Esperaban sentados como si estuvieran aguardando ese algo que está por pasar. Son invisibles a todo aquello que les pasa por al lado: personas, animales. Todo.
Pero yo los veo, y un “no se que” en ellos me aterra. Mejor dicho: me intriga. Realizaban sus habituales rutinas sin perder sus principales manías. Como José, quien coloca su canastita de paja color ocre debajo de la mesa y comienza a leer el diario sin sobresaltarse por el bombardeo a Irán. Hace un comentario al aire y pienso que está dirigido a mi. Me gusta observarlo. Su pantalón gris, camisa blanca a tono, debajo una camiseta, gomina en el pelo. Cuanto me hacía recordar a mi abuelo en sus mejores tardes en los salones de bochas del club “El Volcán”. Tantos recuerdos, tantos momentos, una sola enfermedad...
Siempre tuve la noción de que tanto José como Rita no existían, aunque me costaba hacerme de esa idea. Al pasar todas las mañanas por el parque, mi único anhelo residía en un simple saludo hacia ellos. Sólo eso.
A veces sentía que me miraban, que de alguna forma trataban de contactarme. Éramos vecinos, por llamarlo de una manera. “Vecinos de paso”.
Rita era diferente. Su larga cabellera rubia me rememoraba esas tardes de verano en compañía de mi abuela y las películas de la fantástica Niní Marshall. Tardes que, por cierto, me recuerdan una época de mi vida en la que todas las cosas transcurrían muy lentamente. Todo pasaba delante de mis ojos y lo disfrutaba. Sin presiones de por medio, ni responsabilidades. Nada. Eso significaba para mi la niñez. Vivir el día a día. Y Rita lo manifestaba al máximo. Se la pasaba en el tobogán con una sonrisa de oreja a oreja como una niña más. Era algo mágico verla disfrutar de esa manera.
Recuerdo que la primera vez que comencé a escribir sobre ellos, la mañana me pareció insignificante. Había estado cuatro horas escribiendo sin parar y cuando levanté por primera vez la vista el sol estaba jugando a las escondidas y parecía querer ocultarse de mi.
El tiempo no pasaba para ellos. Sus rutinas no se modificaban por nada. La noción de las horas, los minutos y segundos en sus vidas era algo que transcurría nítidamente, de una manera muy retraída y casi son sobresaltarse en absoluto.
Conmigo el tiempo era diferente. Sin darme cuenta ya tenía cincuenta años y la vida me estaba dando la espalda. Necesitaba una revancha conmigo mismo, pero parecía que arriba pensaban diferente.
Ya hacía diez años que había comenzado a escribir sobre mis amigos, aquellos “vecinos de paso”, como los había denominado en un relato años atrás.
Lo que más me aterraba no era el paso de los años. Ni siquiera el demacramiento de mi cara. Esas eran simples cuestiones que el tiempo se ocupa de cobrar a medida que vamos creciendo.
Lo más trágico era que estaba solo en el mundo. Nunca había tenido hijos. Menos esposa. Las pocas mujeres que consideraba importantes en mi vida habían sido Julia, mi primera novia y María, aquella imponente y hermosa señora que me había dejado justo cuando comencé con los relatos.
-“Tus escritos o yo”- había amenazado.
¿Cómo una persona puede privar a alguien de escribir lo que en realidad siente?. María tenía esa facilidad, y así fue como me dejó. Jamás volví a buscarla. Nunca supe de ella, ni quise saberlo. Aunque su alma me acompañaba en cada uno de mis relatos.
“Sueño con vos” o “Estás pero no estás” fueron algunos de los títulos que le dediqué y que al menos un día sueño que lea, sólo para que conozca mis sentimientos y descubra cuales eran mis intenciones para con ella.
No era sólo una “dama de compañía” como decía ella. era mucho más.
La soledad era mi única sociedad reconocida en mi mundo. Se encargaba de acompañarme durante las comidas, en mis sueños, en mis vacaciones. Siempre estaba presente. Había alcanzado un punto de paranoia en que charlaba con ella. hablaba solo, pero sabía que “alguien” me escuchaba.
Una tarde sentado en la plaza, en el mismo banco que utilizaba todos los días y que tantas satisfacciones literarias me había otorgado en estos años, un paro cardíaco me sorprendió. Sin presentaciones previas ni saludos me quitó el aliento y me dejó sin vida al instante. Apenas lo noté.
¿Cuándo fue que me di cuenta?. Al otro día abrí los ojos y me vi situado en la plaza, junto con José y Rita charlando sobre los misterios de la vida y aquellas cosas que nos toman por sorpresa justo cuando menos lo esperamos.
Cuando estaba a punto de poner la llave en la cerradura la puerta estaba apenas abierta. El típico pánico que rodea a alguien que llega a su casa y vive esta situación todavía no me había inundado, al menos en esos momentos que en mi cabeza rondaba la nota que me habían entregado en Audio 1: mi primer diez de la carrera. Lo contento que se pondrían mis padres cuando se enteraran.
