La noche anterior al trabajo empecé a pensar todo lo que nos podría llegar a pasar durante la mañana. Sentía mucho miedo, no sólo porque nunca había estado en un lugar así, sino porque me habían contado muchas cosas de los camposantos llenos de tumbas, también denominados cementerios.
Me levanté y el nudo que tenía en el estómago me impidió tomar un simple desayuno para cobrar fuerzas. Llegué y vi a todos mis compañeros esperándome ya que yo era el actor principal. Sin mi no podían comenzar.
El cuidador que estaba en la entrada era un tipo de unos 60 años, muy arrugado (causaba unas gran sensación de impacto ver una cara como la suya) y con una demacración que demostraba un estilo de vida poco alentador, al igual que su esperanza para subsistir, aunque parecía no importarle en lo más mínimo. Nos guió hacia el lugar donde íbamos a realizar las fotos y se fue casi sin avisar: nadie escuchó los pasos en el momento de la reciente despedida.
Estábamos solos, en el cementerio más grande y con más historia de La Plata. Su construcción estuvo ideada por un admirado arquitecto de la ciudad, a quien apodaban Marco Aurelio. El lugar era todo nuestro y nada ni nadie iba a impedir que concluyéramos nuestro trabajo. Aunque en lugares así todo podía pasar...
Luego de algunas horas de búsqueda del terreno perfecto para comenzar las fotos, mi ausencia se hizo notar hasta el punto en que los gritos de mis compañeros se hicieron oír en todo el territorio. Empecé a caminar sin destino alguno y me llamó la atención las enormes lápidas que formaban grandes círculos en honor a tradicionales familias de nuestra ciudad. Siempre me pregunté porque se realizaba este rito tan antiguo de enterrar gente debajo de la tierra para ir a visitarla de vez en cuando y contarle cosas. Los egipcios se basaban en que la vida después de la muerte era como una especie de resurrección, y todo sería más placentero después de ella. Jamás había estado en un cementerio, y no tenía ganas de estar más tiempo en él.
Pero lo que más me atrapó fueron unos escritos sobre un féretro que estaba descubierto como si estuviera a punto de ser enterrada una persona, ya que el pozo correspondiente estaba a un costado. Las letras decían: “Ar fiscum non carclamen”. Por supuesto que no entendí lo que decía, pero me hizo acordar a un juego de chico, cuando tenía alrededor de 15 años, que practicaba con amigos del colegio y estaba relacionado con la invocación de espíritus que uno explora cuando es joven y no le teme a nada. Cuando le comenté a los chicos sobre lo que había visto, comenzaron a jugar bromas entre ellos. Jamás les presté atención, y su sarcasmo duró un buen rato.
Al rato volví al trote porque supuse que todos estarían un poco inquietos debido a mi repentina huida. Y efectivamente lo estaban. Cuando comenzamos las fotos uno de mis compañeros no tuvo mejor idea que utilizar un gran agujero para realizar desde allí las fotos. La representación se basaba en hacerme pasar por un espíritu que sale de la tumba y resucita sólo por unos momentos. Allí fue cuando tuve la sensación que algo nos iba a pasar. Y las ganas de meterme en ese boquete me carcomían las entrañas.
Me agaché y comencé a esperar los primeros estallidos de la cámara, mientras los otros chicos estaban atentos al cuidador, ya que nos había dicho explícitamente que “no tocáramos nada que estuviera abierto o inconcluso”. La noche anterior había diluviado torrencialmente y el barro formado en los pisos del cementerio se transformaba en un fango muy molesto y asqueroso. Comencé a hundirme lentamente mientras estaba en cuclillas y el barro me alcanzó hasta las rodillas, impidiéndome salir con facilidad. Como la altura del pozo era muy elevada, mi esfuerzo no servía de nada. La desesperación empezó a perseguirme, y mis amigos, desesperadamente, salieron corriendo buscando ayuda. Pero no había nadie alrededor.
