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Me
truncaste el futuro, sin poder preguntar por qué lo hacías. Tus
elecciones son equivocadas, no podes darte cuenta que miras mal, Tu
inteligencia me abruma…ni siquiera te pude conocer. ¿De
dónde es que viniste? Si nadie te invitó, si nadie te llamó.
Es
tan fuerte el golpe que me diste, que hasta me da miedo nombrarte. También me llevaste a mí. Quizás… era él mismo el que ponía a prueba, constantemente, su incapacidad de disfrutar. Sus deseos estipulados y un rumbo con límites lo obligaban a admitir que ya no podía ser de otra forma. Las heridas no le sanaron, sino que lo escondieron detrás de razonamientos lógicos y de recuerdos agobiantes. Su frustración le ayudaba a justificarse, a sentirse completamente…incompleto. Tenía que alejar a la felicidad, pues no era compatible con la melancolía que se merecía aquella situación. Hasta su sombra lo había dejado…ya se había aburrido de tener tan complejas pautas de ser. Cuando la tristeza lo dejaba solo, cuando todo parecía detenerse en el tiempo, desesperadamente, necesitaba provocar situaciones para volver a hundirse…ya estaba tan acostumbrado a esa rutina. No podía, no era el momento. Constantemente marcando su presente, y asegurando impedir la repetición. Equivocado o no, su vida ya había pasado para él. Sólo
le queda sobrevivir. |
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©
Cecilia Castillo
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