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 Un
último lucero
Callado
lucero de la mañana que finges entrar en mis ojos y reclamas tu lugar en
los cielos Ceniciento recuerdo tu luz que evoca una herida y me
proclama a la vida.
Tácita muerte que me invade desde el hueco de mi
alma, como una vacía copa de añejo vino evaporado que lentamente se
llena con el dulce veneno que ha de desviar mis ojos del
firmamento.
Callado lucero de la mañana que finges no tener oídos y
que sin embargo callas que finges no verme y que sin embargo
brillas con esa luz que me condena a la esperanza y a los sueños
rotos con esa luz, ¡resplandeciente luz! que evoca una herida y me
proclama a la vida.
 Añoranza
Añorados cabellos que
supieron bailar en primavera cuan lejos de mis caricias están; Ojos, símil
oriental, que alguna vez buscaron los míos, como la amedrentada gacela en su
vacilación; llanuras en verano que yo conocería alguna vez, Húmeda y tibia
tierra defendida por la barbarie de tu pulcritud.
Mientras el sol no
proyecte sombra, y las estrellas sean mis confidentes, hoy y
siempre, te recordaré.
 Idilio entre el tiempo y la
memoria
¡Oh tibias imágenes de antañón, predecesoras en la consumación
de mi inmortalidad! Desde los rincones del mundo, aún desde la periferia
del universo vengad mi angustia. Vosotras, que conoced los abismos de mi
alma, y desde los ínfimos laberintos de la introspección me han
rescatado.
Resarcidme de las garras de los poseedores de
envidia; castigad al sutil pecador, al desidioso indiferente. Viejas
confidentes que desde mi infante razón las defiendo, confiaré en el abrigo de
su trascendencia, y viviremos.
La apología ha sido derramada en los
infinitos espacios del Juicio Abstracción y Gloria conforman nuestro diálogo
confirmador. ¡Oh tibias imágenes de antañón, predecesoras en la
consumación de mi inmortalidad! Levantadme en las olvidadas estrellas para al
fin revalidar mi Apoteosis. Por
siempre viviremos.
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