Había sido transferido unos pocos meses atrás y jamás pensé que me toparía con un maniático de las características que tenía en frente. Más que maniático yo diría fanático, porque los pasos estaban perfectamente establecidos (en base a una logística admirable, casi sin imperfecciones) sin dejar no sólo rastro alguno, sino que no había gente alrededor: el asesino llevaba a cabo sus muertes estando completamente solo, muy vacío y desolado, sin ninguna persona ni testigos, de manera tal para establecer su territorio, y decir: “Acá mando yo”. Eso era lo poco que teníamos de él.
La primera vez que llegué al Departamento de Policía algunos se rieron de mi: un poco por mi aspecto (soy conciente que a veces hasta yo siento vergüenza: el sombrero de los años ´70 representaba en mi la muestra de mi fanatismo por los detectives de esa época, así como también el sobretodo color crema que estaba encima mío con sol o sin él; también llevaba siempre conmigo una lupa en homenaje al exquisito Sherlock, mi mentor) y otro por mi fascinación para inmiscuirme de a poco en los grandes casos que sacudían la grandiosa ciudad de Buenos Aires, un verdadero desafío para cualquiera que llegue a la monstruosa metrópoli de la Capital.
Como todo novato que llega a un lugar nuevo, desconocido y siendo un don nadie, las cosas no me las hicieron fáciles de acuerdo a mi reputación en Trenque Lauquen, un pueblo chico de la provincia, de sólo 4 mil habitantes, y en el cual lo más anecdótico y sorprendente que había pasado en los últimos 2 años poseía de poco conocimiento público: un preso se había fugado de la cárcel y secuestrado una patrulla, llegando hasta el centro, donde fue atrapado fácilmente.
Las cosas estaba demasiado tranquilas para mi gusto y por eso decidí enviar un importante currículum a la P.B.A (Policía de Buenos Aires). Yo estaba capacitado no sólo siendo detective de homicidios, sino que mi legajo incluía además varios casos sobresalientes por los cuales me habían condecorado en distintos lugares del interior del país (Benito Juárez, Dolores, entre otros). Pero todos los premios, los galardones y laureles que llevaba a cuestas los fui escondiendo de mi lado a medida que me acercaba al Departamento.
Yo no lo llamaría nervios a todas esas sensaciones extrañas que me acompañaban, sino una intensa adrenalina por comenzar mi trabajo lo antes posible para demostrar que todos esos “pergaminos” que traía a cuestas no eran simples fachadas.
Las carpetas fueron llegando a mi escritorio y parecía que se multiplicaban: sin los anteojos veía todo doble, y con el desastre que era mi oficina no tenía idea de donde estaban. Cuando las abrí me horroricé como nunca antes me había pasado. “Esto no es un pueblucho cualquiera. Acá los asesinos llaman la atención de todos”, me había dicho mi superior, el Teniente Rodríguez, quien estaba en la fuerza hacía ya diez años, aunque su barba daba la impresión de aparentar más de los que en realidad tenía. El teniente era un tipo bastante tranquilo, sin pelos en la lengua, decía todo lo que quería a quien se le cruzara y no lo dejara realizar su trabajo como el creía.
El día que murió sentí un tremendo estupor: la gente en verdad lo quería y todos los policías presentes lloraban como verdaderos nenes de 5 años que no tienen el juguete que pidieron para navidad. Realmente era asombroso como la gente lo adoraba, incluso algunos lo tenían como un segundo padre. Yo apenas lo conocía, pero su actitud en el trabajo y sus ganas de estar siempre presente en el lugar del crimen me hicieron idolatrarlo en poco tiempo.
Por los pasillos de la estación se decía que había sido el maniático quien había causado su muerte. Algunos comentaban que se estaba acercando demasiado, y eso le jugó en contra. Otros, en cambio, simplemente argumentaban muy por lo bajo que estaba metido en diferentes tranzas con importantes desarmaderos de la Capital y sus contactos adjudicaban el estar hartos de mantenerlo en vilo todos los días.
