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 La
noche del tiempo
Ya
el sol se
ha enterrado en el horizonte. La
noche del tiempo, la
deseada y misteriosa paz, desciende
en mis párpados cerrados. Ya
las viejas voces agrias se están callando; dulce
memoria,
amables
neblinas de los años. El
tiempo ha besado las cicatrices, ya
las hojas del otoño reposan, y
el ardiente verano de
la juventud cerró los ojos en
el invierno grave, solemne,
dignamente
senil.
Allá,
lejos, las horas ansiosas, los
relojes que parecían morder el alma; allá,
en el tiempo,
las
charlas y los amigos,
demasiado
sutiles
en
la imperiosa distracción del sufrimiento. Se
ocultan las voces en el crepúsculo, y
añoradas caricias dejan la huella de
un cálido sabor
a
mi cuerpo, latiendo con serena placidez. Allá,
lejos, los números y las letras. Allá,
lejos, ofendidos más y más por el olvido, unos
horizontes discretos de
un cuarto, un aula, un
colectivo, dos perdidos ojos, que
me amaron, acaso… Y,
además, el solitario universo…
 La
mujer y el sol
El
sol entra por las cortinas; la
mujer de los labios rojos, palpado
un cutis de ámbar.
Cortinas
verdes, igual a bosques sutiles; la
cama bajo el esbelto cuerpo de
la mujer.
Bailando
en un polvo de duraznos se
difunde la luz del día.
Y
en los ojos de la mujer naciendo
el sol, como
las olas sobre la mar.
Sal
en las pupilas. Pestañas en azúcar. Las
manos visten una piel,
de
seda y delicada; y el amor dejó
su sombra en ella.
Hoy
es un nuevo día.
Labios
rojos. Besos
que la noche aguarda: la
luna abrazará aquella boca.
Y
un hielo blanco, quieto y amable, sobre
el caliente aliento de
una boca en medio de su sangre.
Sol
que va entrando por las cortinas; y
él se desliza por la piel:
desnuda
de sombra y de noche.
 Lágrimas
en los labios
Lágrimas
rojas en tus labios, déjate
llorar en mi boca. Tu
cobre desnudo huele a sol, la
sonrisa me sabe a luna…
Te
derramas por mi cuerpo, como
ríos de sombras desbocadas.
Espero
la sorna de los silencios; ansío
rarezas de los diálogos de
dulzores sexuales- de ese argot femenino,
cautivando
mis insomnios-.
Querrás
arar en el mar.
Teñir
de negro los mármoles. Volar
liviana en leve
vuelo
de gorrión. O
cesar tu carne;
vestirte
de estatua; quietud de
sueño sobre la ondulada piedra.
Pero
tienes mis venas en tu boca, amas
besos míos hasta en los ojos; y
también desde los huesos te
desnudas hacia mis brazos.
Y
dos pétalos veo del bermejo crepúsculo
en tus pechos.
Ahora,
por ello, he de besar sólo
como la sangre besa;
y
mis labios llorarán
el
llanto de los tuyos.
 Horizontes inmortales
Calles
de barrio, de
soles nítidos, palpables; crepúsculos que
se besaban con los adolescentes, o
al amor taciturno que se refugiaba en
los ancianos.
La
bella humildad de las zanjas donde
se ensuciaban las lunas; quizá
el barro de unas estrellas negras.
Auroras:
los oros y rosados, jóvenes; pan
de pájaros y de brisas; noche,
con la luz ya enmudecida, la
sal de los sexos y de la muerte.
El
viejo da con su fin, y omite
jactancias de mármol- tumba
fugitiva-; su pampa, ataúd de
llanuras, cereales y caballos.
Jugaban
los chicos en el barrio,
como
un ágora de inquietas mariposas.
Calles
cubiertas de polvo, mustio solar
de menguados ladrillos,
de
reja senil y lluvioso tejado.
Teníamos
nostálgicas huellas de
gaucho, y un maíz que aún
le
lloraba al polvo de sus indios.
Y
a lo lejos, las
aguas patrias: el
río, meciéndose
en
su leyenda morena. El ancho soplo de
las orillas mulatas,
donde
las proas ansiosas atracaron
nuestra sangre.
Nos
han legado, al fin,
la
gloriosa extensión
de
incesantes horizontes de espadas y de lágrimas.
Acaso,
pues, me sueño que
los hombres allí nunca muertos seremos, siendo
que sus horizontes nunca
muertos serán.
 Pescador
de lunas
Desconsoladas
olas de
dulce miel morena, tocando
con besos de arena los
juncos, agujas de la orilla hilando
la cansina y nublada majestad
de
la brisa.
Un
pescador de turbulentos ojos
insomnes, los cabellos
en
largas penurias castañas, arrojó
su ansiedad en el sedal
de
sus hambres.
Desconsoladas
olas. Paseando
sus fangos oscuros, el
río deja el insulto de una sombra en
la arena charra y cimarrona.
Piedad
para el pescador; el cielo le
desciende
limosnas
de sangres y de oros.
Tarde
bondadosa, relojes de luz
velando
pálida la luna.
Crepúsculo
que nada tatuado
en
la escama fugitiva del pez. Una
red de poca fortuna al agua, entre
lentas espumas de plomo.
Desconsoladas
olas… Llorando
en la red vacía.
El
anzuelo está desierto, el río
suspira,
nocturno, en los aceites de
un oleaje plateado. Mi
pescador lleva a sus espaldas
la
seca red y el sedal derrotado, y
la noche
ya
le guarda su plato de luna serena,
de
hambre blanca.
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