus manos llamándome para que me meta a nadar junto a él.

Luego de dudar un instante, acepto y me hundo hasta el tobillo. Después me adentro más y más. Intento nadar, y compruebo que la profundidad me llega hasta la cintura, pero cuando me acuesto sobre el lecho del río, haciendo la plancha, siento que una corriente me arrastra hasta su parte más profunda. Como no puedo hacer pie, siento un miedo horrible de ahogarme. Intento por todos los medios acercarme hasta la orilla y, después de mucho esfuerzo, lo logro.

Ni bien hago pie, trato de rodear el río e ir hacia un sitio donde sé que hay gente que me está esperando, entre esa gente está Micaela. Recorro un trayecto y me encuentro con un puente de hierro un tanto derruido, al que subo por sus escaleras metálicas. Cuando intento pasar hacia el otro lado, veo que el estado del puente es más precario aún de lo que me pareció y es peligroso pasar a través de el. Entonces decido no cruzarlo y desciendo nuevamente por la escalera metálica, que me conduce a un túnel o paso nivel. Es un trayecto que tiene una subida y hago grandes esfuerzos para continuar. De pronto, atrás, hay automóviles que quieren pasar, por lo que tengo que extremar mis fuerzas y avanzar, entonces entro en una curva del túnel, cuyos laterales tienen una especie de banquina en forma de serrucho, que me ayuda a aferrarme mejor al suelo para poder avanzar. Una vez en el final, encuentro una ventana muy estrecha, hay gente que intenta traspasarla sin lograrlo. Me dicen que es muy pequeña, pero de todos modos intento atravesarla. Logro pasarla haciendo mucho esfuerzo, empujando con gran dificultad mi cuerpo hacia el exterior. Una vez afuera, voy hasta un sitio donde me espera la gente. Los veo de lejos, son muchos. Sin embargo, cuando llego compruebo que ya se han ido, cansados de esperarme.

Yo pienso que puedo alcanzarlos, si vuelvo por el camino por donde vine. Tengo la imagen de Micaela entre ellos, pero tengo el presentimiento de que se ha vuelto niña. Temo que tendré que esperarla hasta que crezca y nuevamente se haga mujer. Un persona aparece en medio de esa imagen y me dice que las cosas que me dijeron antes ya han perdido todo sentido y significado, que tengo que verlas con mis propios ojos y darles nuevamente significado, otro sentido. Siento que estoy en un país extranjero, un lugar desconocido... Es un sitio tan lejano, que siento una inmensa inseguridad.

7 de septiembre de 1998, por la tarde.

Durante el día, pienso en Micaela. ¿ No sé qué me une a ella y qué me impide acercarme?

También siento que hay una fuerza que me ata al pasado y otra que me arrastra hacia el futuro. La cadena que me tiene sujeto al pasado es una especie de grillete de metal que me aprisiona a la pared de un calabozo del que no puedo liberarme.

En tanto, la fuerza que me arrastra al futuro es una corriente de deseos y anhelos que me desgarran. Ante esa energía no puedo defenderme, y siento que no puedo conservar mi integridad, por más resistencia le oponga

Cuando me angustio, mi fantasía me lleva hacia donde ella quiere. Hago rodeos sobre todas las posibles representaciones de infortunios que le pueden pasar a un enamorado. Busco todas las fricciones, obstáculos y tropiezos que tiene que sortear para poseer a su amada. Entonces me dan ataques de miedo, temo perder mi personalidad, tener que sufrir como un perro, andar por los rincones aullando. Imagino que quedo sometido al arbitrio de una voluntad femenina, calculadora e indolente. Esta sensación se me junta al complejo de inferioridad y a otros que no sé definir, pero supongo que a Freud no le sería difícil detectarlos a simple vista. Todo eso se acumula, se mezcla en mi fantasía y hace que me sienta derrotado antes de la lucha. Bajo los brazos, cansados antes de comenzar con las posibles conquistas, y miro al cielo en busca de una señal, para confirmar todos los hechos negativos que presiento que me van a acontecer. Y como esa señal no llega, o llega difusa, me digo: "Es inútil seguir esperando". Decido que estoy en lo cierto con mis presentimientos negativos.

© Walter Embón