Al día siguiente del funeral, un cartel muy pequeño con letras saltonas me esperaba a la entrada de mi oficina. Me llamó la atención porque con mi poca experiencia me solicitaban para comenzar a investigar sobre el asesino que era tapa de todos los diarios y que mantenía atenta a toda una ciudad, que rogaba porque fuera atrapado de cualquier manera. Es sabido que en esta ciudad no está permitida la pena de muerte, pero a veces, en muchísimas ocasiones diría yo, la gente se pone en contra del Estado cuando se refiere a la condena de asesinos seriales, y estaba en vista de todos que el nuestro era un asesino serial. No dudé ni un segundo de mi capacidad, aunque debo reconocer que el trabajo era algo grande, colosalmente estructurado y en diferentes ocasiones daba la sensación que terminaría sobrepasándome.
Con los métodos más ortodoxos de la policía empecé mi recorrido por la ciudad, solo. No soy de trabajar con compañeros porque me siento más inspirado, más tranquilo sin nadie a mi costado que me diga adonde ir o que hacer. En ese sentido soy muy cerrado, pero supongo que con el correr del tiempo la experiencia me hará entender, a la fuerza quizás, que es positivo tener a alguien con quien contar. O no.
La primera pista llegó y el asesino la puso en frente de mis narices: en todas las esquinas donde yo frenaba con el auto observaba fotos de las víctimas, con sus respectivos métodos de tortura a su lado. Era realmente aterrador.
Cuando junté todas las fotos, me dirigí a mi oficina con el objetivo de adentrarme en la mente del regicida y lograr adivinar cual sería su próximo paso. Las fechas de los asesinatos concordaban perfectamente con días impares, y nunca llovía. Parece que a nuestro homicida no le gustaba mojarse; ni siquiera los días nublados salía a la calle.
Los rastros comenzaron a salir a la luz recién en mi primera semana, cuando el jefe del escuadrón encontró un cuerpo semi desnudo en el bosque de Palermo atado a una fuente, electrificado y con las venas totalmente cortadas. El agua estaba roja, como si artificialmente hubieran cambiado su color. La tortura llegaba a un punto límite en que nuestro enemigo (siempre los asesinos son los enemigos principales de los policías) demostraba repugnancia en lo que estaba haciendo y lo dejaba inconcluso: hasta él mismo se daba cuenta que lo que estaba haciendo era realmente maligno, vil, siniestramente terrible.
Y los errores se fueron produciendo a medida que él perdía el control: es poco común que los asesinos en serie se descompensen emocionalmente durante una seguidilla de muertes. Las drogas son aliadas fieles de ellos, ya que los mantienen en un constante nivel, como si estuvieran “en el aire”. Pero en más de una ocasión se me cruzó por la cabeza si estos errores no estaba siendo producidos a propósito por él, para desconcertarnos. Los cabos estaban siendo atados de a poco y las cosas cerraban muy claramente, lo cual me producía ciertas dudas.
Esa noche llegué a mi departamento y la puerta estaba semi abierta. Siempre, en estos casos, lo primero que hay que hacer es mantener el control de la situación: ni sobresaltarse ni ponerse nervioso ayuda de algo. Con el arma sobre mi antebrazo me introduje lentamente a través del hueco de la puerta (nunca es considerable patearla como sucede en las películas, así se espanta a quien está adentro) y la sombra recién estaba saliendo por la ventana con la agilidad de un felino. Corrí, pero no llegué a disparar. Nunca es recomendable disparar cuando nuestro objetivo es difuso, casi nítido y más cuando la noche es nuestro principal testigo. Encontré una nota pegada al televisor: “Pensás que estás cada vez más cerca, ¿no?. A medida que te acercas, yo me alejo”.
Obviamente no pude dormir en toda la noche debido a la nota. Lo primero que hice a la mañana fue acercarme hasta el psicólogo especialista en estos casos y entregarle la prueba. Realmente me habían desconcertado las palabras y por un momento pensé que él tenía razón. El experto no hizo más que aclararme lo que decían los términos y explicarme detalladamente la manera de escribir que tenía nuestro verdugo. En síntesis, no dijo nada. Mientras lo escuchaba hablar retumbaban en mi las expresiones de la nota y decidí alejarme del lugar. Estaba perdiendo la paciencia a medida que transcurrían las horas y todo se tornaba más confuso de lo que parecía en un principio.
Mi adicción al Bronasepam estaba casi sepultada en el pasado. Casi. Las pastillas eran lo único que me mantenían atento sobre todo lo que podía pasar respecto con la investigación y una “pequeña” dosis de 10 de ellas por día funcionaba a la perfección en mi sistema nervioso.
