Mondo Kronhela Literatura - República Argentina


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Trance en el infierno

        La muerte es algo que, indirectamente, nos toca a todos, ya sea por la defunción de un familiar, de un amigo o de todos aquellos que fallecen por día y que salen en los obituarios de los diarios siendo famosos al menos durante una jornada.

        La fecha que concurrí al velatorio de una gran amiga de mi mamá la viví como una sensación un poco extraña: los trajes negros de la mayoría que concurrían me traían malos recuerdos de mi infancia, aunque sólo tenía 10 años. A mi edad, es difícil que un padre nos hable de la muerte como algo natural, que pasa todos los días. Se trata de esconder en lo más profundo un sentimiento que produce un gran abismo y del que es complicado salir, casi imposible.

        Cuando comenzamos a entrar, empecé a divisar que la luz de a poco intentaba cerrar sus ojos a medida que avanzábamos por un oscuro pasillo lleno de placas grises que homenajeaban a aquellos que alguna vez habían sido “Ciudadanos ilustres” de la ciudad. El túnel parecía no tener fin y los silencios se hicieron presentes por mi primera vez durante la noche. Mi mano estaba agarrada al brazo de mi mamá y por un momento pensé que le estaba cortando la circulación por la fuerza que lograba ejercer sin darme cuenta.

        Los autos llegaban con sus fluorescentes faroles blancos y, en fila india, iniciaron su recorrido por el túnel donde nosotros estábamos entrando. Los cajones eran tres en total y las muertes habían sido, según comentarios que yo escuchaba, bastante trágicas. La primera mujer, de unos 40 años, tenía cáncer de útero y se lo habían descubierto unos cuantos meses atrás. La segunda, una psicóloga de alrededor de 50 años, había sido estrangulada en su departamento por un supuesto paciente que intentaba robarle dinero: al no encontrar nada valioso, descargó su ira sobre la señora, maniatando y torturándola durante horas. La tercera era una viejita que se había quedado dormida en su cama mientras estaba leyendo un libro durante la noche anterior.

-Que buena forma de morir-, pensaba para dentro mío. La mejor forma de pasar a la otra vida (si es que existe) sería no sentirlo. Apenas disfrutar de los últimos minutos que nos quedan y ahí si, para el otro lado.      

        Cuando los enormes autos ya estaba estacionados, todos se fueron hacia delante para buscar las caras de sus familiares y mi mamá se soltó bruscamente de mi mano y me dejó solo. Al principio apenas lo noté. Mi fascinación por estar en un lugar de las características de este universo paralelo a la vida misma se tornaba muy expectante, curioso, y me mantenía absorto a todo lo que mis ojos podían ser testigos.

En el momento que percibí su ausencia, las inseguridades se apoderaron de mi. Solo en un velatorio. Era de una película de miedo.   

        Me sentía en el infierno de Dante. Aún por mi escasa edad, como mi abuelo tenía una librería, hacía ya unos veinte años que disfrutaba de la grata fortuna de leer todos los libros que quisiera y me interesaba específicamente en aquellos temas relacionados con la muerte y el paraíso. Y como el tema de la muerte era un tabú para los chicos de nuestra edad, resolví arreglármelas por mi mismo y la ayuda de mi abuelo, claro, que me socorría con algunas palabras y con las traducciones.

        La Divina Comedia, escrita por Dante, se divide en tres grandes secciones: el Infierno, el Purgatorio y el Paraíso. Yo me encontraba en la primera de ellas y mi estadía parecía ser eterna. Y a diferencia del protagonista, yo estaba solo. Ni Virgilio ni nadie me acompañaba: sólo el aislamiento.

        Como todos se habían ido por una pequeña puerta decidí comenzar a caminar a través de un camino que reflejaba una imperceptible luz que me guiaba en mi camino hacia lo que yo pensaba era el Paraíso. Lo llamativo de este lugar era que estaba lleno de pasadizos que se comunicaban con un lugar que yo desconocía. ¿El infierno estaba cerca?.

        Empecé a divisar ciertos posos que me recordaban las nueve fosas que comprenden el infierno dantesco, junto con la oscura selva. Un gran cuadro majestuoso hacía referencia al poderosísimo Minotauro, que posaba sus ojos en todo el lugar, como si éste le perteneciera.

