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Ese día había decidido salir sin poner limites ni prejuicios conscientes a los rumbos que el destino o vaya a saber quien pusiera en su andar como enfrentando el misterio oscuro de la casualidad; lo que llamamos normalmente caminar al azar. Así llegó a la Avenida Cramer y el otoño en su mejor figura, desfilaba con las hojas moribundas e insistía en cubrir las calles con su vanidad.
Dobló en Virrey del Pino y la ruleta del destino siempre estaba dispuesta a cantar el número de la fortuna, siempre que no sea el suyo. Virrey del Pino estaba triste y desolada.
Ciudad de la Paz hasta Juramento lo sorprendió varias veces imaginando irse a algún lugar lejos de todo y de todos, a nadie le hace gracia este país, a nadie le hace gracia esta miserable vida que tengo dijo para sí y fue como un estruendo. Los sueños se desmoronaban como un cristal hecho pedazos y Juramento dolía en los pies.
La plaza estaba desierta y el viento castigaba los árboles otra vez. Se sentó en el banco junto a la calle y contempló vagamente la iglesia en un instante que fue eterno.
Era un hombre ruinoso y majestuosamente solo.
El viento siguió castigando los árboles que exhaustos se inclinaban para tomar un respiro y pareció llevarse con él hasta el último aliento.
Y el único universo fue un hombre solo con su mirada vagabunda en algún rincón sagrado de su mundo interior.
© Diego Bisio