Durante un mes no supimos nada del homicida a quien habíamos denominado “El espectro”. Su presencia en los diarios de mayor tirada del país bajó notablemente y casi ni se tocaba el tema para la opinión pública. Pero la policía estaba atorada en un caso del cual no tenía pistas concretas. Ni siquiera un nombre. Nada.
Nunca lo encontramos. Mi fascinación por este hombre había llegado a tal punto en que todo aquel criminal que atrapábamos lo relacionaba con nuestro pasado enemigo. A decir verdad fue un verdadero misterio el proceso que continuó con su desaparición, casi escéptico, muy dudoso podría decirse.
Una noche, charlando con mi hija (que se encontraba en Trenque Lauquen) por msn me apareció una ventana con un nick poco conocido en mi lista: XX. Comenzó a hablarme como si me conociera de toda la vida, con anécdotas e historias de mi infancia que hasta me produjeron un profundo terror por dentro.
-“¿No sabés quién soy?”-, preguntaba insistentemente.
-“No tengo la menor idea”-, decía yo, mientras la ventana de mi hija titilaba una y otra vez sin prestarle atención, rogándome que le contestara.
Las manos comenzaron a temblarme y me paré un instante, casi sin alejar la vista del monitor, para agarrar el Bronasepam. Sus últimas palabras me cortaron momentáneamente la respiración. La tensión no me soltaba.
-“Pensás que estás cada vez más lejos, ¿no?. A medida que te alejas yo me acerco”-.
Tres semanas después el caso fue reabierto luego de mi exasperada insistencia en que el asesino estaba muy cerca nuestro y que sus ganas de seguir con el juego que había planeado estaban más latentes que nunca. Su ira no estaba disuelta, sino que se alimentaba día a día y nos quería demostrar que todo lo que había hecho hasta el momento eran cosas sin sentido, vulgaridades, hechos cotidianos, rutinarios para él, y que lo peor estaba por venir.
Los asesinos en serie tienen un estricto “plan de trabajo” que se basa en conocer a su víctima, averiguar datos que aporten a su personalidad, ya sea con quien vive, si tiene pareja, ropa que usa, si consume drogas, todo lo que pueda relacionarse con la forma de vida de su mártir es bienvenido. El segundo paso consiste en conocer al pie de la letra los lugares adonde concurre, sus horarios, cuando sale de una parte, cuando vuelve, a que hora regresa a su casa, un seguimiento estricto para no perderle pisada.
La elaboración de la tortura es la etapa de mayor goce, aquella donde se sienten con el poder para hacer sufrir a alguien y saben que lo van a disfrutar más que los pasos anteriores. Se creen intocables, casi dioses del Olimpo. La elección de las armas es cosa de todos los días: blancas en su mayoría. Las armas de fuego se dejan a un lado en este caso: los asesinos de esta escala creen que disparar a alguien subyace un nivel de cobardía al que ellos jamás podrán igualarse, y eso los hace sentirse superiores.
La duda que me carcomía el inconsciente era los dichos que había lanzado en el msn la vez anterior, cuando yo disfrutaba de la charla con mi hija. La detallada descripción de mi vida adolescente daba a entender que realmente me conocía, no sólo física sino psicológicamente. Era más astuto de lo que yo creía: sus comentarios sutiles no dejaban ver nada dentro suyo, ni siquiera una mínima porción de su personalidad que, contraria a esto, se mostraba furiosa y con mucho odio en su interior cuando llevaba a cabo un asesinato.
Esta vez, la prensa sólo tuvo acceso a los datos que aportaba el Departamento de policía, ya que infiltrados de algunos diarios, según lo que nos habían dicho, tenían consigo valiosa información de nuestro hombre durante la inicial búsqueda. Ahora las cosas serían diferentes. Una vez a la semana se realizaría una conferencia de prensa con todos los medios presentes y se dejaría preguntar a cada uno de ellos sobre sus inquietudes de la investigación. Eso sólo. Nuestros límites eran muy estrictos. Cualquier dato que llegaba a nuestras manos era inmediatamente chequeado por diferentes informantes alrededor de la ciudad y puesto bajo llave con la consigna de no escaparse la información a nadie que no pertenezca a la policía, a los supuestos policías...
El archivo de Trenque Lauquen no era demasiado extenso, y quizás dando un pantallaso general despejaríamos algunas incógnitas, pero el principal problema residía en que no existía tal archivo.