El olor se hacía insoportable, fastidioso, y por más que trataba de no aspirarlo, la falta de oxígeno me obligaba a hacerlo. Apenas podía respirar y el céfiro se escapaba de mi lado, como ahuyentándose.
Trataba de agarrarme de las paredes, pero el lodo se deshacía al instante. En ese momento, una soga cayó al pozo. La agarré y de arriba comenzaron a realizar fuerza para levantarme. Mis amigos habían llegado al rescate, y supuse que ni bien subiera, huiríamos del lugar con las pocas fotos que habíamos producido. Pero no eran mis amigos los que se encontraban en la parte superior. Cuando comencé a ver la poca luz que me permitía el hoyo por su profundidad, la cara del cuidador me asustó, al punto de que casi me caigo de nuevo. Algo estaba pasando y no me gustaba para nada.
Una vez en la superficie, lo primero que le pregunté fue sobre mis compañeros. Su silencio inspiraba un suspenso que se traía algo raro. -“Les dije que no entren acá”-, repetía una y otra vez mientras yo lo miraba y ojeaba a mi alrededor para buscar una salida alternativa.
De lejos comencé a divisar una persona y su ropa me parecía conocida. Pero de un momento a otro desapareció en la neblina que rondaba las tumbas. Los escalofríos me entraron por todo cuerpo, justo cuando el guardián puso su mano en mi hombro y me dio vuelta de un saque. –“Váyanse de acá, se los advierto” eran sus palabras. Yo pensé que estaba intentando aterrarme, y lo estaba logrando de una manera muy controladora, casi paciente.
Violentamente le saqué el brazo de encima mío y empecé a correr a través de la neblina que había copado ampliamente toda la superficie.
Un simple trabajo para la facultad se había convertido en un viaje sin retorno a la realidad.
Sin mirar hacia donde me dirigía, tropecé con una lápida que me produjo un corte en la rodilla y se rompió en mil pedazos.
-Nooooooooo!!!- gritó el custodio, que seguía mis pasos lentamente, debido a su vejez y estado físico poco alentador. Supuse que la ruptura de dicha lápida significaría algo especial para él debido a su lamento, pero luego me enteré de la verdad.
Al llegar a la parada de micro donde supuestamente nos íbamos a encontrar, mis amigos estaban esperándome. El alivio que sentí cuando los vi a todos fue inexplicable. Brevemente les conté de mi altercado y ellos afirmaron que no había ningún cuidador, que la puerta estaba abierta cuando llegamos y nadie nos siguió mientras realizábamos las fotos. Ahora verdaderamente sentía pánico.
¿Había sido una simple alucinación de mi parte o en realidad todo lo que tenía fresco en mi mente se trataba de un juego de invocación de espíritus, como aquellos que practicaba cuando era chico?.
Recuerdo que cuando la llevé por primera vez, el lugar me parecía muy cómodo y conveniente para los agrados de mi madre, aunque ella no estaba para nada de acuerdo en que la internara de por vida en un lugar así. Claro que yo no lo había explicado de esa manera, sino que mi versión se tornaba más fantástica. Había transformado un poco la idea original de llevarla a un loquero en “una esfera donde pudiera pensar y en dónde no tuviera que preocuparse por nada más que su salud”. Nunca tuve buena relación con mi madre, y esta no era la excepción.
-Es por un tiempo nada más.
-Yo se lo que vos queres hacer. Me vas a dejar acá de por vida y no vas a venir nunca más.
La desconfianza y poca credibilidad que mi madre tenía sobre mi databa de un largo tiempo atrás, cuando yo me había ido a vivir solo y ella quedó a cargo de la enorme
mansión que habitaba en la zona de Palermo Viejo. El gigantesco e imponente caserón había sido construido por mi padre con el ideal de convertirlo en casa de fin de semana y poder reunir a la familia al menos una o dos veces al mes. Nunca lo logró.
