Me quedé observando en el espejo alrededor de dos horas. Casi ni lo noté. El tiempo definitivamente no era mi aliado.
Era uno de esos momentos en los cuales nos reencontramos con nuestro otro yo, tanto del pasado como del futuro.
A mi izquierda estaba Joaquín situado en la Plaza Moreno, una tarde de primavera junto a Loreley, su primera novia. Tenía sólo 17 años y ella 15.
La expectativa de enfrentarse al amor y tenerlo cara a cara como le pasó siendo tan joven es todo un desafío. Un desafío demasiado complejo diría, con numerosos obstáculos por sortear. No la tenía para nada fácil.
Diría que no fue una relación complicada, pero si estoy seguro de que algo les faltó: comunicación. Al cortar definitivamente el vínculo que los unía y convertía en una sola persona, Joaquín se largó a llorar en su habitación escuchando música que hacía recordarla. Se estaba autodestruyendo. Y todos esos besos, las mordidas y las caricias que alguna vez se habían hecho se convirtieron en momentos olvidados que pasaron a formar parte de su inconsciente, aunque él tenía la llave y podía reavivarlos cuando quisiera.
¿Por qué se guardó todo aquello que sentía por ella?. Nunca se supo. Ni siquiera aquella vez que le escribió una pequeña notita y la introdujo en un cd que ella le había prestado. El miedo le había ganado esa mano y logró que la carta jamás llegara. Quiso hablarle miles de veces pero no sabía que decirle.
-Hola, soy yo, el tonto que te dejó ir sin pelear por vos, ¿cómo andás?-.
Simplemente cruzaban miradas. Era eso. Ni un saludo.
A la noche, mientras se sumergía en lo más profundo de sus sueños la veía de nuevo con él como si todo estuviera bien, tal cual como sucedía antes.
Pero para ser sincero se lo merecía. Nunca había hecho nada por recuperarla y jamás volvería a ser suya. ¿Alguna vez lo había sido?.
A mi derecha estaba Joaquín, un platense de 51 años, director de la Revista “Cuentacuentos”, basada principalmente en publicar cuentos escritos por él.
Hacía un año que se había separado de Dolores, su compañera de toda la vida y principal protagonista de novelas románticas que años atrás resultaron best sellers, y algunas cosas en su existencia estaban tomando un rumbo algo diferente a lo habitual.
Se consideraba a si mismo un viejo verde. Sin embargo, no tenía ningún inconveniente en mostrarse públicamente con su novia treinta años menor.
Así mismo Dolores, una exitosa planificadora enfocada ampliamente en su vida laboral, quería recomponer la relación. Ella decía “que 31 años de matrimonio no se olvidan de la noche a la mañana”. Pero veía en Joaquín a un hombre cambiado, diferente al anterior.
“Nueva vida, nuevas mujeres”. Ese era el lema de Joaquín.
Nunca más volvió a mirar a los ojos a Dolores.
En el centro del espejo estaba Joaquín, que con sus 34 años tenía en su haber cinco novelas publicadas y era el autor joven más exitoso de su generación. Combinaba ficción y realidad, y las temáticas preferidas siempre estaban relacionadas con el amor y con su novia Dolores, una estudiante de Periodismo, princesa de Córdoba en sus tiempos de colegio.
En plena promoción de su última novela “Cuentos soñados”, las cosas con Dolores no estaban en su mejor momento.
-Que te la pasas escribiendo, o de viaje con tu editor- decía ella.
la relación con los editores es algo más que desgastante. Son sombras negras que persiguen a sus escritores a sol y sombra casi sin dejarlos respirar. Yo diría que hasta respiran por ellos.
Joaquín era alguien muy influenciable, no sólo por su editor sino por toda la gente que lo rodeaba.
Al regresar a la realidad, tuvo miedo que el futuro apareciera sin pedir permiso y se apropiara de su vida, lejos de Dolores. Pero todo estaba en sus manos....
El único anhelo que tenía era llegar arriba. Los últimos cinco días habían sido bastante movidos y la soledad de la montaña no dejaría que nada me pasara. No tenía a nadie a mi alrededor, y así me sentía en ese momento: solo en el mundo. No porque mi familia o mis amigos no estuvieran conmigo, sino porque era algo que tenía que afrontar. Saqué el sobre y las manos me transpiraban mucho. Unas cuantas palabras definirían mi futuro, así de simple. Lo abrí. La quimioterapia había resultado. El cáncer estaba en el pasado. Mi vida recién comenzaba...
Llegué a Madrid con los últimos euros que tenía y los pocos que me quedaban parecía que se querían escapar de mi bolsillo. Dicen que el dinero no hace la felicidad, y comparto 100 % ese pensamiento, pero sin dinero en un país desconocido reconozco que uno se puede convertir casi en tiempo record en alguien infeliz, poco afortunado podría decirse.
El viaje a Lisboa había resultado un poco agotador, no sólo por los lugares que visité sino que la vuelta se estaba tornando algo “pesada” . Me imagino si hubiera realizado el mismo trecho en bicicleta como me había recomendado un amigo...
Lo primero que hice no fue ir a buscar una casa como tenía planeado antes (me pasa mucho eso de planear algo y después dejarlo de lado) sino recorrer un poco las principales plazas y encontrar semejanzas con mi ciudad, con La Plata. Aunque siempre la critico, para ser sincero ya la empezaba a extrañar. El desarraigo que estaba sufriendo ya era una realidad hacía aproximadamente unas dos horas; las mismas que estaba en Madrid: que casualidad.
Después de dar vueltas, me decidí a entrar en un depto. bastante humilde pero que me asombró y me cautivó por la vista que ofrecía. Lo alquilé y comencé a ordenar a mi antojo las pocas cosas que tenía encima. Lo bueno de ser un nómada es que el equipaje siempre es demasiado liviano, más del habitual. Y eso facilita mucho las cosas.
A los dos días ya me sentía un madrileño más. Había recibido una aceptación bastante digna, el laburo en el diario me traía más satisfacciones que disgustos y mi jefe de redacción adoraba Argentina. Mientras yo le contaba cosas de mi país, lograba que cada semana agregara una columna más a mis cuentos y así la relación se tornaba fluida: no éramos amigos, pero podía soportarlo.
Pero los amigos y la familia se extrañaban más que nada. En los momentos que estaba solo, sin nadie, me agarraban esos dolores en el pecho que se producen cuando uno está por comenzar a llorar y la angustia se hace parte de un todo que no llegamos a controlar. Pensaba en mi viejo, que está pero no está, en la última carta que le escribí y sentía el mismo dolor que comentaba anteriormente. Mi mamá, mis hermanas, los chicos, el fútbol, son muchas cosas.
La pasantía en el diario terminaría recién dentro de cinco meses, y la tristeza ya era una parte más de mi. Desearía que se vaya...
© Ignacio Barandiain