Mondo Kronhela Literatura - República Argentina


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Fenómenos paranormales

He bajado al centro de la ciudad vieja y he podido decir, a pleno pulmón que, el tiempo estaba bueno. Yo sé que hay personas que no lo creerán y es lógico que piensen así.
Tras gritar la frase, he pensado que había libertad de expresión, pero después me ha embargado la duda y entonces me lo he pensado mejor.

-¿Qué hago?- Me dije a mí mismo -porque sepa usted, señor lector, que yo no tengo madera de héroe- y después de pensármelo muy bien, he vuelto a la carga con el asunto. -¡El tiempo está bueno!- Caía un chirimiri insistente y el frío me cortaba la cara, pero nadie me dijo nada, tan solo, algunos miraron de reojo, como si no dieran crédito a mi osadía.

No había transcurrido ni la mitad de media docena de segundos (dos veces uno coma cinco, para que se entienda) y ya me encontraba algo preocupado, porque además de decir, a grito pelado, aquellas palabras, a mí me consideraban extranjero, no un extranjero cualquiera, yo era extranjero de mí mismo pueblo, -entelequia que no entenderán aquellos extranjeros del extranjero más vecinal-, lo cual es muy grave para los extranjeros que nacieron en el pueblo y los extranjeros de fuera del pueblo.

Pero la culpa de todo cuanto me sucede la tengo yo mismo, pues hace tiempo que debí asumir que mi oreja en la frente y mis antenas, me delataban. Yo no veía esos signos diferenciadores, que eran en sí delictivo, pero ellos sí los veían y ya se sabe que el desconocimiento de la ley no le exime a uno de cumplirla. Así es que, en verdad, yo me estaba suicidando a grito pelado.

Logré sobrevivir al menos tres calles, pero unos señores que estaban escondidos en la calle de la razón, me dispararon una hoja de libro que hablaba de fronteras y otras religiones. Mi madre me había dicho que las únicas señales de libertad se hacen en el mus, doblando la cara, subiendo la ceja y yo no sé qué otras muecas más. Pero yo siempre fui un mal hijo y pensé que cada uno podía decir lo que quisiera, siempre que no lo hiciera a grito pelado en el oído de mi interlocutor y con la intención de romperle el tímpano.

Lo peor de esta historia es que bajé al centro de la ciudad sin haberme puesto el chaleco antibalas que me había ofrecido a buen precio mi vecino. Perdonen que me salga del tema un momento, pero no puedo resistir hacerle propaganda a mi vecino, es que está en el paro y el pobre es un poquito retrasado, pero sepan que ha inventado un chaleco antibalas que es una maravilla, dos veces que me lo he probado y él jura y perjura que no se me ve la oreja de la frente y las antenas.

Así que he muerto traspasado por una hoja disparada a traición. He muerto para siempre. Me he visto fuera del cuerpo y las antenas no recibían ni siquiera en onda corta y lo peor es que me he convertido en un fantasma, cosa que yo creía que no existían. Pero debo de decir que esto tiene sus ventajas y es que puedo ver cosas que antes no veía, por ejemplo, yo no sabía que al subnormal del vecino le iba tan bien el negocio y que había vendido tantos chalecos antibalas. ¡La de gente que va con la oreja y las antenas disimuladas!. Pero nada de esto, por ahora, puedo decírselo a mi madre, antes tengo que ir a unos cursillos de fantasmas y aprender a hacer fenómenos paranormales, sin que se me note el truco.

© Sebastián Gómez Cama