Quince habitaciones comprendían el total de toda la casa. Era de película. Casi siempre estaba lleno de gente, ya que tenía permitido invitar personas en todo momento: amigos, novias, primos, de todo. Pero para nosotros tres era muy avasalladora, demasiado dominante e imperiosa como para ser habitada por tres locos que apenas estaban a la noche. Yo me la pasaba trabajando en el estudio casi todo el día; mi mamá estaba con amigas, en la peluquería o paseaba, ella disfruta paseando (dice que así limpia sus malos pensamientos); y mi viejo casi vivía en el consultorio y visitaba a muchos pacientes a domicilio. Era un tipo muy querido en el ambiente, muy respetable y a la vez buena persona.
Las relaciones con los demás parientes estaban bastante ásperas. La indiferencia rondaba en todas las conciernas que tenían que ver con lo familiar: mi mamá no podía llevarse con el hermano de su esposo; a la vez yo no soportaba a mi tía, que era una vieja charlatana, y el hermano de mi madre la había estafado en una suma millonaria de la cual nunca se hizo cargo. Esas cosas si que se sabían: las estafas, los chantajes, los timos por parte de gente que conocíamos eran actos que se sucedían muy continuamente, casi rutinario.
Las cosas no andaban nada bien, era lógico. Cuantos más integrantes componen una familia, más problemas salen a la luz. La ecuación se tornaba muy razonable.
Cuando mi papá pasó a mejor vida, todo terminó de derrumbarse. Nadie se hizo cargo ni de la casa, ni de mi mamá, nada. Nadie excepto yo. Pero cuando apareció el tema de la herencia....Ahí si que comenzaron a hacerse presentes todos aquellos que en vida jamás habían estado al lado de mi viejo, ni siquiera en las buenas. Eran buitres, cuervos, aves de rapiña que buscaban un buen pasar económico y esta era una oportunidad que no podían dejar pasar.
“Prestigioso psicólogo asesinado en su casa”. “¿Ajuste de cuentas”?. “Su esposa salió ilesa”.
Los diarios sensacionalistas realizaban verdaderos informes desagradables y muy controversiales cuando alguien conocido en la ciudad tenía algún problema.
Mi papá fue asesinado en casa una noche cuando llegaba de jugar al tenis con amigos. Guardó el auto, entró por la puerta trasera y lo llevaron a la fuerza a la cocina y lo destriparon, colgando su cuerpo de la chimenea como si fuera Jesús crucificado en la cruz. No tocaron nada: el dinero estaba en la caja fuerte, joyas, objetos de valor, todo permanecía en su lugar. Y mi mamá dormía en su habitación.
Los indicios de que era alguien que lo conocía muy bien, un integrante de su familia, un amigo o conocido daban que hablar en la policía.
Jamás pensé que mi viejo estuviera metido en algún negocio un poco turbio. En base a un importante convenio que tenía con el colegio de psicólogos, su seguro de vida alcanzaba sumas bastante imperiosas para cualquiera que quisiera obtenerlas. Las amantes nunca habían formado parte de su vida, pero era otro de los supuestos rumores que se comentaban.
Mi mamá se volvió loca al poco tiempo de su muerte. Su relación era excelente: yo nunca había sido testigo de sus peleas, aunque pasaba poco tiempo en casa. Decía que ella no había podido hacer nada, que era la causante de su defunción. Nunca pude entenderla. Por eso fue que decidí internarla en un lugar donde pudieran cuidarla mejor que yo, o al menos así lo pensaba.
Melchor Romero. Un hospital psiquiátrico muy reconocido en todo el ambiente como un lugar en dónde el personal se ocupa de sus pacientes muy personalmente y dedicando un trato muy cuidadoso con cada uno de ellos.
Las referencias que tenía eran excelentes, pero al poco tiempo mi madre comenzó a quejarse de malos tratos por parte de las enfermeras. Los primeros días opté por silenciar sus comentarios, pero luego se tornaron cada vez más concretos, acusando a las mujeres de aprovechadoras, con historias (¿inventadas?) muy escalofriantes: desde abusos hasta ritos que las involucraban a todas las internas del lugar.
Apenas visitaba la casa de vez en cuando, sólo para ir a buscar ropa para ella o llevarme cosas que todavía estaban justo donde yo las había dejado. La sensación que me provocaba ver la cocina con gotas de sangre que no habían limpiado era desagradable.
