Mondo Kronhela Literatura - República Argentina


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Día de viento

Los chicos terminaron de leer el cuento antes de ver sin sorpresa a casi todo el equipo médico corriendo por el pasillo hacia el ala "A" del hospital. Ya pasadas las ocho de la noche, el paciente de la cama cuarenta y tres había abierto por un momento los ojos después de muchos años en estado vegetativo.

"... y después de haber estado encerrado el pájaro durante años, después de haber buscado todas las maneras posibles de escapar, sus ángeles supieron que ya era momento. Entraron en la habitación y volando con sus pequeñas alas liberaron al pájaro verde de su jaula." –

Volvieron a él las texturas del piso, las esperanzas y la conocida sensación de andar en la oscuridad. Está ahora caminando sobre la terraza de un edificio alto entre edificios de mayor o menor altura pero todos con las ventanas iluminadas como es en la ciudad a eso de las ocho de la noche. Llevaba puesta ropa ya pasada de moda que debió haber sido elegante en la época en que él la usaba y un peinado que seguramente nunca le habrían hecho después. Abajo vio cientos de caminos que se abrían en muchos otros como un interminable laberinto de única salida. El espacio se desdoblaba y dividía en las muchas alternativas creadas y como si el tiempo tuviera las mismas características podía, ahora que su búsqueda terminaba, verse a sí mismo aún transitando ansioso por caminos definiéndose en cada paso. Sólo uno de tantos angostos senderos sube hasta él terminando justo en su última pisada, haciéndose detrás de él como habría sido con todos los otros. Había terminado de subir recién las escaleras. La respiración agitada y la libertad a punto de ser merecidamente suya.

Dudándolo menos que a lo largo de tantos caminos y de veinte pisos venció la puerta con el pié derecho como se vence al miedo, esperando algo mejor detrás de él. Empezó caminando, lento, firme, convenciéndose, permitiendo que de a muchas las ausentes imágenes de tantos años pasados le dibujaran su próximo destino.

Recordó las palabras que le había dicho el chico en la esquina antes de entrar en el edificio, empezó a correr, abrió los brazos, juntó las piernas y saltó tan alto y hacia delante como pudo.

- ¿Qué pasó? – Quiso saber uno de los chicos que tenía entre sus dos manos el libro de cuentos, tal vez, esperando que la respuesta coincidiese con lo que él veía en los dibujos.
– Pasó que lo liberamos, eso pasó. – Cuando el otro chico le respondía estaba asomado por la puerta, mirando hacia donde el último doctor había pasado hacía unos momentos.

Como aferrándose a una nueva posibilidad quiso que el chico tenga razón y, si esto era así, casi al final de la caída los dedos de sus manos se separarían increíblemente, sus brazos se aplanarían y de todo su cuerpo saldrían plumas, no grises ni azules, sino verdes (que es el color preferido de los que aprenden a volar en días de viento). Según el chico de la esquina volar no era más difícil que caminar mientras se deseara lo suficiente pero le advirtió que cuando todo estuviese listo un pájaro lo notaría, daría la señal de alerta y de a cientos los mismos que habían cuidado de él observándolo en silencio durante tanto tiempo desde cornisas y ventanas seguirían su trayecto alegres y responsables sin poder decidirse a ayudar. Que no se asustase, que como a todo él solo sería capaz de escucharlos y que no eran malos aunque hagan mucho ruido

- ¿Nos vio a los dos?
- No, llegó a ver a uno solo pero no sé a cual de nosotros. ¿Vos dónde te pusiste?
- Yo me paré en la esquina para verlo mejor ¿Y vos?

Los médicos cumplirían con su trabajo incluso en este momento. Las manos que lo retenían eran soñadas de diferentes maneras. El hombre estaba ya a la altura del tercer piso y en caída libre. Alguna voz le contaba la secuencia que él traducía en imágenes para sí. Tres, dos, uno y sería el esperado final pero no lograba pasar el tercer piso y la voz que volvía a empezar. Tres, dos, uno y los golpes en el pecho y luchar por volar y caer libre a pesar de la corriente que lo atraviesa.
Los pájaros, los gritos indicaciones interminables con olor a remedio y sonidos escuchados durante veinte años en habitaciones cercanas.

- Bueno guardá el libro y vámonos.
- Dame un segundo.

Cuando abrió y cerró los ojos no los cerró. Eso fue todo para la enfermera que quedó paralizada por instante antes de llamar por el interno. El, en cambio, vio al primer pájaro y sonrió. Vio también edificios, luces en las ventanas, muchos caminos y un chico en la esquina que le guiño un ojo.

Todo estaba listo, segundo piso y entonces su cuerpo se transformó para permitir el vuelo y sintió que su alma transformada se rebelaba independiente a los aparatos y cables. Caer y dejar a los pájaros blancos que ya estaban revoloteando, torpes y cercanos a él que finalmente se iba.

© Guillermo Dall'Occhio