Mondo Kronhela Literatura - República Argentina


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Lluvia

Suicidas anchos goterones, marchan como un enorme ejercito en el tejado, explotando y agonizando prendidos del filo de la canoa. Pasa la tropa y la luz atraviesa el cielo fusilado, con el vientre herido mientras escampa. Por un momento no son gotas, sino débiles lágrimas de infinito, en un sollozo celestial. Asomo la cara al pórtico y de nuevo la lluvia fría se abalanza sobre mí cubriéndome de pies a cabeza, helado y derrotado por el marchar incesante me escondo vencido y fatigado a esperar la tormenta.

No hay luz ni horizonte, lo roban las nubes negras, que dejan caer sus llantos sobre la pampa. Se mece la débil cabaña y sus mástiles se retuercen entre la marea de lluvia y ángeles. Inamovible en mi refugio aguardo el quejido del firmamento y la mutilación del manto milenario que llamamos cosmos. Necesito salir, un pastor parece morir entre las lagunas que florecen a la mitad de la pradera.

El molesto ruido de las gotas rompen mi concentración, desviando lentamente una respuesta de mi conciencia. Es muy joven y débil: ¿lo dejo a la intemperie o intento salir para ayudarlo?

-¡El Pastor me necesita!

La fuerza de la brisa impide mis pensamientos, me escucha, tanto que golpea los cristales con silbidos estridentes, se acerca la lluvia y el viento enmudece, se quedan mirando a través del cristal, con los ojos abiertos como testigos intangibles de mi respuesta. Juntos quiebran la ventana que les negaba abrazarme y saltan hacia mí con un cariño malicioso, la tormenta es tan violenta que el pastor seguramente morirá. Mas si por ayudarlo muero, por la estampida de reses que se desbocó por el campo, toda mi tribulación quedaría huérfana y sin sentido.

Hace una semana que dejé la cárcel. ¡Dije adiós a la prisión!

Se abren las puertas y el sol que miré hace doce años parece no olvidarme. Está en el lugar exacto donde lo despedí hace tanto. Digo adiós a la cárcel, a los guardias, a las noches oscuras que se encarnaban en una sombra, que eternamente llamé miedo. Extraño a los amigos. Tuve dos. Uno se ahorcó exhausto de sufrir y el otro salió mucho antes que yo, para vagar sin que la sociedad lo perdone. De rodillas digo: Adiós. Pero nunca podré olvidarlos, estarán irónicamente presos en mi espíritu como un tortuoso recuerdo, ocupando espacio, sin dejar un lugar al amor, que el claustro robó.

 Hace mucho, que no escucho el agua vertiéndose sobre la vastedad de la tierra, me parece hermosa la trivialidad de la lluvia. Antes al escuchar que llovía teníamos que subir los jergones a los camarotes y dormir entrecruzados. Aquí sólo es paz, es perfecto el aroma que el mundo transpira al amanecer. Miro encantado los prismas cayendo veloces sobre las lagunas, creando anillos de plata que se quiebran en la orilla. Algunos se rehusan a sumergirse, saltan contra el espejo y se elevan muy alto, por un instante se detienen y se miran entre sí, inmóviles; perplejos, lloran y sus lágrimas sucumben antes; temen caer y parecen flotar en el limbo, luego se clavan en el agua, formando de nuevo círculos perfectos. Tampoco recuerdo bien, la tibieza del astro, ni su poder en el follaje. Llegaba a mi roto por los barrotes. Es tanto tiempo que no sé si llorar por lo que he perdido o rebosar de felicidad por lo que he recuperado. Hasta me olvidé de las mujeres. Me negaron todo, pero eso fue lo más duro. Son tan necesarias. Me es imposible creer que ese vieja sea una de ellas. Aquella que una vez testificó en mi contra, encerrando mi juventud. Y si hubiese sido culpable tal vez la abrazaría y le pediría perdón, pero no hice nada malo. Ahora sólo deseo verla de nuevo y decidir frente a su rostro si estrangularla o dejarla vivir. ¡Ah! Qué hermoso será mirarla cara a cara y sentir su pánico en mis manos.

La vieja vive sola, sus dos hijos después de casarse se olvidaron de ella, y solamente yo la visitaba, ¡maldita! ¿Cómo me traicionó de esa manera?

Cuando menos aprendí a hablar solo. Durante los días sin luz necesité hablar conmigo y así pedir consejos al silencio. Cambió mi vida de un tajo. Secuestró mis sueños. Cruzaré el mundo para vengarme. Llevo una semana avanzando en el bosque para encontrarla. Ayer caminando me atrapó la noche y continué con ella sobre mis espaldas.

El día trató de prolongarse, sin querer rendirse y negarme la luz del sol, con calma hubo palidecido y casi con una precisión mecánica encontré la luna menguante sobre los árboles. La noche es tétrica en el bosque, las sombras se duplican y los sonidos del aire crecen entre las hojas y en el cielo, la luna conspira con el universo para asustarme, acorazada en un resplandor amarillento, se tira al río y lo ilumina, acostada sobre el firmamento se asemeja más a una sonrisa burlona, que se ríe de mí y parece a ratos que en ella se meciera el diablo. No lograron encontrar el miedo en mi sangre, nada nunca será peor que mi primera noche en la prisión, ahora soy libre. Libre para mirar el cielo y el mundo. Vagar por el o poseerlo. Libre para adorar la lluvia y refugiarme de ella en este cabaña a la mitad de un valle. Pero aún me atan ciertos lazos a la humanidad. El amor al prójimo duda si desprenderse de mí. Y por la ventana rota un pastor exige que resucite ese valor. Su cuerpo yace hundido entre el fango, esculpiendo su figura. Aparenta dormir. ¿Habrá muerto?... Quizá, pero el destino lo ha dejado frente a mí, para adjudicarme la culpa de su muerte, lo tira ahí, para que lo vea y caiga su deceso en mi conciencia. Dudo todavía que hacer. El agua raspa los cristales, resbalando sus dedos para crear un quejido asfixiante. Se asoma y en un reflejo desbaratado construye un rostro, que quiere mirarme.