Había puesto la casa en venta. Lo antes posible quería sacarme de encima la responsabilidad de tener que volver ahí. Jamás se lo conté a mamá, ya que supuse que se objetaría sin lugar a dudas.
Los miedos no se iban de mi lado cada vez que la iba a visitar. Sus cuentos no paraban y creía que la tenían ahí para ocultar una parte del asesinato de su esposo: una “confabulación en su contra”, así lo llamaba. Supuse que le habían bajado la medicación, pero las drogas eran más y más fuertes a medida que pasaban los días y no notaban mejoría alguna.
Una tarde nos acostamos sobre el césped del hospital. Noté que su voz era algo extraña. Le pedí que hablara más fuerte, ya que apenas se entendía lo que decía. Estaba hablando por lo bajo como si la estuvieran escuchando o espiando.
-Pusieron micrófonos acá.
-No mamá.
-Si vos estuvieras un día acá adentro conmigo...Te enterarías de tantas cosas.
Las pistas sobre el asesinato de mi padre fueron apareciendo. No le quería contar a ella porque estaba en su mundo, sin nadie más de compañía a excepción del oso de peluche que le había comprado para su cumpleaños. Ni siquiera recordaba su cumpleaños.
Se me hacía muy difícil ir a verla.
Una tarde recibí un llamado del policía que estaba a cargo de la investigación, un tal Rodríguez. Mi celular no paraba de sonar. Creí que sería algo importante.
-Nunca recibimos una llamada de usted señor.
-Disculpe agente. Estuve demasiado ocupado con la internación de mi madre, la venta de la casa. Muchas cosas. ¿Alguna novedad?.
-¿No sabe nada?.
-¿Sobre qué?. ¿Encontraron al asesino?.
El silencio se tornó eterno. Escuchaba su respiración mientras el policía pensaba su respuesta plácidamente.
-Fue su madre.
Sin escuchar todo lo que el agente tenía para decirme me subí al auto y me dirigí al hospital.
La imagen de mi madre se me aparecía en el asiento del acompañante, enfrente de la calle o en cualquier negocio. Era un holograma que estaba en ninguna y en todas partes.
En el hospital me dijeron que la sobredosis de Clonazepam había hecho todo el trabajo. Sobre su cuello colgaba un pequeño cartel que todas las internas tenían para diferenciarse del resto. Su nombre no estaba escrito en él, sino unas palabras que leí antes de irme.
-Lo hice por amor.
Lentamente comienza a deslizar su mano por entre la ropa. Todo su cuerpo espera absorto los primeros movimientos de sus manos, la primera de sus penetraciones. Para esta ocasión, el body rojo que le llega hasta las rodillas es el más indicado, ya que permite una mayor flexibilidad a la hora de alcanzar sus puntos erógenos. No es lo mismo tener puesto un jean y una camisa que algo más simple, sin tanto revuelo para cuando llega el excitante momento.
Los escenarios ficticios varían según el estado de ánimo. Mar esta vez elige la oficina de Juan. Un lugar más bien chico, con un escritorio color marrón, estilo barroco, de esos que hacen rememorar los muebles antiguos del siglo XIX, y dos sillas a su alrededor. Una de ellas es muy cómoda pero eligen el pupitre para demostrarse su amor. Mar se coloca sobre el mueble y Juan comienza sacándole la remera despacio, sin apurarse. Los besos comienzan a producirse desde el ombligo, cuando la lengua juega con su pupo y luego sube hasta los pechos. El corpiño es invisible, y los pezones ya están extremadamente duros para ser mordidos con dulzura. Él juega con sus pechos, mientras ella lo acaricia sacándole la remera para tocarle todo el torso desnudo, mordiendo parte de su piel, casi con rudeza. A él le gusta.
