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Sin duda alguna su vida era extraña. Algunas veces se levantaba con una esperanza que lo lanzaba a la calle demostrando que al fin se había decidido a vivir, pero eran mas los días que la pena abrazaba su alma y llegaba hasta sus huesos. Ese dolor insoportable al que se había acostumbrado y casi ya no distinguía. Amilcar tenia un rostro duro. Sus ojos eran agudos y su mirada penetrante, pero tenia un espíritu sensible e inquieto. Su vida era extraña pero eso fue quizás lo que la salvó.
El barrio era tranquilo y eso le sentaba bien, igual que la pieza al final del zaguán, fría y tibia por momentos, vieja y descuidada, sola, como él.
El temor a la rutina siempre estaba presente.
Sí, terror a la rutina, odiaba todo lo que lo atara de cualquier modo a cualquier cosa, no importara que. Él odiaba que los días se repitieran vez tras vez, sin que nada pase que lo hiciera mover de lugar.
El cuarto no poseía mucho más que una cama contra la pared, una mesa donde siempre, sin excepción, se podía encontrar un cuaderno con un lápiz gastado, como las horas que pasaba con él en su mano, que giraba y giraba sin noción del tiempo. Virgen de compromisos, de relojes atrasados, de lunas sin lluvia, virgen como la poesía que esperaba escribir; y siempre esperaba que viniera por él.
Amilcar quiso encontrar en su poesía la persona que no tenia a su lado. Algo que de algún modo quitara de a pedacitos su dolor. Pequeños destellos del alma hasta que no quedara nada. Hasta que hubiera silencio. Hasta que esa laminadora que aplastaba su corazón dejara de funcionar.
Yo quiero ser fiel a lo que encontré un día que sin saberlo, no estaba seguro que el sol saldría, y creo que no salió.
De todas maneras lo único que no puedo olvidar, es ese día en que el vacío adornó la habitación, como la fiesta de las sombras, como las noches tempranas llenas de nada y el cuaderno que encontré como intacto sobre la mesa, y el lápiz no estaba y nadie estaba.
Con temor y pudor voy a transcribir algunas de las cosas que leí en ese día sin sol, en esa luna sin lluvia, en ese cuarto, en esa cita con la soledad.
© Diego Bisio