Decidí realizar un viaje relámpago hacia mi pueblo natal y conseguir todos los datos posibles sobre “El espectro”. En esta ocasión no estaba solo. La Sto. Peredo me acompañaba en su primer salida del Departamento como una oficial en servicio. A sus 21 años y con un promedio realmente sorprendente, sus pergaminos exhibían una larga lista de sobresalientes durante su paso por la Academia. Ocultaba una sonrisa simple, casi pícara. Argumentaba que todos se reían de sus pequeños ojos, un tormento de chiquita según ella, casi un complejo me decía, pero era muy atenta a cualquier situación: tenía sus ojos en todos lados.
Había abandonado la casa de sus padres a los 18 buscando un destino que la lleve a ingresar en la Policía de Bs. As. Las cosas resultarían muy rápido para ella, sin descuidar paralelamente su carrera de enferma, por la que recibió el título hace aproximadamente un año. Era una mujer completa, íntegra en lo que se refiere a su labor como policía y siempre dispuesta a aprender. Por eso decían que la habían colocado a mi lado. Acepté solamente porque me hacía recordar a una ex compañera mía, que murió en servicio durante el año 99, cuando realizaba una redada en un desarmadero de autos. Muchos políticos, policías metidos, la corrupción inundaba el lugar. Se había metido en una muy grosa, de la que no pudo escapar.
Con mi compañera tomando apuntes de todo lo que decía nos dirigimos a la Biblioteca Nacional de Lauquen, para registrar los anuarios de los últimos 15 años, y de esta forma encontrar algún dato de nuestro hombre.
El viaje fue inútil. Con los pocos datos que teníamos de él, el caso retornaba a sus orígenes, cuando las únicas pistas que obteníamos eran suministradas por las víctimas que encontrábamos y por la charla que había mantenido yo esa noche cuando...
Salí disparando al auto a buscar la computadora portátil, mientras Peredo me miraba asombrada por mi violenta escapada. La breve pero al fin auténtica pista que teníamos estaba guardada en mi ordenador. ¿Cómo no había pensado en eso antes?.
Al instante de estar conectado apareció el asesino. Mi exaltación era tal que traté de calmarme y no sobresaltar la situación.
-Volvemos al ruedo, parece-
Comenzó hablando él, realizando un monólogo sobre todo el tiempo que habíamos pasado sin conversar.
-¿Así que ya no soy más famoso?- decía mientras una risa computarizada acompañaba sus expresiones.
-Supuse que te iba a encontrar acá- dije, midiendo mis palabras.
Al tenerlo enfrente, literalmente hablando, muchos interrogantes se me cruzaban por la cabeza, queriendo ser respondidos por sí solos. ¿Por qué había desaparecido misteriosamente?. ¿Creía que estábamos cerca suyo?. ¿Realmente nos acercábamos?.
-Vos no supones nada. Yo estoy acá porque ustedes están demasiado perdidos, en la niebla diría. No ven a quien tienen del otro lado.
-¿Ah, no?-.
Pacientemente, él respondía abriendo un paréntesis entre cada una de sus respuestas, como si se tomara su tiempo. Evidentemente quería mostrar y hacer conocer su llamativa tranquilidad. Supuse que estaba altamente drogado.
-¿Adiviná a quién estuve visitando estos últimos días?-
Durante un momento la mente se me nubló. Quería tratar de idear un pensamiento lógico, pero los momentos trágicos caían uno detrás de otro en mi mente.
-Muy gentil tu esposa. No sabía que fuera tan amable con los desconocidos.-
-Sos un...-
-Ehhhh, cuidamos las palabras, ¿si?. Vos no controlas la charla, lo hago yo, ¿estamos?.
Mi intolerancia estaba llegando a su fin. Los mediadores, que son los encargados de manejar las situaciones críticas cuando un delincuente tiene rehenes en su poder, aconsejan en este tipo de instancias no exaltar al psicópata. La clave es lograr un nivel recto y relajante mientras tratamos de averiguar cualquier cosa relacionada con el caso en cuestión.
-Tu nena estaba observando todo, así que decidí dormirla y sacarle los ojos para que no sufriera más. Pero igual te recordó antes de despedirse...
La Sto. empezó a golpear la ventana del auto para que la deje entrar. Sus puñetazos ni siquiera eran captados por mis sentidos. Él continuaba el monólogo.