Esperando afuera la lluvia presiona mi decisión.
¡Ya voy! ¡Maldita sea!

Me es imposible verlo sin que me extraiga lástima. Aplasto los charcos con los pies y levantándolo separo sus carnes de los alambres. Clavaron sus colmillos en él con fuerza y sangra demasiado. Adentro al fin, empapado por la tediosa misericordia, resucito su animo con un trago de Whisky y con un camisa cierro sus heridas. El licor calcinó su garganta pero lo despierta. Sentado frente a mí, me escucha. Nos separa una mesa, pero nuestras miradas se unen, el agradece y yo pido que me escuche solamente. Su labio cae fatigado, jadea. Cierra los ojos por un instante y recibe un sorbo del aire de la estancia. Hace frío. Reconozco la caricia helada del viento; sobrevivir años bajo una frazada diminuta y pobre, acostumbraron mi carne al frío. Y mas allá del dolor palpable, las noches solas helaron mi carácter, dejándome un impávido rostro.

El pastor continúa inmóvil. Arrastra la mirada por la mesa, deteniéndose a veces en mi silueta, encuentra las paredes, el techo, lo miro y se hunden mis pupilas en las suyas. Ya está cautivo y seguramente me escuchará. Intenta abandonar mi encaro, utiliza todos los medios para apartarse, suelta los párpados, resbala la vista y respira, pero ya es mía su atención. Tiende su callado y silencioso parece esperar. De pronto inicio mi historia. Se echa para atrás, sus ojos se expanden misteriosos y corre la silla sutilmente. Piensa quizá, que soy un asesino. El agua no cesa, se estrella contra la cabaña como fuertes bofetadas, trata de quebrar la madera débil que nos refugia, su gruñido parece corear mis palabras, son tan atroces las leyendas de la cárcel que el eco de las gotas las convierte en un cuento de terror. Está horrorizado, intuyo por su exhalación el miedo que soporta.

Mi cara se acuesta sobre mis manos entrelazadas, estudio al pastor y el a mi. Pero no termino mi relato; mi confesión.

-Eres un mártir. Me dice. Cuando al fin logra comprender.

Tiene razón, he sufrido demasiado, ahora es mi turno de cobrar al destino tanto sufrimiento. Ya he decidido que hacer cuando mire a la vieja a lo ojos. Y se lo digo al pastor, aún me atan ciertas convicciones morales a lo humano y me duele tanto decirlo, que escupo las palabras por el borde de mis labios. Me suplica que no lo haga, pero nada que diga me convencerá, mañana partiré de madrugada.

El alba corre derramando colores sobre la hierba. Se cuelga de las ramas, mira a través del agua del río, salta desde el cielo y se sumerge en los dobles de los árboles quietos en el cristal. Avanza muy despacio, casi puedo verla languidecer. Avanza conmigo.

Ayer dejé al pastor, tuve que decirle que seguiría su consejo, decirle que no haría nada contra la mujer, para evitar que llorase, conocí la sabiduría de los humildes, los que dan consejos del corazón y no de frases filosóficas Me dijo que me presentara frente a ella y le dijera gracias. Porque al haberme hecho perder todo, duplicó el valor del universo hace una semana. Dijo que debo al dolor disfrutar el aguacero, diferenciarlo de los cientos de aguaceros que ni siquiera percibí cuando era libre, antes de todo... Qué debo al sufrimiento diferenciar una noche, de las miles de noches que era prisionero. Dijo que el dolor es necesario para reconocer la felicidad. Tenían algo de cierto sus palabras. Lamento haberle mentido.

Comienza a llover. Y la lluvia aplasta el tinte celeste que la aurora olvidó en el cosmos. Hace de nuevo charcos, se apodera de las raíces, construye ríos diminutos y besa la tierra con ternura. Algunas gotas resbalan en los helechos como niños en fila desde un tobogán, otras se sujetan de las manos y se lanzan juntas abriendo los brazos. La mayoría tiene otra vez miedo de caer, se aferra de las copas de los árboles, entierra las uñas, se congela en la punta de las hojas y crece muy lentamente esperando que el viento la recoja haciéndola volar. Pero tiene un estricto destino, como yo. Pero igual desconocemos cual es y erramos continuamente. Estoy muy cerca de la casa de mujer.

Adelante mío hay un precipicio. Solamente un puente inestable por donde hace más de una centuria pasó un ferrocarril, me une a mi ilusión. Está atiborrado de verde, el musgo abraza los rieles camuflando los fieros en la espesura. El agua humedece la alfombra que me extiende la bienvenida. Gotea lentamente desde arriba, y se une al caudal del río, que muy lejos de aquí llegará al mar. Mientras camino parece que de nuevo el universo conspira para asustarme, no logran conseguir miedo en mi sangre. Nada será peor que la primera noche en prisión.

El torrente abre las fauces y me espera. Es imposible que la lluvia también me traicione. Salta como caimanes tocándome los pies, halándome a su centro, la riada aumenta sin parar, y esta maldita tabla comienza a crujir. ¡No! ¡No puedes quebrarte! ¡Estoy muy cerca!

© Esteban Córdoba Arroyo