Mondo Kronhela Literatura - República Argentina


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La sombra detrás de la máscara

CAPÍTULO I
EL LABERINTO DE ESPEJOS

21 de julio de 1998. El beso frío.

A la madrugada el viento silbaba una tonadilla tétrica y lastimera, mientras lamía la escarcha que cubría la hierba. La lamía como un perro, regodeándose, saboreando la hierba herida.

La sombra emprendió un movimiento circular, como si buscase enrollarse en la cintura de Buenos Aires; parecía una boa gigante o una soga dispuesta sobre el cuello de un reo próximo a ser condenado (aunque era muy difícil precisar si su intención era paralizarla, o asfixiarla lentamente).

En las afueras de la ciudad, una gitana dispuso sus cartas de tarot y echó la suerte sobre Buenos Aires, la carta doce selló el destino, era El Colgado, que estaba junto a El Diablo...

De pronto, la masa de aire dejó de apretarse y agolparse en ese círculo, y avanzó sobre la capital. Se arremolinó en las esquinas, levantando las hojas y los papeles esparcidos en la calle. Cuando el viento se aburrió de esa nimia diversión, cobró velocidad a través de las arterias anchas y cruzó de punta a punta el casco urbano; a su paso fue azotando las copas de los árboles más jóvenes y despellejando las cortezas de los más ancianos.

Buenos Aires, dormida, se encontraba totalmente ajena a lo que iba a acontecer...

El invierno se apostó triunfalmente alrededor del ejido urbano, sitiándolo con sus formas negras, como un ejercito al acecho, y tendió lentamente su sábana gris sobre los edificios, como si cubriese un cuerpo inerte y sin vida.

El germen de mal apareció subrepticiamente, montado en las ráfagas del viento helado, batiendo sus alas invisibles, como un pájaro gigante y de mal agüero.

Los transeúntes espantados por el mal tiempo miraron al cielo, y la penumbra de la noche, les hizo presentir que un animal estaba agazapado al acecho. La multitud apresuró el paso instintivamente. Muchos de ellos sintieron un escalofrío denso y pegajoso, y buscaron en su interior algo imperceptible que diera respuesta a esa ansiedad mortal, que todos súbitamente comenzaron a experimentar.

Una desolación, oscura y terrible, atravesó los cuerpos inquietos y no barruntaron que esa sensación no era individual, sino una percepción colectiva indeleble.

Algunos de ellos, que habían decidido viajar en ómnibus, cambiaron de parecer y tomaron un taxi, por la necesidad urgente de llegar a su hogar; pero los más indigentes, imposibilitados de disponer de ese lujo, elevaron una oración al cielo, para que llegara cuanto antes el colectivo, que los pusiera a resguardo.

La atmósfera estaba llena de malos presagios y estos fueron confirmados por los chillidos de una banda de pájaros oscuros, que escribieron su trayectoria en una dirección contraria al viento, pero nadie atinó a descifrar su significado. A pesar de la abundancia de signos, nadie imaginaba que de la aridez del frío nacería una presencia maligna.

La ciudad, sumida en su hoyo, se encontraba totalmente indefensa ante esa amenaza, dejando impunemente a la bestia moverse a su entera voluntad.

22.30 horas. La ilusión.

En esa noche de malos presagios, totalmente abrigado de los pies a las cabeza, había llegado a la casa de Micaela con una cajita de música con la forma de un violonchelo.

Había ensayado varios envoltorios, hasta llegar al definitivo. El regalo lucía cuidadosamente presentado, adornado con un moño rojo en el margen superior del papel plateado, y tenía una tarjetita que rezaba: "Me rindo ante tanta belleza".

Llevaba ese paquete reluciente entre mis manos como si estuviera vivo, mientras miraba el cielo en busca de algún presagio; se respiraba una atmósfera espesa en el ambiente. La noche se encontraba particularmente oscura, llena de nubarrones con diseños fantasmagóricos.

Esperaba en la acera, bañado por la luz del alumbrado público. Estaba impaciente y ansioso a unos metros de la puerta de la casa de Micaela, como si temiera que ésta se abriera, aunque era eso mismo lo que tanto anhelaba.

Quería sorprenderla con ese artefacto que llevaba entre mis manos, al que había preparado como una reliquia de algo milagroso o prohibido.

Esa noche me sentía inquieto, desolado, pero confiaba en ese reaseguro mágico al que yo había recurrido y me repetía obsesivamente que no podía fallar.

Aunque, en mi obsesión, mi fantasía exageraba desproporcionadamente la trampa, en realidad era yo el único que veía claramente el "embaucamiento".

En mi delirio era el único que podía descifrar el significado de ese regalo, aparentemente inofensivo.