        Me parecía haber estado recorriendo ese lugar durante horas, dando vueltas sin encontrar la verdadera salida que me devolviera a los brazos de mi mamá, aunque solamente habían transcurrido algunos minutos. El tiempo se hacía eterno. Pensé que jamás podría salir de ese lugar y el ambiente realmente era escalofriante: el frío estaba presente por todo mi cuerpo y sentía que mis manos cambiaban de color a medida que la baja temperatura se adentraba en mi.

 Tuve la extraña y poco confortante sensación de acercarme al último de los círculos, aquel donde se encuentra Lucifer. Según mi propia teoría, cualquiera que haya sido condenado en vida por los pecados que cometió a lo largo de sus días sería juzgado y sometido por el diablo a raíz de todas las cosas malas que lo llevaron a este lugar. Y no existe forma de volver el tiempo atrás, así que aquellos que hayan matado o realizado situaciones que estén en contra de lo que dicte Dios, el amor y señor del cielo, recibirán un merecido castigo.

En diversos momentos sentía que la escolta de los demonios seguía mis pasos muy sigilosamente, casi sintiendo mi respiración y observando cada uno de mis movimientos. El miedo estaba en frente mío en cualquier instante y me costaba creer que pudiera salir de ese lugar.

Unas gigantes escaleras aparecieron de la nada como si fueran el próximo objetivo de mi camino, ¿un último obstáculo quizás?. Miré hacia arriba y parecían eternas: escalones y más escalones que se multiplicaban por millones y su estatura ya producía un efecto de cansancio anticipado.

El final se acercaba, lo sentía.

Después de subir miles de escalones, una luz celestial iluminó todo el ambiente, mostrándome una pequeña puerta. El décimo cielo estaba muy cerca y el Paraíso real (sede del Empíreo) se mostraba rodeado por  la Luna, Mercurio, Venus, el Sol, Marte, Saturno, las estrellas y el Primer móvil. La emoción me sobresaltó: el último círculo se encontraba frente a mis narices.

Mi cuerpo había sobrepasado el Infierno, el Purgatorio y el Paraíso ya era una realidad.

Abrí la última puerta y allí se encontraba toda la gente. El último suspiro que realicé me alivió y el alma me volvió al cuerpo.

Salí del velatorio esperando no volver jamás.

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Una personita muy especial

La conocí apenas hace algunos meses atrás, cuando mi fanatismo por alternar gente diferente en el chat estaba en su máximo esplendor, y aunque no soy mucho de dejar entrar gente en mi vida (la puerta es muyyy estrecha y se precisa de mucha fuerza para abrirla) ella se deslizó de una manera muy suave y logró introducirse en un lugarcito muy determinado de mi.

Pero para ser sincero, al principio me resultaba bastante chocante el charlar con una persona que vive tan lejos de mi casa. No se cuál es el motivo, pero me siento más cómodo con gente de acá, de La Plata, aunque reconozco que la gente del interior es más....más sensible diría yo, quizá con mayor comunicación que nosotros.

La cuestión es que comenzamos a hablar todos los días, y las conversaciones se tornaban cada vez más interesantes. Ella en un ciber, yo en el otro, a unos cuatrocientos kilómetros de distancia, aunque a veces me daba la sensación de tenerla al lado mío, y poder disfrutarla al menos durante una tarde. Es lo único que pedía, una sola tarde con ella para mirarla a los ojos y saber que pensaba acerca de todo aquello que alguna vez le dije pero que personalmente es, no más complicado, sino que se torna dificultoso a la hora de expresarlo con palabras y los términos apropiados.

Su dulzura, en muchos momentos, me mostró todo aquello que sentía y que tenía ganas de hacer junto conmigo, aún teniendo a su novio por ahí merodeando. Pero mejor no toquemos ese tema... (Siento que ella se disgusta indirectamente conmigo cuando lo hago). Una y mil veces me pregunté si alguna vez le había contado algo a su novio de mi. O como sería estar en su cabeza en esos momentos en que, mientras estando con él, mi imagen le viene a la cabeza como un flash y se interna, al menos por unos cuantos minutos, en su mente imaginando una situación diferente a la de ayer, siempre con ella y yo como protagonistas absolutos.

