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He colgado mis calzoncillos en la ventana, como cada día que tengo una cita con la detective Luisa y la señora de abajo, como siempre que me reúno con mi colega, ha empezado a gritarme, pues sufre el goteo de la contraseña.
Por quinta vez en este mes me ha gritado a pleno pulmón que exprimiera la ropa lavada antes de tenderla, ya que le pongo las suyas echas una birria. Por quinta vez he pensado que esta mujer es inaguantable y si fuera una delincuente no me importaría arrojarle un cuchillo desde mi ventana. Para intimidarla yo también le grito y me asomo peligrosamente por la ventana, casi hiriéndome en el cuello con las cuerdas del tendedero. Para mi desconsuelo, no se amilana, sino que se transfigura en una boa recién almorzada. Un ofidio con viso de mujer.
La fiera se ha asomado más peligrosamente que yo. Tiene medio cuerpo fuera del terrario. Se ha contorsionado como nadie pensaría que podía hacerlo. Casi sentada en el alfeizar, mira hacia arriba y ya no escucho sus gruesos insultos, porque mis sentidos han debido caer a la calle y sólo me funciona la vista, que se me llena de la imagen de la vecina con sus ojos hipnotizadores desorbitados y la boca abriéndose y cerrándose, como si diera mordiscos a un asado invisible y veo una papada doble presentándose como un dulce de gelatina que se resbala de una bandejita chica, su primigenio cuello.
He comprobado que mi vecina y yo, estamos en peligro de muerte cada vez que me veo clandestinamente con la detective.
Luisa ha visto, desde su coche, mi señal de vía libre y supongo que se ha percatado de la disputa que mi vecina y yo mantenemos por la ventana.
La veo cerrar la puerta de su vehículo y salir presurosamente hasta el portal de mi casa. Seguramente en el fonoporta debe de estar sonando la señal convenida -una pitada larga y dos cortas- pero como mis sentidos han debido de caérseme, yo no oigo nada.
La boa se ha metido en su casa y yo despierto del estado hipnótico. Luisa que se ha llevado un rato dando la pitada larga y las dos cortas se mete nuevamente en su vehículo. Me manda una mirada iracunda y con ella todos mis sentidos perdidos. Antes de que salga, sus neumáticos dejen sobre la calzada un par de líneas negras, un chirrido en el aire y un olor a goma quemada yo le grito su nombre en clave. ¡Tapajuntas!. Pero ella me hace un gesto muy feo apoyando su mano izquierda sobre su antebrazo derecho. Es el quinto gesto de la semana y aún así, no he planeado en matar a la boa.
© Sebastián Gómez Cama