La puerta hace un ruido. Ambos se alejan desesperadamente, casi como si no se conocieran. Se miran despectivamente, pareciendo completamente extraños, mientras el viento les juega una mala pasada. El contacto entre los dos es instantáneo. En un instante están nuevamente uno encima del otro. Algún día ella auguraba tenerlo no sólo encima suyo, sino adentro, bien adentro, como si fueran un mismo ser, una misma persona, uno. La excitación llega de la mano con las ganas que uno tiene del otro: las caricias previas al acto sexual se manifiestan por todo el cuerpo, principalmente en la cola.
El levanta la pollera y su bombacha se desliza por entre sus manos, mientras los gemidos se hacen presentes por primera vez. Ahhhh- dice ella. Ahhhhh, extendiendo el gemido a medida que la lengua de Juan se introduce entre la vagina, llegando suavemente al clítoris, dando miles de vueltas hasta sentir que ella disfruta lo que él esta realizando.
-Penétrame- susurra ella a su oído. Los dedos entran en acción, de arriba hacia abajo y a la inversa, introduciendo sus puntas por entre el clítoris. El éxtasis alcanza un punto jamás visto por ella.
Sus lenguas comienzan a entrecruzarse en un mar de besos, mientras los pezones nuevamente son tocados, esta vez con firmeza, casi agarrándolos con toda la mano y chupándolos con la boca para incrementar el deseo.
Sus orgasmos se multiplican por miles. –Penétrame- se escucha de nuevo, mientras Juan la coloca de espaldas a él y comienza a penetrarla por la cola, inundando de sudor todo el cuerpo de Mar. Las manos sobre los pechos circulan perfectamente mientras ella gime pidiendo más. La penetración es pausada. Su pene está demasiado erecto. Esperaba ese momento con ansias. Los latidos del corazón se aceleran y el meneo de los cuerpos se aligera de a ratos El movimiento se realiza en forma dúctil, mansamente, mientras el llena de besos todo el cuello de ella, sin dejar ningún lugar libre de caricias hacia las zonas erógenas de ella.
Súbitamente cambian de posición, mientras Mar se siente toda mojada. En un principio llevaba cuenta de sus orgasmos: iban cuatro. Ahora había perdido la cuenta. Se tiran sobre el piso y esta vez es ella quien toma el control de la situación. El la toma por la cola y la sube una y otra vez, mientras sus pechos se abalanzan a través de los labios de Juan. Unos pechos casi perfectos, casi redondos, como si fueran dos manzanas, el fruto prohibido de Adán y de Eva, pero que en este caso era el premio deseado por él.
El la coloca sobre el piso, levantando sus piernas mientras la incursión hacia la vagina se reitera, repitiendo los gemidos, que se escuchan más fuerte. Ohhhhh- grita ella, mientras la leche de él comienza a entrar por toda su vulva.-Quiero guardar tu semen para siempre dentro mío- dispara Mar, mientras Juan se abalanza sobre ella queriendo acabar debajo de su cola, acariciando sus pechos por última vez.
La penetración duró horas. El cuerpo de Mar estaba expectante a lo que él realizara. El placer estaba esparcido por todo su cuerpo, mientras la última excursión del pene de Juan rozaba su clítoris como gozándola, incitándola a seguir cogiendo.
Al finalizar la conversación, ella ingresa desesperadamente al baño para saciar su hambre de sexo. Ese hambre que su marido mantiene intacto, realizando conferencias de economía por todo el mundo, pero olvidándose de su mujer, quien pide a gritos ser cogida por un verdadero hombre.
Hay sólo un testigo: el espejo del baño. Él es cómplice y principal encubridor de las manoseos de Mar entre su clítoris, mientras piensa en la situación que acaba de imaginar con Juan del otro lado del océano. Ella acaba toda mojadita, respirando un placer inigualable cuando sale del baño. Está hecha una seda. La próxima vez, el escenario sería la playa, en una isla, con ellos dos solos, y las ganas de hacer el amor y sentirse uno solo cuando las penetraciones invadan sus deseos de coger mientras sus pezones cobran ese sabor dulce que tienen las manzanas justo cuando son rebanadas....
© Ignacio Barandiain