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Doctor

Yo (como si mi persona en esta historia fuese significante) lo vi por primera vez entre mucha gente. Ese día se festejaba el casamiento de su cuñada. Me habían hablado de él y lo poco que supe fue suficiente para que me sorprenda su presencia.

Estábamos en la antesala de un gran recinto donde poco después íbamos a disfrutar del evento; él, a pesar de todo, se manejaba, entre la gran cantidad de asistentes, como uno más. Movía sus grandes manos para acompañar cada risa mientras caminaba casi sin detenerse y esperaba que nos indiquen el momento de entrar.

Lo seguí bastante con la mirada ya que su apariencia no concordaba con la que anteriormente me formara de él. Era alto, las canas se estaban instalando a los costados de un peinado clásico de raya al costado izquierdo y el pelo, que no llegaba al cuello de camisa, tenía algunas ondulaciones. Estaba muy bien afeitado, incluso daba la impresión de que sus bigotes habían sido emprolijados para esa ocasión. Detrás de éstos, la blancura de la piel y la falta de arrugas contrastaban notoriamente con su traje azul.

Dedicaba pocas pero amplias sonrisas a los parientes entregando escasas reservas de energía.

Todo era normal excepto los varios minutos en que se apartaba del grupo con esa expresión tan perdida y escondida del resto. No se alejaba demasiado pero sí lo suficiente como para quedar un rato a solas.

Su enfermedad era terminal y había sido descubierta pocos días antes. Si bien él sabía que su estado no era alentador, a completa verdad la conocía su mujer; y lo que nunca llegué a entender: yo también la conocía y muy probablemente todos los invitados.

El diagnóstico de la primer consulta había revelado la urgencia de una intervención quirúrgica que finalmente resultó inútil dado lo repentino y avanzado del caso.

A su esposa, a quien no llegué a ver en el consultorio, se le adivinaba la tristeza detrás del disimulo. Llevaba varios años casada con un hombre que demostraba quererla y a quien un día acompañó al doctor.

Según lo que recuerdo el médico lo recibió a él antes que a sus hermanos que quedaron en la sala de espera. Estos nunca se harían atender ya que sólo estaban ahí para formar parte del entorno necesario.

El paciente fue invitado a entrar con una señal de la mano y una inclinación de la cabeza a modo de saludo. Aparentemente no se había previsto una frase para esa instancia y sí para cuando estuviesen ambos sentados.

El consultorio, visto desde adentro, tenía el aspecto de un cuarto que nunca antes había sido utilizado para estos fines. No había ventanas que permitieran la entrada de luz, en cambio se veían varios cuadros con imágenes de paisajes: un desierto estaba colgado junto a la puerta de entrada y unas cataratas detrás del sillón que le correspondía al profesional. Descubrí por otro lado que la sensación de encierro no tenía origen en la falta de aberturas sino en la baja potencia de las lámparas dispuestas en los cuatro vértices y en la escasa altura del techo. Por último el espejo, de un tamaño exagerado para la utilidad que podría tener en un lugar de esas características y detrás del cual estábamos, ya dentro del salón, todos los asistentes a la fiesta, cada uno en su sitio, vestidos adecuadamente y pidiendo algo que beber para después seguir el desarrollo de la consulta como en un televisor.

Algunos, los que como yo no formábamos parte de la familia, presenciábamos, casi obligados e insensibles, una escena que no nos pertenecía hasta ese momento.

Se trataba, el doctor, de una persona mayor, con algo en su expresión que le era ajeno. Por lo demás el conjunto era creíble: delantal blanco, corbata y mejillas color rosa haciendo juego con las servilletas de las mesas, peinado asistido, ojos claros y cara de esas que hacen gestos para todo.

- ¿Qué lo trae por acá? –Aunque contaba con más información que el interrogado, el médico inauguraba una serie de preguntas estudiadas previamente.

Una mujer, que hasta unos momentos antes estaba sentada cerca de mí leyendo unos papeles, se asomó, sin golpear, por la puerta del consultorio. Mientras le hablaba al doctor se veía a los hermanos parándose, hablando entre ellos, preparándose para irse.

En un acto de pura educación (porque ya estaba decidido que para esa hora, o mejor dicho para esa momento del diálogo, se haría el primer cambio) la señora preguntó:

- ¿Quiere que siga yo?
- Sí, gracias. Seguramente me perdí mucho de la fiesta. –El paciente ya no formaba parte de la conversación y permanecía anclado en el instante en que debía pensar la respuesta.
- No mucho doctor. Un poco de vino y la entrada. –Ya entraba ella y lo reemplazaba en el sillón.

Como si nada hubiera pasado se quedó en su silla durante el cambio. Perdido en uno de esos momentos que son, quizá, los únicos que le pertenecían. Ignorando todo trueque siguió hablándole a la nueva doctor sin siquiera notar el vestido rojo, el pelo amarillo dudosamente auténtico, las muñecas llenas de fantasías y las miradas grotescamente frecuentes que dirigía al espejo.

Cuando el primer doctor salió ya no había nadie en la sala de espera, los dos hermanos entraban en la fiesta entre felicitaciones y ofrecimientos de comida. Casi inmediatamente entró el que había sido reemplazado, ya sin delantal y vistiendo un traje negro. Aceptó una copa y se acercó al espejo.