Creo que lo difícil no es querer a alguien, sino mantener y reforzar ese sentimiento a medida que los días se gastan como si fueran una goma de borrar. La idea se basa en sentir que a partir de diferentes situaciones, algo nuevo o quizás un descubrimiento con el transcurso del tiempo nos lleve a esperar ese “instante especial” que nos deposite con esa personita que tanto anhelamos. Pero siempre nos topamos con el mismo inconveniente principal: la distancia, que es sólo una palabra nada más, pero significa un largo trayecto hasta llegar a lo que más deseamos o aquello que nos produce una intriga que quizás nunca logremos descubrir. Ahí es cuando entran en juego los verdaderos sentimientos, esos que aparecen sólo en momentos clave y que demuestran el verdadero valor hacia aquellas personas que consideramos preferentes.

Mis besos se multiplican con el correr de los días, y se almacenan en una especie de “Centro de la dulzura” que algún día supongo que ambos podremos abrir juntos. Porque se que ella tiene una llave guardada y yo tengo la otra muy escondida para que nadie sepa donde está, pero que sólo pueden ser utilizadas en el momento en que estemos los dos observándonos, degustándonos con nuestras miradas.         

La incógnita de lo que ella está viviendo a través del otro lado de la pantalla suele adentrarme en su mundo, para lograr interpretar lo que ella siente en esos momentos. Y supongo que puede tener el mismo pensamiento con respecto a mi. Me imagino si su sonrisa está activa en todo instante, si lo pasa bien o si a veces la pongo en diferentes compromisos que noto su incomodidad (aunque no me lo diga) y ella me responde sin ningún problema. Pero el día que derramó esa lágrima cuando dije algo que quizá no tenía que decir fue muy oscuro, casi negro. Dice que a veces soy cruel, y una de tantas (¿hubo tantas?) veces fue esa, y la verdad me sentí muy mal. Quizá un poco por la personalidad fuerte que tengo, o porque me gusta decir las cosas tal cual las pienso, frontalmente: de ahí surge esa “crueldad” que ella siente que tengo. Pero no es maldad, sino que lo hago porque no me gusta tergiversar las cosas de tal manera que la otra persona interprete mal lo que digo.

Y muchas veces sucede eso: de donde surgen los pequeños problemas, luego se transforman en inmensas masas de rompecabezas muy complejas . Pero nunca quise ni quiero hacerla sufrir, sino disfrutar de sus palabras, que tanto provocan en mi. Es algo mágico lo que pueden producir unas cuantas letras un tanto agrupadas en otra persona, o al menos eso me pasa a mi.

Sin embargo, en algunas ocasiones ella decide guardarse esas palabras especiales, por timidez quizá, o inseguridad. Ese si que es un tema para desarrollar durante un buen y estrecho rato. Las inseguridades: ¿por qué a veces la gente piensa más las cosas en vez de decidirse a hacerlas?. Repensar algo, dudar o provocar dentro de uno ciertos miedos hacen que las incertidumbres nos ganen de mano y de esa forma pasen a controlar un grado muy importante de nuestras emociones. No digo que sea una virtud ser impulsivo, pero a veces, sólo a veces, puede ser positivo hacer uso de ella. ¿Por qué uno no puede tomarse un colectivo imaginario y escaparse, al menos por un rato, de toda la realidad que lo rodea para disfrutar de unos escasos momentos con alguien a quien considera especial?.

Todo se termina, al menos por unas horas, mientras los dos nos desconectamos. Allí pareciera que cada uno continúa su vida normal alejándose de la red que nos tiene atrapados y que mantiene en vilo a millones de personas que se encuentran a muchos kilómetros de distancia esperando leer lo que está por decir el otro, casi como expectantes de su propia película.

 Aunque su imagen me viene seguido a la mente, en diferentes ocasiones me pongo a pensar que estará haciendo allá por su pueblo. Así que quizá no es necesario estar tan pendiente de lo que podamos decirnos a través de la computadora, sino que los pensamientos pueden ser comunicados, si es que algún día logramos intercambiar nuestras tendencias psicológicas.

Los besos, los mimos, las caricias y todas las muestras de afecto siguen guardadas hasta que podamos transitar la misma realidad, en un mismo espacio y así compartir todo lo que pensamos del otro, sin computadoras ni teclados de por medio. Sólo nosotros.

© Ignacio Barandiain