El verano apareció sin que nadie lo llamara y se instaló definitivamente durante mis interesantes vacaciones en casa. Ni me fui a la playa, ni estuve en las sierras cordobesas que visitaba ocasionalmente, ni en el caribe. Todo transcurrió de manera simple y muy normal en mi domicilio, hasta que mi vecina apareció.
Mis padres partieron el 10 de Enero y ni siquiera se les ocurrió invitarme para ir con ellos. Ambos sabíamos que los libros me estaban esperando plácidamente sobre mi cama, que tenía prohibida la salida a la calle para irme a jugar con mis amigos y que ni en broma se me podía cruzar por la cabeza sentarme a ver televisión.
No era mi principal fuerte estudiar. Eso estaba más que claro. Para ser sincero, me pasé el año tratando de conquistar a Julia, la chica nueva que llegó al colegio como la más humilde, simple y vulgar de las jovencitas y en poco tiempo se convirtió en la más buscada, aquella que todos deseaban pero que sólo uno podía tener. Obviamente yo no me incluía en su lista, apenas creía que sabía mi nombre y me reconocía del colegio. Es más: al principio casi ni la noté. La indiferencia que teníamos los dos nos hacía parecer desconocidos, aunque nos sentáramos a dos bancos de distancia y aún cuando su casa estaba a tres cuadras de la mía.
De vez en cuando nos volvíamos juntos del colegio, y ahí fue cuando comencé a interesarme más por ella. Su pelo, sus labios, una cara casi perfecta. La forma en que movía sus piernas al caminar me hacía pensar mil historias que vivir, mil historias que protagonizar, con ella como mi pareja perfecta, claro Era mi Venus de Milo, una musa que olía a rosas y meneaba su pelo al compás del viento que la seguía como si fuera un acompañante más, invisible y muy callado, durante nuestra caminata.
Pero la despedida se tornaba repetitiva y era muy constante al llegar a la esquina de su casa. Las mismas palabras, los mismos gestos y sus ojos mirando los míos como pidiendo que la besara.
-Chau, hasta mañana- soltaba dulcemente mientras se alejaba de mi lado.
Yo sólo atinaba a asentar la cabeza y abrir de a poco mis ojos para mirarla por última vez, al menos esa tarde.
¿Se repetirían los días como si fueran una pesadilla, un sueño fantástico, con alucinaciones mías del cuál jamás podía despertar?.
Esa tarde llegué devastado del profesor particular.
-¿Entendiste Juan?- Supongo que me habrá repetido ese Entendiste casi como cuatrocientas veces en la tarde, como si fuera un oligofrénico que no sabía donde estaba.
Mis ánimos no estaban para comenzar a estudiar solo, al menos esa tarde.
Me senté en la acera de la escalera que asoma la entrada de mi casa y tiré la mochila lo más lejos que pude. Mi sensación de bronca, un poco para conmigo y otro poco con la vida, llevaron a mi vecina a acercarse lentamente hacia mi para ver que me pasaba.
Su nombre es Ana y tiene cuarenta años. A los treinta se había separado de su marido porque éste la golpeaba. Jamás tuvo hijos por temor a que su esposo descargara su bronca con ellos.
Ana era muy amiga de mi mamá y me caía muy bien. Tan bien me caía que había soñado con ella en más de una oportunidad manteniendo algún tipo de relación sexual en su casa mientras mis padres dormían.
Ella era como alguien inalcanzable, inaccesible para mis parámetros como hombre, muy alejada del tipo de mujer que alguna vez esperaba tener al lado mío. Sin embargo, deseaba tenerla.
Me trataba como un bebé. Ella decía que yo era su bebé, el hijo que nunca había podido tener. ¿Por qué me veía como a un hijo?. Decía que le gustaba mi rebeldía y mis ganas de interesarme por cosas no muy explícitas para los chicos de mi edad. El sexo podía ser uno de esos temas. A mis quince años mis únicos logros en lo que se refiere al sexo opuesto habían sido: besar a una chica durante una fiesta, tocarle los pechos a otra en un camping del colegio (nunca voy a olvidar la dulzura de sus pezones cuando rozaban mis labios) y tener encima a mi última novia, pero sin llegar a nada serio.
Yo hablaba mucho de sexo con Ana, y ella no tenía ningún problema en tocar ciertos temas (como éste) siempre y cuando yo jamás abriera la boca.
-Entre vos y yo- decía ella antes de cada conversación.
Me invitó a tomar la leche a su casa para charlar un poco sobre mi estado de ánimo. Sin decir que si, ya me encontraba en su casa, sentado en la silla de su simple cocina: un par de sillas, una mesa, algunos cajones y pocos arreglos. Era una mujer que se fijaba muy poco en los detalles que se refieren al diseño de su casa o a los cuadros que cuelga (como hacen casi todas las mujeres) pero que al hablarle uno podía descubrir no sólo su manera de sentir, sino su dulzura y las ganas que tenía de amar a alguien.