El ir y venir de preguntas y respuestas se daba de una forma casi fantástica. Se hablaba de dolores de cabeza, insomnio y falta de hambre.

Repasé la situación en la que me encontraba: estaba sentado detrás de un espejo, en un casamiento con todos los invitados, observando junto con los demás cómo un hombre que padecía una terrible enfermedad consultaba, por las dudas, a un médico clínico que además era muchas personas.

Recién pasada la primer hora pude habituarme y sentí la necesidad de beber algo. Cuando me di vuelta buscando un vaso quedé impresionado por la gran cantidad de gente leyendo papeles iguales a los que había leído el segundo doctor y seguramente también el primero, que ya no los tenía. Al menos treinta personas entre ancianos, chicos y familiares abandonaron, para esa tarea, el ánimo festivo.

Me intrigó saber qué podrían decir esos papeles aunque podía imaginar en ellos la continuación de la misma consulta. Frases que serían estudiadas y repetidas llegado el caso.

¿Pero qué pasaría si el paciente se desviara de lo previsto? ¿Qué adaptaciones tendría la libertad de asumir el doctor de turno si no obtenía la respuesta adecuada? Y lo principal: ¿Cómo el paciente no se enteraba de los cambios?

Los papeles habían sido entregados primero por un chico que no superaba los seis años de edad y, según pude apreciar entre bandejas y bailarines, su tarea terminó cuando uno de los hermanos, recién llegado, tomó su lugar quitándoselos de las manos con una caricia en la cabeza. Fue él, el hermano, quien se me acercó, me entregó el anteúltimo papel que le quedaba aún sin asignar y se fue sin darme tiempo a preguntar nada.

Los diálogos se escuchaban ahora más naturales y hasta sinceros, tales serían las palabras dichas por un real profesional.

De a ratos creía entender el porqué del engaño. La forma piadosa de en que todo había sido organizado teniendo en cuenta el detalle de hacerlo justo el día del casamiento, como si este hecho eclipsara la importancia de la visita al médico detrás de un poco de diversión.

La conversación con el doctor actual (una nena de no más de ocho) no presentaba problemas. Noté sin embargo que el paciente, a pesar de que escuchaba y respondía con tranquilidad, miraba siempre al frente y ni siquiera parecía enterarse de que la chica leía, con dificultad, directamente de sus papeles abiertos sobre el escritorio.

Los míos incluían una breve reseña de lo sucedido hasta ese momento. Pude leer ahí acerca de los doctores, sus líneas, resumidas, con posibles respuestas, un cronograma preciso de los cambios (que deberían coincidir con una secuencia gastronómica, tal o cual canción que el encargado de la música tendría marcado, el saludo de los novios, la llegada del postre o café). Todo detalladamente ordenado de forma que sólo una persona quede fuera del círculo.

Los doctores se sucedían cumpliendo a la perfección con lo estipulado.

Eventualmente yo miraba hacia el salón donde cada vez menos gente leía y más se dedicaba a bailar, comer o simplemente comentar sus participaciones.

Del otro lado la conversación se detuvo cuando correspondía arriesgar un diagnóstico. Escuché el grito desde atrás. Uno de los hermanos venía hacia mí, casi corriendo, a buscarme.

El doctor miraba insistentemente al espejo y el paciente esperaba despegando basuritas del escritorio con la uña.

Ante la mirada de desaprobación de los que, como yo, observaban en ese momento la consulta, fui tomado del brazo y entre cordiales empujones y reproches me guiaron hasta la puerta. Ahí me explicaron demasiado rápidamente los pasos a seguir. Yo era el último doctor, eso debía mencionarlo al llegar a la recepción del consultorio. Para no perderme tenía que contar tres puertas hacia la derecha y llamar al departamento "D" en la entrada de madera. Me ordenaron que salga, volvieron a llamarme, me dieron el papel para que se lo diera a él. Al paciente le correspondía la última línea. Lo transformaban también a él en parte de todo eso.

Me hubiera tranquilizado bastante leer su papel, saber qué me encontraría por respuesta, pero los nervios hicieron que olvidara mi propia parte. Estaba repasándola cuando, al salir, la luz del día me dio la sensación de despertar. Dudé de mí y de todo. La bocina de los autos, el panadero y la pareja en la esquina no encajaban con nada de lo que había visto durante la noche ni con lo que irremediablemente me faltaba hacer. Acepté mentalmente cumplir con mi parte pero no volvería a la fiesta.

La puerta se abrió antes de que levantara el dedo del timbre y en lo que pareció un solo movimiento la esposa me tomó del traje, me arrastró adentro y cerró.

Seguí las instrucciones lo mejor posible y dije casi todo lo que me correspondía. Me sentí verdugo y víctima; pude haberme ido al llegar a la vereda y sin embargo estaba ahí, sentado en el sillón, repitiendo que la enfermedad se encontraba en un estado avanzado e irreversible.

Dicho esto le entregué el papel.

Mientras él leía me necesité buscar el apoyo de quienes no podía ver, miré el espejo, sólo pudiendo imaginar las caras y escuché la contestación.

- Doctor, no quisiera que se divulgue. Por favor no se lo cuente a nadie.

© Guillermo Dall'Occhio