Entonces, si mal no recuerdo, estaba en la puerta de la casa de Micaela esperando que ella me abriera, miraba el cielo, que parecía un océano oscuro de fondo, y sufría como el criminal que espera el momento justo para llevar a cabo su delito. De repente, el ruido de portero eléctrico me sobresaltó y su voz se oyó en el silencio como un relámpago en medio de un noche cerrada:

-¡Entrá y empujá la puerta!

Mientras subía por el ascensor, pensaba: "Quien viera ese presente, ni siquiera imaginaría que podría ser un señuelo."

La estrategia y maquinación del "plan del violonchelo" me fue inspirada "casualmente", cuando descubrí inesperadamente a Micaela en uno de esos trances "místicos" o estados alterados de conciencia, que hasta el momento no sabía que ella padecía.

Parecía caer en una especie de estado cataléptico frente a su violonchelo. Recuerdo que, indiscretamente, había subido a su departamento y la puerta se encontraba descuidadamente abierta.

Al atravesarla, luego de pedir permiso en voz baja, la sorprendí en ese estado. Estaba sumida en un profundo sueño, como si estuviera en trance, o como si se hubiera quedado petrificada.

Estuve contemplándola con estupor cerca de veinte minutos y cuando ella recobró la conciencia, viéndome azorada a su lado, primero, se sobresaltó y luego se abochornó. Ahí caí en la cuenta de que había presenciado algo indebido. Ella se excusó, a la defensiva argumentó, forzadamente, que había una razón poderosa para esa conducta extraña y que era incomprensible para mí, pero que algún día la entendería.

Luego habló de su infancia. Recordó que de niña inventaba historias para sentirse bien y protegerse del dolor, por la ausencia de su madre. Esa misma necesidad de hacerle frente al dolor y a la soledad hizo que se refugiara en la fantasía. Detalló especialmente un recuerdo vívido de su infancia, muy triste. Recordaba haber creado un "mito secreto" para encontrarle sentido a su dolor. Imaginó que el hechizo de una bruja mala había convertido a su mamá en una figura inerte de madera, que se recostaba en la pared de la habitación de su padre. Como esa historia podía explicar (fantasiosamente) lo inexplicable, se aferró a ella para encontrar algún alivio. Muchas veces, al entrar a la habitación de su padre, desesperada de dolor y soledad, creyó ver en esa figura de madera, que reproducía las caderas anchas de una madona amorosa, a su madre en su forma original, descansando junto a la cama de su padre. Al punto de no dudar de que era su madre transformada mágicamente. Le bastaba esa ilusión, producto de la necesidad, para encontrar consuelo; la misma necesidad que habría tenido un ternerito destetado, buscando el regazo de su madre.

Recordaba que por las noches, cuando su padre la acostaba para hacerla dormir y permanecía en silencio, absorto, abrigado por las sombras de la habitación, ella simulaba estar dormida para que él pudiera irse a su cuarto junto a su amante hechizada de madera. Una vez que la puerta del cuarto de su padre se cerraba tras él, ella creía escucharlos dialogar y pelearse, con sonidos monótonos y desgarradores.

Estuve dos días recorriendo negocios y preguntando por un objeto que tuviera la forma de un violonchelo.

Circulaba por los comercios y les explicaba a los empleados: "Quiero cualquier cosa con forma violonchelo". Entraba y salía sin suerte de esos negocios, con el sabor de la frustración en mi boca.

En los comercios de baratijas, les detallaba a modo de ejemplo con una entonación obsesiva: "prendedor, reloj, sacacorchos, lapicera, en fin... quiero cualquier cosa que tenga la forma o que se asemeje a un violonchelo", y remataba: "¡Que se parezca a un simple y vulgar violonchelo!"

Finalmente, cuando estaba casi al borde de la derrota, encontré, por casualidad, una cajita de música fabricada en china, en un negocio del barrio del Once. En el momento en que menos esperaba ese hallazgo, apareció ante mis ojos, como un oasis en medio del desierto, esa primorosa cajita de música diseñada con la figura de un violonchelo.

Cuando la vi, una mueca de goce se dibujó en mi rostro. Era la manzana envenenada que la haría caer en la tentación. La quería sorprender, impactar, fascinar, tomar su voluntad por medio de ese regalo, al que le atribuía poderes magnéticos.

Era como un pasaporte para comprar su alma; tejía en torno de esa chuchería una serie de consecuencia amorosas fantásticas, tan alejadas de la realidad como mis deseos. Quería sobornarla con lo que más quería, para ganar su amor a cualquier precio.

