Mondo Kronhela Literatura - República Argentina


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El encuentro

Los árboles gritaban la libertad
En un día apagado como hoy,
Mientras sus agitadas cabelleras
Pedían por piedad la calma merecida

 

 Era una noche húmeda de 1979; esas en que los sueños, son estrellas de la tormenta, que deja su huella cuando duermen las ciudades. Creo recordar una hendidura en el cielo de abril, como descosiendo la trama tan particular que la noche suele tener cuando la luna se esconde, tras el óleo confuso del océano, sobre los techos de San Telmo.

¿Acaso no es la ciudad, la rejilla que absorbe y une, lo real y lo que es extremadamente imaginario?. Tal como en los sueños. San Telmo lo es.

El empedrado, fiel espejo de las olas, que en el aire toman formas tontas y derivan hallando su final en las frías alcantarillas. No sé por qué razón, cuando miro el asfalto, siempre vuelvo a extrañar esa calle; el pequeño río que entre las piedras llevaba su música entregada al naufragio de las hojas, que los árboles suelen dar como trofeo inalterable delatando al tiempo en su fulgor.

Sería imposible casi, olvidar "la esquina del tango", el pasaje San Lorenzo, "El centinela" (almacenes como ese, hoy son una especie extinguida), el gallego que llevaba un siglo atendiéndolo; después de su desaparición no supimos nada más. Es extraña la estrategia del olvido, cuando nos obliga a despojar lo que no palpamos o no podemos comprobar, como si su existencia solo perteneciera a otro mundo, que nunca hubiese sido real.

En ese barrio de zaguanes, de historias inconclusas, de casas a veces también inconclusas, hay algo que me detiene.

Es 28 de abril y la noche está sola como la casa de Iván, cuando (como de costumbre) está en su otra casa, la esquina de Humberto 1º y Don A. Aieta, "la esquina del tango", donde su única compañera es la botella de ginebra que ya empieza a pesar.

En el Nº 121 del pasaje, la casa de Iván y la noche solitaria se acompañan vagabundas, en raptos de nostalgia, como si la niñez todavía corriera por las angostas veredas de otro tiempo, casi sujeto a lo más parecido a la felicidad.

La puerta; la misma que él solía golpear para ver a sus abuelos que habían sido en realidad sus padres; la enorme sala que predecía ya la calidez que se podía respirar, con el solo hecho de cerrar los ojos en aquel sillón que siempre lo esperaba; esos sillones si que escondían secretos de largas siestas en sus faldas de algodón. Después, el zaguán, el abuelo con el mate, la pelota rebotando en las paredes de las continuas habitaciones a sus costados; el parral, los pájaros dejando la música que adornaba el aroma del pan en migajas, que tanto ansiaban. Nada de eso quedaba ya, todo estaba tan desolado, que no podía evitar escuchar el eco resonando en las paredes, de aquel instante que la vida, lo había obligado a despertar.

Era una noche húmeda. La noche que iba a cambiar el curso de su historia.

Hay noches que pasan a nuestro lado, como silbando el misterio que revelaría la propia identidad de lo que somos, lo que se aloja en la profundidad de nuestro ser, que nosotros mismos somos ajenos de saber. A algunos les lleva toda una vida encontrarla. Otros nunca llegarán a ella. Y hay quienes ni siquiera saben qué deben buscar. Pero hay también otros que la han cruzado demasiado apurados, y sin saberlo nunca podrán volver a hallarla.

Era una noche verdaderamente húmeda la de 1979, cuando el cielo rompió a llover como si fuera ese el presagio de algo que ocurriría inesperadamente esa misma noche. No voy a dar demasiados detalles, más que los necesarios para lograr comprender lo que sucedió, sin empañar la historia.