-Con tu esposa fue diferente. Cuando uno conoce a su víctima, se da cuenta de muchas cosas. A veces me sensibilizo, ¿sabías?.
Su autocrítica no me resultaba para nada sentimental. Estaba realizando una catarsis conmigo, como si fuera un compañero. Mis lágrimas caían lentamente mientras trataba de recordar toda la conversación. Ellas eran lo único que tenía en el mundo, toda mi familia. Estaba anímicamente destruido en mil pedazos. La impotencia de no poder hacer nada trataba de vencerme, aunque me retraía emocionalmente tratando de pensar que hacer. Esto sería de suma utilidad en el futuro.
-Quise hacerle el amor pero tuve un gran respeto a tu persona. Sus partes están regadas por todo el patio, así que fácilmente las vas a encontrar. ¿Supongo que las queres conservar, no?-
Puse en marcha el auto y salí. Mi compañera miraba completamente anonadada sin entender nada de lo que estaba sucediendo. Reconozco que estaba obrando mal, pero esto ya era algo personal. Sólo entre él y yo. Sin terceros de por medio.
Estaba muy claro que mis pasos eran seguidos muy de cerca por él. Demasiado cerca. ¿Cómo se había enterado que estaba en Trenque Lauquen?.
Durante mi escapada en el automóvil con destino a ningún lado tuve una visión: un enfoque que no había resaltado desde que la investigación había estado interrumpida. Una frase suya que estaba cobrando sentido, casi indiferente un tiempo atrás.
“A medida que te alejas yo me acerco”.
Ahí estaba la clave. Como no me había dado cuenta antes. Estaba todo dicho. Él era policía, era uno de nosotros. Todo se tornó más claro. Las aguas comenzaban a calmarse. Mi venganza no tardaría en llegar. De eso no había dudas.
Se pasaba las mañanas, las tardes y a veces las noches sentado en su sillita de madera color marrón muy oscuro sin conocer la noción del tiempo. Muchas veces pensé que era de su vida, cuales habían sido sus amores (si es que los tuvo, porque por su poca sociabilidad me resultaba difícil convencerme de que alguna vez se había relacionado con alguien) o en que gastó todo ese tiempo atrás, antes de no poder volver a caminar después de un grave accidente del cual jamás me contó nada, y creo que en el barrio eran pocos los que sabían (los chismosos de siempre, que se cuentan todo de todos- me aborrezco de esa gente, la detesto-) y transcurrir el resto de sus días viendo a la gente pasar de un lado a otro y disfrutando la salida del sol a las 5:30 , el atardecer y su puesta.
La rutina se repetía una y otra vez casi sin modificarse en absoluto: yo salía de mi casa, cerraba la puerta con llave y lo primero que divisaba a unos cuantos metros de distancia era su silla; pasaba por delante de él y su mano se alzaba para saludarme, mientras mi “Buenos días Don Paco” era reproducido casi al instante.
No es que me cayera mal, pero a veces su mal humor (le gustaba espantar a los chicos que jugaban en la vereda) despertaba dentro de mí un cierto rechazo, que quizás era comprensible por mi angustiada apatía sobre los demás. Pero algunas tardes, mientras me tiraba un rato en la puerta de casa haciendo nada, sentía sus chiflidos dirigidos exclusivamente hacia mi. Me sentía un privilegiado: el vecino más malhumorado, con un grado de desprecio que todos tenían pero que nadie manifestaba públicamente, indiferente y gruñón de la cuadra me estaba reclamando. ¿Por eso me sentía especial?.
Durante nuestras extensas charlas, el se la pasaba contándome sus historias del siglo pasado mientras vivía en España. De ahí el nombre Don Paco. Que había participado en la Guerra civil española, que su amistad con el General Francisco Franco se registraba desde el año 1930, cuando lo conoció en una de las tantas aglomeraciones del ex dictador que tuvo la historia española, que el acto en la catedral de Burgos en 1938 fue uno de los momentos más emotivos que él recuerde. Muchas veces dudé sobre la veracidad de sus relatos, ya que tranquilamente podía pasarse la tarde inventando historias para un chiquillo entrometido en sus cosas.