Opté por quedarme unos segundos en la entrada. La luz estaba prendida.
El piso estaba muy sucio: mi hermano era el encargado de ocuparse de limpiar el exterior de la casa; esto es la vereda y sus alrededores. Yo, en cambio, tenía en mis manos la difícil tarea de encerar las piezas, higienizar el baño y cuidar el estado de todas las artesanías del living. ¿Por qué ponemos tantas porquerías en un lugar que casi ni se utiliza y queremos que luzca resplandeciente?. Por supuesto que él no lo cumplía en lo absoluto, sino todo lo contrario. Y yo ocupaba el papel de la madre hincha pelotas, que histeriquea cuando se trata de mantener limpio un ambiente de nuestro hogar, nuestra casa, nuestro espacio. Con estas palabras ya me estaba pareciendo cada vez más a mi mamá y eso me retorcía el estómago...
Tuve muchas teorías sobre la puerta. Primero pensé lo que automáticamente se piensa al estar en dicho instante: ladrones, malhechores, cuatreros, manilargos . Eran muy frecuentes por nuestra zona. La semana anterior la señora Smith había sido asaltada por dos tipos que le quisieron robar. En el intento, la anciana se resistió. La quemaron viva con gasolina mientras veían televisión y se cocinaban parte de la comida que ella guardaba en la heladera. Jamás los encontraron.
Era un vecindario en el que salir a las 20 era cometer un suicidio. La poca seguridad que teníamos estaba brindada por el círculo de vecinos que nos reuníamos dos veces por semana para delinear planes de ayuda entre nosotros. Apenas contábamos con la policía. Algunos decían que los canas estaban metidos en varios de los asaltos, e iban a medias con los forajidos. Una sociedad ilícita que se multiplicaba en la sociedad elitista en la que transitamos.
“Hay que matarlos a todos” decía el Sto. Rivero, un militar retirado, pero que en su mente estaba activa y muy conciente la idea de acribillar a todos aquellos que restrinjan la ley y que no muestren ningún tipo de respeto por ella. A veces las reuniones se tornaban muy tensas, tirantes entre las diferentes opiniones de los vecinos y hasta me daba miedo que a alguno se le escapara algún tirito. Claro, todos iban armados. Parecían la guerrilla colombiana, con sus enormes escopetas y sus armas de todos los calibres que existen. Realmente daba miedo.
Luego de meditar la idea de los ladrones, continué con la otra teoría que me rondaba: mi hermano se había olvidado la puerta abierta. Me aferré a esta opción con el férreo argumento de que mi hermano llevaba su cabeza sólo porque no había forma de dejarla en la mesa de luz. Cualquier cosa que le decía, desde lo más mínimo hasta pagar cuotas que vencían, todo lo dejaba pasar. En varios momentos pensé que lo hacía a propósito, con mala intención.
Cuando alquilamos la casa me juró una y miles de veces que iba a cumplir al pie de la letra con los “mandamientos hogareños”, una especie de leyes que yo puse sobre la heladera y que pactamos desempeñar mientras vivamos juntos en ese lugar. No era nada fácil la convivencia con él, sobre todo después de la ruptura con Margarita, su novia desde la primaria. Se veían todos los días, a la misma hora, en mi casa. Cuando ella decidió que la relación iba a culminar, mi hermano estuvo sin salir de la casa durante dos meses, sin ver a sus amigos. Nada.
Nuestra relación nunca fue la mejor, pero logramos afianzar nuestros lazos al irnos a vivir a un lugar que nosotros íbamos a mantener con nuestro dinero, sin padres en el medio ni nadie que nos dijera que podemos hacer y que no. Era el sueño adolescente, y con nuestros juveniles 19 años lo estábamos cumpliendo.
Dejé de pensar en mi hermano por un instante y volví a la realidad. Alguien estaba dentro de mi casa, con mi televisor, mi video, mis dvd, todas esas cosas que tanto me costó conseguir estaban siendo disfrutadas o en todo caso tratando de ser hurtadas por tipos que robaban como su principal oficio.
Las luces se apagaron de un santiamén, como si alguien se diera cuenta que yo estaba abajo. Me decidí a subir.
A medida que avanzaba, los escalones se mostraban indefensos en frente de mis intensos y penetrantes pasos. El silencio se hacía oír, omnipresente en todo el lugar. Mi respiración disminuía a medida que avanzaba, con tal de lograr el menor ruido posible. Apenas podía imaginarme lo que estaba sucediendo arriba.
Al llegar a la mitad del camino comencé a replantearme la idea original de enfrentarme con esos tipos. Empecé a titubear y las incertidumbres me rodeaban por completo. Esto me impedía seguir subiendo.
Muy suavemente diferentes voces se escuchaban queriendo lograr comunicarse unas con otras, pero sin realizar demasiado esfuerzo por percibirse.