-Sentite como en tu casa. Me voy a dar un baño y vengo-
No era la primera vez que estaba allí. Sabia perfectamente que las tazas estaban en el segundo cajón de la izquierda, las cucharas en el primer estante de arriba y que guardaba la leche en una pequeña gaveta debajo de todas las góndolas de la heladera.
Al terminar la chocolatada, la intriga me rodeó por completo. Daría lo que fuera por subir las escaleras y sentarme al menos cinco minutos sobre su cama observando mientras se bañaba. Nunca había visto a una mujer desnuda por completo y estaba deseoso de cumplir mi sueño.
Los pensamientos se entrecruzaban en mi mente, para lograr confundirme y no poder convertir la idea principal de ver a Ana y así no llevar a cabo mi cometido.
Empecé a subir y de a poco los nervios se me fueron pasando. No quise ser ruidoso y dejé las zapatillas en la parte de abajo.
Mi corazón palpitaba a mil y mi excitación estaba en su punto máximo.
Cuando me senté en la cama, la puerta del baño estaba medio abierta. Parecía que ella deseaba ser mirada por alguien, ya que la cortina del baño mostraba todo su cuerpo al desnudo. Era sutilmente perfecta. La miré y sentí estar allí, olvidándome de toda mi vida, de las chicas que habían pasado, de las materias. Todo desapareció y lo único que escuchaba era el sonido de las gotas caer sobre su pecho, mientras acariciaba sus tetas, casi como excitándose.
Ni bien atinó a verme en su cama mientras la observaba, su sensación no fue ni de exaltación ni de sorpresa. Se paró frente a mi desde la ducha y lentamente asomó su mano derecha pidiéndome que la acompañara.
De a poco me saqué la ropa y me metí en la ducha con ella. Estaba tranquilo porque la conocía, y mi fascinación por ella no iba a dejar que nada saliera mal. Comenzamos a besarnos y en un instante la tuve sobre mi, jadeando y emitiendo suaves gemidos mientras mis manos cerraban la cortina y convertían esa ducha en nuestro lugar especial.
Los miro atentamente y parecen muy enamorados. Pero, ¿habrán perdido alguna vez ese sentimiento de querer estar siempre juntos, “dejando de lado la adversidad, pase lo que pase”, como diría la Iglesia?. (Me remito a estos dichos sólo para ejemplificar la idea anterior, ya que no comparto para nada la ideología de algunos que se creen dioses).
Yo supongo que no, aunque es muy fácil sacar simples conclusiones sobre alguien (en este caso una pareja) a quien jamás conocí y es la primera vez que veo en mi vida, y a la vez imaginarme que su relación fue “color de rosa” sin inconvenientes de por medio.
Las peleas siempre abundan, nunca dejan de estar cerquita para cuando las necesitamos. Yo diría que hasta son un mal necesario y su función en este circo tan pragmático que denominamos “La Vida” es ponernos a prueba para saber si realmente queremos estar con alguien o para situarnos en la incógnita de ¿me siento bien a su lado?.
Pero me estoy escapando de mi principal objetivo que es la pareja que tengo a unos metros de distancia. Me distraigo muy fácilmente, pero no volverá a suceder.
Los besos que ella le da son remunerados ampliamente por él, con un gusto peculiar, muy personal. Pareciera que fueran ilimitados, que en ningún momento dejarán de producirse esos encontronazos de “tu boca y mi boca” que tanto disfrutan las parejas cuando recién comienzan a salir, en esos ratos donde la dulzura y la comprensión están por todos lados y su protagonismo es excluyente. Sin embargo, algo me dice que su relación data de algún tiempo atrás.
Está todo dicho en sus miradas; allí ambos dejan ver todo, sin ninguna barrera de por medio. Los vistazos en ningún momento se entrecruzan, sino que dan a entender que ambos están en su mundo alejados, al menos por esa tarde (y quién sabe cuantas más) de la realidad que sigue su rumbo en base a la medición del tiempo a partir de un gigante e imponente reloj de arena que se encuentra allá a lo lejos, por eso que llaman cielo, con el horizonte como principal testigo.
Los mimos y las risas son una constante que pareciera que jamás dejarán interrumpirse, ni por la ruidosa avenida que los rodea ni por la gente que pasa delante de ellos. Todos son fantasmas, espectros, visiones que aparecen y desaparecen a la vista de uno excepto yo, claro, que me consideraría una especie de “ángel de la guarda”, por llamarme de una forma.
Siento que me ven, con mi libreta de apuntes escribiendo casi sin parar, como si estuviera a punto de lanzar mi novela sobre “lo que pienso de los demás”, pero un presentimiento me dice que ellos notan mi presencia y hasta la disfrutan mientras cuento su historia. Es raro observar a los otros, cuando uno también tiene dentro suyo mil relatos que contar, mil besos que repartir, mil miradas que regalar. Pero me gustaría estar en su lugar, viviendo su realidad y recibiendo esos mimos tan deliciosos.
No obstante, es complicado no profesar mis ganas de participar de esa relación, aunque me produzca una pequeña dosis de envidia que sabré controlar cuando llegue el momento de encontrar esa mujer “que todo lo puede” y me convierta, por fin, en su amante ideal.
© Ignacio Barandiain