Iván dejó su casa del pasaje para tomar el rumbo ya marcado por el ritual de los días, que lo acompañó desde que su vida comenzó a ser la vida de un desconocido. El sonido de la calle era el silencio más atroz que jamás hubiese escuchado, quizás el universo mismo había conjurado advertirle que esa noche algo se iba a quebrar, que no era igual que las demás; pero él fingió no comprender mientras caminaba escuchando el crujir de los zapatos, resonantes en las viejas baldosas flojas de siempre. El aire, casi convertido en agua era raro, ese momento tenia un secreto inadvertido para Iván, pero que hacia las cosas diferentes, mientras la lluvia acariciaba la sombra de los árboles que siempre estaban al cruzar la esquina.

La vidriera semiempañada, la tenue luz de lámparas gastadas, el mar de palabras que el silencio narraba como monólogo habitual de las noches tempranas y el aroma del bar, que es el aroma del tango de "la esquina del tango", hoy no lo esperaban; esa sola sombra llevaba ya el peso de la tormenta, de ese misterio.

Caminaba Iván ausente, de memoria (como siempre), cuando ocurrió. Su mesa no estaba vacía y las hojas de los árboles caían y acompañaban su cuerpo como si fueran el mismo sabor de la traición. Pero todo fue más intenso cuando la vidriera acabó por convertirse en la pantalla de un cine macabro que empezaba su función y acabaría con su cordura. Todo se oscureció a su alrededor. La noche, aguda ya, se metía en su corazón para destrozarlo y no era la lluvia, sino el sudor, el que bañaba las sienes, cuando sin ni siquiera esperarlo vio su sombrero marrón, arrugado, moribundo, sobre la mesa que ilustraba una botella sin aliento y él mismo yacía a su lado como el cuadro patético de un Van Gogh desolado. No atinó a hacer nada, solo miraba estupefacto la imagen que lo estaba empujando a la locura, la imagen de su propia historia.

Mientras caminaba lento, todo estaba lento, flotaba y en su mente los pétalos seguían deshojándose.
Entró, rodeó la mesa, observó ese rostro envejecido, olvidado, casi muerto –pensó- acomodándose la silla para hablar con un viejo desconocido.

¿Quién sos? –Preguntó temblando, sin esperar una respuesta- supongo que "vos sos yo", no sé, esto es una locura.

Miró y alrededor nadie parecía advertir nada.

Quisiera saber por qué llegue a ser así, qué debo hacer para cambiarlo, por qué no podes hablarme, cómo puedo... - Notó que estaba gritando y calló confundido; mientras quería abrir los ojos que ya no respondían y su cabeza que pronto iba a estallar.

Dale que voy a cerrar – Dijo el mesero y el bar era una cueva llena de ecos nauseabundos.

Dale que voy a cerrar – volvió a escuchar o volvió a imaginar mientras intentaba pararse y hasta su sombra le costaba llevar. El sombrero marrón moribundo, el sobretodo gris que la lluvia había alcanzado y él que no lograba pensar con claridad en esa noche que los sueños eran estrellas de la tormenta y que (yo creo) la lluvia era el presagio del encuentro.

A veces la vida nos toma de sorpresa y nos descubre habiendo malgastado el tiempo; convirtiéndonos en un absurdo escondite, incapaces de reconocer que hemos perdido, incapaces aún de dejarnos sanar, de dejarnos librar de la enfermedad más voraz y verdaderamente mortal que existe en la humanidad, la enfermedad del alma.

La enfermedad de creernos que podemos, de sabernos dueños, de volvernos nuestros dioses, intentando y tan solo intentando ignorar que solo somos estas pobres criaturas dependientes, indefensas, incapaces.

El pasaje estaba más oscuro y silencioso que nunca y él no se preocupó por entender lo que había pasado. Había una certeza, no había sido un sueño. No podía conformarse con un sueño.

Nunca estuvo tan seguro de algo como de que a partir de esa noche "sobrenatural" no iba a ser el mismo. Algo se había quebrado y era la razón, la sed de siempre tener la explicación.

Iván volvió a su casa y casi lo olvidó todo; todo menos que esa noche se había podido encontrar.
Era una noche húmeda de 1979 y la ciudad descansaba mientras el agua, como un río, corría entre el empedrado.

© Diego Bisio