En el micro

Un cartel más que nos cruzamos en la ruta, está solo y no se parece a los que conozco. No es como todos y hay demasiada distancia hasta él. Parece que le hiciera un guiño al micro. Puedo verlo deformado a través del vidrio donde pega la lluvia. Lo sigo con la mirada y todo se mueve tan imperceptiblemente dentro del transporte que podría ser él el que se va hacia atrás hasta desaparecer. Yo vuelvo con la vista hacia delante. Una curva a la izquierda. Mi cuerpo se resiste a ser guiado por los caprichos de un volante. Otro cartel. Antes, en el trayecto de mi visión, se impone una carrera de gotas con propulsión a viento sobre la ventana, una pista perfecta donde miles de pedacitos de agua se unen y forman muchos otros más grandes que a su vez se despedazan y vuelven a su tamaño original. Un proceso entretenido e inútil en apariencia. Una vida muy corta la de la gota, como sus movimientos parecidos a los de una ardilla: rápidos, en todas direcciones, se detienen y vuelven a tomar un nuevo rumbo. Mientras lo pienso eso mismo ocurrió cientos de veces en todo el vidrio, en todos los vidrios alrededor de nosotros. Van cruzándolo, deteniéndose y volviendo a tomar velocidad, cazando y uniendo a las menores en un ritual que es continuo pero no es real.

Las gotas siempre van, se mueven, como se mueven las hormigas en el campo cuando el humano duerme, en silencio y tomando ventaja. El humano duerme en este micro, todo duerme en este micro menos una mano que sospecha y toma nota. Pasamos otro puente. Las gotas de agua que acaban de caer resisten y son bienvenidas y absorbidas por las demás como un ejercito de refuerzo que en este caso no es necesario. Trabajan en conjunto dentro de un equipo en el que cada componente conoce detalladamente su papel.

Hay más señales en la ruta que no entiendo y es que no deben estar hechos para mí. Tampoco puedo ver los faroles del vehículo que son, quizá, los encargados de leer las instrucciones del camino.

Por mi lado, yo no dejo de mirar hacia fuera, donde todo funciona, pero tampoco hacia adentro, donde casi todo duerme. Las señales de tránsito me llaman mucho la atención. Marcan un ritmo perfecto para el plan que se está desarrollando al tiempo que los ojos del chofer en el espejo nos vigilan desde el frente.

Son casi veinte cuerpos que descansan cómodamente, entregados a sus enormes pesos mientras alguna desconocida y compleja forma de actividad toma lugares. Siempre pensando inocentemente que van a llegar sanos y suaves a destino sin sospechar que en un golpe de suerte podrían despertarse en un lugar nuevo.

Dejo de anotar, me levanto del asiento y decido lanzarme a una averiguación más cercana de la situación. Camino por el pasillo, veo todas esas revistas a medio abrir encima de los pechos y caras y manos sosteniendo todavía libros y lapiceras. Llegando al medio del pasillo me animo a mirar al chofer. Ahora que me aproximaba me daba la sensación de que él había estado queriendo cruzar una sonrisa con alguien. De cerca sus ojos no parecen humanos, son vidriosos y secos. Lo catalogué como una parte fundamental de la organización aunque de bajo rango, cuya función podría ser la de entregarnos. Cuando finalmente llegué adelante me sorprendió ver que el singular personaje no tenía las manos en el volante y sin embargo éste se movía levemente manteniendo el rumbo como dirigido a distancia. El gesto de asombro en mis cejas debe haber sido obvio y para mi sorpresa veo encima que e dirige un guiño cómplice y levanta los pies de los pedales. A partir de ese momento una serie extrañísima de hechos me dieron la confirmación de que habían designado un guardián para vigilarnos: sin ninguna intervención humana ni del conductor, la luz de giro se accionó, el pedal del medio bajó considerablemente y tuve que sostenerme para no caer sobre el hombre que, habiendo abandonado la idea de complicidad, estiraba las manos directamente hacia mi cuello.

Creo que me moví o al menos moví mi cabeza porque, lejos de asustarme, me distraje con un cartel, en principio tan incomprensible como los anteriores, que se encontraba del lado opuesto de la ruta y del cual lógicamente veíamos el dorso. En él aparecían dibujadas dos manos en clara actitud de tomar algo que perfectamente podría haber sido entendido como una orden. Ese algo es mi cuello, pensé.