Logré llegar al último escalón con unos nervios que me hacían doler la panza. Me sentía un héroe, aunque todavía no había logrado nada. Mi vida dependía de ello. ¿Y si nunca podría conocer a mis futuros hijos?. ¿Lograría recibirme de periodista?.
Al realizar el último avance tropecé y caí de boca sobre el piso. Estuve inconsciente durante media hora sin saber dónde estaba. La cabeza me daba vueltas y había perdido la estabilidad. Sentía estar en el País de las Maravillas, pero el conejo blanco me había abandonado varios metros atrás. Estaba solo. Permanecí tirado hasta que alguien me levantó.
Las luces seguían sin prenderse. Mis ojos hicieron un esfuerzo y pude abrirlos. Lo primero que vi fue un enorme cartel que transitaba casi todo el living con guirnaldas a los costados y brillos de diversos colores que se complementaban. Pensé ¿estos randas me estaban haciendo una broma?.
-FELICIDADES PSICÓLOGO- decía el cartel. Mi hermano se había recibido. La fiesta recién empezaba...
![]()
Miradas
que vienen, palabras que se van.
Pienso en ella y a veces me desconcierta. También se que ella piensa en mi y nuestros pensamientos se entrecruzan hasta llegar al momento en que nos vemos en los sueños y todo se hace diferente a lo real. Para eso se sueña, ¿no?. En realidad, que yo sepa, no se puede planear un sueño, pero si podemos pensar en algo que nos guste, que nos sea placentero y que a la vez disfrutemos para lograr, al menos en otra atmósfera, un universo paralelo fantasioso.
A veces las miradas dicen más que las palabras, aunque hay que saber interpretarlas: ella me mira y pienso en los momentos en que podríamos estar juntos, pero a su vez interpreto que sus ojos no quieren lo mismo que los míos. Es por eso que en varias ocasiones (más de las que debería) me callo todo eso que siento, me lo guardo en lo más íntimo de mi cuerpo, allá por eso que llaman inconsciente, y los dos terminamos ignorándonos por completo. Y así seguimos una y otra vez, ya sea en la Facultad, en la calle o a la noche, cuando nos encontramos para jugar al pool e intercambiar nuevamente nuestras miradas.
Ella goza observando mis ojos verdes, mientras que miro sus labios y siento una voz que me sigue al oído y me dice: Besame. Pero no es tan fácil. Todo tiene su tiempo, y se que el suyo es más espacioso que el mío. Algo parecido ocurre con los mimos y las caricias que le quiero hacer, pero siento que no sólo no se los deja realizar, sino que la distancia que nos separa es cada vez más lejana, y eso hace que desconfíe más de lo debido sobre su aceptación y su importancia hacia mi, aún cuando dice que no soy “un cero a la izquierda” para ella. Y ella tampoco lo es para mi, y lo sabe, porque me gusta decírselo y repetírselo una y otra vez.
Su parecido a las actrices francesas de los ´60 y ´70 es más sorprendente de lo común, aunque ella lo niegue, siempre lo niega. Suele sumergirme en un mundo en el que ella es la única que existe, la protagonista de una historia que no tiene un final definido, pero en el que todo puede pasar.
Pero los encuentros en persona son más y más complicados, ya que las cosas que cada uno piensa del otro son dichas exclusivamente por mail (maldigo a aquellos que inventaron esta forma tan masiva y adictiva de comunicarse con alguien) y por eso nos bloqueamos, o ninguno de los dos comienza la charla, o nos cuesta expresarnos. Aunque para ser sincero, ella es más tímida que yo y a veces le cuesta decirme algo, eso que tiene adentro e insinuármelo para que lo entienda.
Hay cosas en las que no congeniamos para nada, pero creo que esa es una de las posibles atracciones por las cuales me hipnotiza: una de ellas puede ser que piensa que las cosas son negras o blancas, no existen los grises, los puntos medios para ella. Y yo disiento, creo que las cosas pueden tener un término central y no ser definitivamente de una manera u otra.
No llegamos a conocernos demasiado y ella ya piensa en una amistad. ¿Cómo puede existir una amistad entre dos personas si una de las dos no conserva una determinada confianza en la otra para confesarle lo que siente?. O sea, para mi no somos amigos. La amistad no es algo que se consigue en sólo siete meses (ni se compra en cualquiera supermercado) que es el tiempo que la “conozco”, sin contar los momentos (y fueron muchos) que estuvimos sin hablar, por ese maldito “período de adaptación” que existe en la Facultad y que lleva a sumergirse en alguien intermitentemente y sin prestar demasiada atención, hasta que el cerebro hace un clic y todo se torna diferente a lo anterior.
Sinceramente no tengo la menor idea de cómo terminará todo, porque este tipo de “relaciones” no se pueden pronosticar. Pero si puedo imaginar una situación: los dos abrazados, en un parque, con mi boca haciendo pequeños mimos a su cuello mientras ambos seguimos pensando lo que vamos a decir en el próximo encuentro, cuando su cobardía y la mía se hagan presentes, hasta el día en que traspasemos esa barrera.
© Ignacio Barandiain