Había leído a Roland Barthes, él explicaba:

"(...) el regalo amoroso se busca, se elige y se compra dentro de la mayor excitación –‘excitación’ tal que parece ser del orden del goce. Calculo activamente si ese objeto complacerá, si no decepcionará, o si, por el contrario, pareciendo demasiado importante, no denunciará por sí mismo el delirio- o el embaucamiento en el que estoy aprisionado. El regalo amoroso es solemne; arrastrando por la metonimia voraz que regula la vida imaginaria, me transporto por entero a él. A través de ese objeto te doy mi Todo, te toco con mi falo; es por eso que estoy loco de excitación, que recorro las tiendas, que me obstino en encontrar el buen fetiche, el fetiche brillante, logrado, que se adaptará perfectamente a tu deseo."

De acuerdo con el plan, ella abrió el regalo y lo estudió cuidadosamente, como cuando se recibe una mascota inoportuna o no deseada. Me agradeció con un gesto de sorpresa y simulando agradecimiento, pues su ojos denotaban miedo, como si hubiese sido descubierta in fraganti, en su secreto tan íntimo y celosamente guardado. Luego de ese instante de pasmo y estupor, me dio un beso en la mejilla, pero sin el entusiasmo que yo esperaba en mi fantasía.

La observé con ojos acusadores, reclamándole que haga realidad lo que yo había imaginado. En mi delirio, pensaba que me entregaría su amor a cambio de esa prenda mágica, pero ella no pareció estar afectada por el hechizo del objeto, ni tampoco pareció haber recibido todos mis mensajes telepáticos, sino que se sumió en un estado de tristeza y melancolía. Entonces se hizo un vacío profundo y ambos caímos en pozos diferentes, separados por una pared invisible e infranqueable, y quedamos atrapados cada uno en esos compartimentos estancos de recuerdos íntimos.

La melancolía se fijó en su rostro, sin embargo, algo exterior la despertó y la liberó de la prisión inconsciente que la tenía detenida, entonces pareció descender de un vuelo muy lejano. Luego volvió a la realidad, hizo un gesto, como si se despabilara de un sueño diurno que la tenía tomada, y me miró para comprobar que aún estuviera a su lado.

Ese presente que imaginé como un pasaporte a su alma, se convirtió en un viaje a su pasado, cubierto de polvo y lágrimas.

Al verla distante, quise retomar la conversación. Creo que tosí dos o tres veces (no lo recuerdo bien) para romper el silencio que se tendió entre ambos, y traté de correr esa cortina de hielo que se instaló entre los dos.

En ese instante me desconcerté tanto por las consecuencias negativas de ese artilugio (que no había buscado conscientemente), que pensé en una nueva estrategia o algún plan desesperado para recobrar la magia que mi fantasía había tejido en torno a esa cosa y que, sin sospecharlo, la misma realidad (verdadera o simbólica) había dotado de alguna especie de vida, había convertido el regalo en una entidad autónoma y misteriosa.

Para disipar esa atmósfera plomiza, le dije algo cursi:

-Si te parece estúpido que me quiera robar algo de tu alma, no es culpa mía, la culpa es tuya por haberme deslumbrado

Ella me miró con ojos soñadores, pero con el pensamiento puesto en algún lugar de su pasado. Enseguida, eludiendo ese juego y buscando otro tema de conversación, me habló, todavía algo ensimismada y sin mucho interés, supongo que para disipar los recuerdos anclados en su infancia y reestablecer el diálogo en el presente:

-Martín, disculpame -hizo una pausa para recobrar la fuerza necesaria y volver al momento actual- ¿Qué libro extraño estás leyendo esta vez? -me regañó-. ¡Vos siempre estás leyendo cosas raras...! – se sonrió, quebrando la figura de tristeza que tenía dibujada en su rostro.

Le mostré la cubierta y ella leyó en voz alta, pero con desgano:

-Fragmentos de un Discurso Amoroso.

Cuando terminó, me echó una mirada de reproche, como diciendo: "¡Sos incorregible!"

Luego se abrigó y salimos a caminar. Entramos en un bar, y tomamos un café con coñac, porque los dos estábamos tristes y la noche estaba muy fría. Mientras esperaba a que regresara del toilette, caí en un bache de ensueño y melancolía.

Me acordé de la primera vez que la vi, me había quedado fascinado por su imagen. Era verano, y ella tenía mucha sed. Así se lo había hecho saber a su amiga, le dijo que no quería acompañarla a beber una cerveza porque estaba muy apurada por llegar a un compromiso que, con picardía adolescente, no quería revelar. Aprovechando esa ocasión, me ofrecí tímidamente a ir con ella a probar esa bendita cerveza que tanto anhelaba. Ella aceptó mi incierta propuesta, si bien recién nos conocíamos.

Recuerdo nítidamente que entramos en un bar de Callao y Corrientes y pedimos una Quilmes. Ella tomaba con la avidez de una esponja, y yo la miraba pensativo, estudiándola como si ella fuese una ave exótica y fascinante. En mi vaso había quedado un poco de cerveza y, en un momento en el que me había quedado distraído viendo el vuelo de una mosca que revoloteaba alrededor mío, ella aprovechó con simulada naturalidad mi distracción y se bebió el poco de cerveza que había quedado en el fondo del vaso.

