Mondo Kronhela Literatura - República Argentina


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Delirios nocturnos...

Se despierta antes de media noche. Escoge momentos extraños y sitios adversos. Una luz lejana se extiende, llega sutilmente a sus ojos, rebotando en las esquinas múltiples de la metrópolis. Construye un anillo dorado, en las cumbres de los postes. Levanta las manos queriendo tocar el cielo oscuro, pero solo vuela alto, dividiéndose en débiles rayos.

La calle está desierta. Es imposible creer cuanto cambia el ser humano cuando se extingue la luz. ¿Será que necesita del día para continuar consciente? ¿Será que espera a la noche para que reviva su instinto animal y como una fiera pueda delinquir?

Se levanta aturdido y vagando describe su ruta. Tiene miedo de morir. Mas conoce que su destino es inevitable. Recuerda que ha tenido la fuerza de un dios, fue el lazo con que hablábamos con ellos y ahora sabe que pronto va a morir, por el olvido de la más cruel de las criaturas.

Comienza a llorar, su cuerpo tiembla por el abrazo de la paz nocturna y enjugando su llanto, vuelve a caminar. Quiere aferrar un vistazo de otros hombres en un último recuerdo.

El mismo resplandor de aquel poste, todavía avanza detrás suyo, dibujando en el asfalto su delgada silueta. La figura cobra vida y se adelanta besando sus pies. No se libera de aquel molesto retrato oscuro. Qué sujeto al suelo, se conoce como la sombra de los valores humanos.

Pronto deja de llorar, está hecho de dignidad, pero el abandono lo está dejando hueco.

No cesa sus pasos. Resbala la mirada por las aceras y percibe la penumbra rota por las luces blancas de Navidad . Mira las escenas insustituibles del humano de noche. Camina tomando fotografías de su entorno. Encuentra el teatro, los suburbios, las prostitutas, los vagos, los ebrios, las alamedas, los abarrotes y algunas casas. Todas aquellas cosas para las que un día no es distintos de los demás. Se acerca y elige una. Parece la casa más hermosa. Una alta tapia cubierta de cientos de enredaderas le niega la inspección, colmada de flores púrpuras como copas invertidas. Pero aún tiene poder para romper barreras. Haciéndose invisible espía por la ventana. Divisa dos niños, a sus padres. La casa no es tan espléndida como lo anuncia al exterior, quizá muestra con disimulo un reflejo de sus dueños. Adentro es pobre, una mesa desbaratada soporta el alimento de los cuatro. No obstante él sonríe, su vida está identificada con la miseria. Es lo que lo ha mantenido con vida a través del tiempo.

Hay una botella de licor, situada en el centro de la tabla circular junto a una vela roja encendida. Volcando su cabeza, vomita en el vaso su basura abdominal, aquel dios pagano. El hombre lo bebe puro y tomándole las entrañas llega hasta sus pupilas, las secuestra, las enrojece y disipa el brillo de sus ojos. Invade su cerebro, lo embrutece y lo lleva en un viaje a la locura. Se olvida de sus hijos, de su esposa y con la mano en alto la deja caer sobre sus rostros. Más tarde dirá que los ama.

Él ya no quiere ver más, recoge su sombra, salta la tapia y continua su camino.

Por un momento se olvida de todo y sentado en una baqueta de la ciudad llena al universo con reflexiones. Pasan muchas cosas por su cabeza y la visión anterior le comprueba que morirá.

Tira sus sueños por el borde de sus ojos. Y hunde la cabeza entre sus manos. Recogido, diminuto, llora por los niños. Quizá, si hablaran tan solo un poco más de el, no tendría que morir, ni ellos tampoco.

El silencio lo ayuda a pensar, el cosmos está quieto. Piensa que en otro sitio del mundo, en ese instante hay alguien que lo necesita. Pero el no es Dios, ni siquiera se le parece, es hombre, finito como un recuerdo. Porque nace dentro de los hombres con fuerzas descomunales y muere dentro de los hombres desterrado y débil.

Exhausto de dudas, decide levantarse y continuar.

Tiene heridas por todo el cuerpo. Tantas que le duele ponerse de pie.

Lentamente cruza la plaza, mira el alto obelisco, la iglesia, la vastedad, la soledad. Mira las estrellas...

Hay una esquina por donde se arrastra un doloroso sonido. No necesita avanzar mucho para hallarlo. Descubre bajo un árbol y unos cartones una escena escalofriante. Se acerca a observar. Un recién nacido reclama alimento a la humanidad sorda y jadea con una tos escurridiza que se mete en la sangre. A su lado, duermen sus seis hermanos, robando calor a las sombras y al muro de la sacrosanta capilla de la capital. Juntos le entierran una daga en los costados y le hacen una pregunta: ¿Dónde estabas? Te buscamos luego de cada sermón, en hombres y mujeres, en la retina de cristal nebulosa que llora por mucho rezar, en los brazos extendidos que alaban y recibimos silencio, silencio absoluto...

No responde y lo condenan a morir de tristeza.

Aún la noche atiborra el cielo con sus sombras. Hace frío, un frío perpetuo que traspasa su piel rayándole los huesos. A pesar de que la madrugada está cerca, permanece todavía distante una luz encendida.

Es un bar. Quiere despedirse de todo y entra sin ser notado.

Una leyenda publicitaria le da la bienvenida, camina muy suave. Toma una silla y observa. Un ventilador color turquesa le lanza ráfagas de aire, la mesa conserva los rastros de los últimos comensales y un borracho se sienta frente a él.

Sin mirarlo, sin dirigirse a nadie, el alcohólico escupe unas palabras y balbucea una frase. Ayer su esposa lo dejó , porque fue despedido y sus hijos se fueron con ella. Busca ahora el refugio en el fondo del vaso, que parece un abismo eterno. Trata toda la noche de ver, en la base del cristal una respuesta a sus problemas y cuando está en frente suyo, está tan ebrio que no lo ha percibido. Luego se marcha enfadado. Tambaleándose sin caer

Lo sigue con la vista aún sentado. Y descubre a donde se dirige. Un prostíbulo se adueña del segundo piso. Desea ayudarlo pero ya es demasiado débil.

Defraudado de la taberna. Sale sin extrañar mucho del mundo. Siempre ha existido licor, violencia, hambre, pobreza y miseria. Pero pocas veces cordura y caridad. Se han olvidado de eso, se han olvidado de él.

Camina lo suficiente para agotarse y descansa sobre la calle. A su espalda hay una armería, sus artículos colman los cristales. Suspirando se vuelve y los contempla. Recuerda las guerras. Participó en algunas, rescatando heridos y provocando deserciones. Hubo muchas en que fue totalmente exterminado. Vivió la inquisición , la esclavitud, el holocausto y el racismo.

Combatió la batalla del hambre, la pobreza, la violencia y el odio. Fue en la última cuando le inyectaron un virus mortal, que lo hundió perennemente en el olvido.

Su vista se hunde en el ventanal extendido y llora. Se vuelve más pequeño, como si la energía que lo mantuviese vivo se estuviera agotando. Ha perdido el miedo de morir, sabe que existe una lejana posibilidad de que algún día resucite en colosales dimensiones, o que nunca más visite el mundo por un destierro absoluto. Ya es un minúsculo hombrecillo, que ocupa un mísero espacio en el limbo. Se deja vencer, el mundo ha quedado sin valores humanos, prefirieron rendirse que continuar siendo mártires de una sociedad materialista.

© Esteban Córdoba Arroyo