Fue sólo un momento pero cuando volví la mirada hacia el hombre éste estaba ya reacomodado, sentado correctamente en su lugar, con las manos y los pies donde deberían estar. Sin mirarme, porque prestaba atención al camino, me preguntaba alguna cosa, no sé qué, con ese tono que se usa para la tercera o cuarta vez que se quiera averiguar algo sin éxito y quizá sin interés. No me preocupé en saberlo, siempre sosteniéndome de los parantes y sin hablarle le hice saber que estaba disculpado por el intento de matarme y preferí volver a mi asiento evitando tocar los pies de quienes ahora veía de frente en el trayecto a la fila veinte ventanilla desde donde trataría de lograr un razonable entendimiento de los sucedido dentro y fuera de este micro.

La ingenuidad de los pasajeros es demasiada ante el obvio significado de una lluvia que aumenta.

El agua va formando sogas que bajan oblicuamente por las ventanillas. Empezarán en el techo, donde una red líquida se transforma en fuertes ataduras que se unen en la parte inferior y hacia atrás mutando luego en falso suelo sobre la ruta que borra nuestras huellas ni bien terminamos de pasar. El micro, de intentarlo, no podría retroceder. Sólo le queda la opción de avanzar a un destino prefijado.

Hemos sido raptados por un grupo muy bien organizado.

Cuando partimos hace ya más de dos horas el engaño estaba planeado. Un sol de mañana nos acompañó los primeros kilómetros. A partir del primer puente las nubes empezaron a cubrirnos y aparecieron las primeras señales del camino, a veces en amarillo, otras en azul, a veces con números y otras con dibujos pero en todos los casos cargadas de códigos que son descrifados por los faroles del vehículo y secretamente comunicadas al chofer.

Aunque con destino incierto, o precisamente por eso, el estar atrapado me resulta intrigante y asombroso, en especial por la naturaleza de nuestros raptores. Repaso la cantidad aproximada de integrantes de la banda, las funciones que por sus características les han sido asignadas y por sobre todas las cosas las características nuestras, de las víctimas, que hasta ahora demostramos merecer el ataque. Todo este juego se está poniendo interesante.

Hace más de tres horas que estoy sentado junto a él: un cristal un tanto oscurecido para mayor comodidad del pasajero en días de mucho sol. Yo dándome cuenta de todo pero sin ver que, si lo intento, puedo llegar a entenderme con una de las partes fundamentales del grupo. Lo único que está empezando a inquietarme es que de alguna manera y en algún momento nuestro viaje va a llegar a un fin y antes de que eso suceda yo quiero estar formando parte de su grupo.

Quizá si le hablo al vidrio. No es difícil prever que en un principio se me va a ignorar, no se me responda y hasta se me rechace a pesar de mi buena disposición a obedecer y guardar el secreto.

El motivo por el cual me interesa tanto acercarme a ellos es su audacia y método para llevar adelante una tarea como ésta. Tan perfectamente instrumentada que nadie puede ni siquiera sospechar. No sabiendo cuánto restaba del viaje encontré oportuno empezar a monologar en voz baja, de esa forma le daría a él la posibilidad de responder en un ámbito íntimo además de no divulgar mis intenciones. Le conté el por qué de mi presencia en el viaje: un poco de trabajo simple, nada nuevo y de lo mucho que me serviría algo de acción en medio de tanta cosa siempre igual. Me confesé partidario desafortunado de las bandas de raptores pacíficos ya que nunca se me había presentado la oportunidad. Me despaché en contra de la actitud dejada de los pasajeros y, sin mentir demasiado, le di la razón en todo lo que yo suponía que me podría estar preguntando.

Le hablaba al vidrio mirando en ocasiones hacia los rincones de la ventana simulando saludar con guiños o hasta levantando la mano a las gotas que habrían llegado recién. Como desde afuera de la agrupación, como un nuevo miembro al que no se le asignaron todavía una tarea.

Ninguna respuesta. Era de esperar que no encontrara rápidamente mi lugar.

En mi afán de congraciarme no me detuve a pensar que estaba probablemente entorpeciendo el aceitado mecanismo de la misión entreteniéndolos. Les pedí disculpas por la falta de consideración y, convencido de que habían recibido el mensaje, saludé como corresponde y aproveché para hacer el último pedido: era muy importante para mí saber de qué manera podía yo ser útil al movimiento, que por favor me diera una señal, que me indicara el camino o, si lo prefería, que enviara a alguien para reclutarme.

Volví a saludar al vidrio, a los rincones y me acomodé en mi lugar para dormir yo también. Antes de cerrar los ojos miré a mi compañero de fila para constatar que no me había escuchado. No estaba. Ni el de la fila de atrás a quien quise ver entre los asientos, ni la señora de adelante. No había nadie en el micro que, sin que yo me diera cuenta estaba detenido en un restaurante.

Sólo quedaba a bordo el chofer, que venía caminando hacia mí, mirándome con sus ojos vidriosos.

 

© Guillermo Dall'Occhio
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