Yo la observaba atentamente sin hablar y pensaba: "¡Es hermosa!". Eso pensaba, pero no atinaba a nada, me debatía en un forcejeo interior por llevar adelante mis fantasías y poner las imágenes en acción.

La veía tan hermosamente irreal, sus gestos, el movimiento de su cuerpo, su silencio vigilante y sugestivo (o quizás era la imagen que yo le proyectaba), mi subestimación me hacía verla tan distante, que me resultaba insoportablemente inasible.

Ella (supongo) no se daba cuenta de la violencia interna que me generaban mis represiones psíquicas, las presiones de mis fantasías. Luchaba contra los monstruos de mis deseos y mi represión, estaba como un rehén de mis defensas, escondido detrás de la máscara, que no tardaría en caerse cuando intentase llegar a ella. Eso era lo que más temía: que ella se diera cuenta de mi verdadero rostro, detrás de mi fachada inocua .

Atiné hacerle un par de preguntas íntimas, intentando romper el hielo que nos separaba, pero la preguntas sonaron a test y lo único que logré en ese momento fue que la charla se volviera más acartonada .

Mientras hablaba la observaba: sus ojos, su nariz, su boca, ¡qué boca!, ¡qué abismo inconmensurable! Tenía un rostro bello y luminoso, bello como una brisa de primavera o una escultura griega. Su figura, amplificada por mi imaginación, no me dejaba concentrarme en sus palabras, porque sus palabras eran sustituidas por imágenes eróticas que me envolvían en un sueño fantástico.

En esa procesión interna, yo quedaba atrapado como un autista jugando con imágenes mías en un mundo irreal que me pertenecía, mientras ella, la Micaela real, se volvía cada vez más distante, un objeto deseado al que no podía llegar por mi propios impedimentos.

Era como una pesadilla en la que uno lucha denodadamente por despertar, y no logra salir de ese influjo pegajoso y maligno. Me debatía entre la represión y el deseo, y mi cabeza me estallaba.... Lo peor era que ella no sospechaba lo que me estaba sucediendo y, aunque le pudiera parecer a simple vista que yo no tenía un interés sensual ni sexual, yo me estaba quemando y sufría, porque me daba cuenta de que Micaela se estaba convenciendo de que mi acercamiento a ella era sólo por amistad o por un amor platónico.

No podía hacer nada. Mi garganta estaba atenazada, y cada vez que quería romper ese clima de asepsia emocional, entraba en un temblor y pánico, que me impedía mostrarle mis sentimientos.

La últimas gotas de cerveza relucían como una tenue alfombra brillante, eran como el resplandor de una carretera que se recorre en una tarde solitaria; Micaela, sin saber lo que me provocaba, me miraba fijamente, esperando que yo dijera algo. Estaba en ese estado de ensueño, cuando de pronto entró al bar un figura esbelta y perfumada. Era una amiga de Micaela, y al verla se le iluminó el rostro. La llamó con una mano levantada rebosante de alegría y la invitó a sentarse junto a nosotros (me lamenté de mi mala suerte).

Yo estaba sentado cerca del ventanal, frente a un escenario gris y desapacible, y simulaba estar abstraído, con la mirada, congelada y difusa, sobre la gente que caminaba esporádicamente por la vereda contigua, pero, en realidad estaba demasiado atento a la conversación de Micaela con su amiga.

Se pusieron a hablar de sus cosas sin darme ninguna intervención, excluyéndome, como a un ser extraño o como si se hubieran olvidado de mi presencia. Hablaban las dos entusiasmadas de sus temas femeninos, ignorándome completamente. Yo no sabía si debía o podía, interrumpirlas, ya que estaban sumidas en ese ritual hermético de las mujeres, con disquisiciones femeninas, palabras femeninas, perfumes femeninos y labios femeninos. En un momento comprobé que Micaela estaba tan concentrada en la charla con su amiga, poniendo la atención de un monje oriental sobre un mandala, que supuse que en su mente me había desintegrado o me había vuelto invisible. En su cerebro dejé de ser una persona, para convertirme en una parte del mobiliario del bar. Intenté llamarle la atención acomodándome de diferentes formas en la silla, traté de introducir un tema de interés y así resucitar algo de la atención que me prestaba, pero parecía que cualquier intento se volvía rápidamente inútil. Tal fue el fracaso de todos esos intentos que opté por irme (enojado). La miré con odio, le dejé el dinero de lo que habíamos consumido y salí a evaporarme por las calles de Buenos Aires.

© Walter Embón