Se pasaba horas hablándome de eso y a mi, en mis 14 años de vida, me resultaba muy chocante: esto es entender como un pueblo había podido estar sometido durante 39 períodos consecutivos al gobierno de un hombre que, desde mi punto de vista, no era más que un maligno dictador. Y así se lo hacía saber a Don Paco, ya que el disfrutaba de nuestras dispares discusiones: dispares por la gran diferencia de edad, aunque yo trataba de hacerle frente y en muchas ocasiones hasta llegué a vencerlo, literalmente hablando, lo cual me producía un enorme orgullo dentro mío.
Aunque los militares retirados son muy testaduros y jamás dan el brazo a torcer cuando se refiere a un hecho en el que ellos estuvieron involucrados plenamente y del cual creen que no hay nada para corregir. Pero no es así.
Su muerte causó una gran pérdida en mi, no sólo porque él resultaba una especie de confesor de todos mis pecados (yo odiaba ir a la Iglesia, eso de levantarse un domingo a la mañana para escuchar a un cura recitar durante horas miles de palabras que no entiendo y me resultan tediosas no me agradaba) sino porque no pude saludarlo. Y no pude decirle todo eso que sentía, porque aunque nuestras diferencias estaban muy marcadas, la entrada y salida a mi casa todos los días estaba encuadrada por nuestros saludos.
El funeral fue frío. Nunca había estado en frente de un féretro y su color me hizo acordar al de la silla de Don Paco. ¿Coincidencias?. No lo creo, supongo que alguien lo pidió exclusivamente para que él no se sintiera tan “solo”. Hubo poca gente que ni conocía y sinceramente no se porque me acerqué hasta el cementerio. Odio esos lugares, pero hubo algo que me dijo que tenía que estar allí. Una voz interna quizás, que me condujo hasta la tumba del viejo que todos los días se la pasaba discutiendo con los chicos.
Cuando volví a mi casa me quedé en la puerta de su enorme mansión. Jamás le pregunté de donde había sacado el dinero para comprarse semejante terreno, y menos se entendía como podía haberlo construido en una zona como la nuestra, donde los robos eran constantes y el ambiente muchas veces no era el más acogedor.
La gente pasaba por delante de mí y se afanaba de su ausencia con dichos como: “Que suerte que no está más” o “La paz va a llegar ahora a nuestro barrio”.
Su muerte dejó algo positivo en mi: las charlas o los momentos en que estuve junto a él me di cuenta que no era una mala persona. Quizás estuvo en el momento equivocado a la hora equivocada. Pero su ideología fascista me repugnaba cada día más, y no logré decírselo, aunque todos los días lo sentía más fuerte en mi. Éramos muy diferentes, demasiado diría yo.
¿Me había convertido en un simulador, por “disfrutar” de sus consejos o por darle una compañía que quizás el no se merecía en lo absoluto?.
Pasadas las tres de la tarde, el sol no dejaba de brillar sobre el resplandeciente césped que cubría el terreno de juego. La temperatura ascendía a 33 grados, por lo que se hacía casi imposible comenzar el partido de fútbol. Sin embargo, los jugadores pensaban de otra manera ya que, reunidos en el centro del campo, decidieron empezar.
El encuentro era una especie de revancha por el resultado del último partido, que terminó 22 a 15 a favor de los chicos de la calle 67. Una verdadera paliza.
Transcurridos sólo 10 minutos, y con el partido empatado, ocurrió lo que resultaría una constante durante toda la tarde: un jugador del equipo contrario se resbaló sobre una vía del tren y se cortó la rodilla, pudiéndose observar su hueso. Inmediatamente fue llevado al hospital, dónde fue cocido y dado de alta en el momento.
La segunda lesión no fue tan dramática, pero dejó al equipo contrario sin el arquero, un verdadero problema ya que nadie quería ocupar ese puesto. La posta fue tomada por el “delantero estrella”, quien sin ningún problema asumió su nuevo rol.
Luego de 40 minutos de juego, el partido estaba 10 a 5 a favor de los chicos de la calle 67.
Hasta el momento habían pasado grandes paredes, buenas jugadas, golpes muy duros entre algunos chicos, goles muy tontos y otros de muy buena factura.
Allí comenzó la catástrofe: algunos pocos corrían, otros rezongaban, otros, demasiado cansados, no podían seguir el ritmo. En ese momento se suspendió la contienda a causa del calor. Era insoportable, sólo comparable con el desierto del Sahara. Las camisetas estaban a un lado siendo espectadoras principales, ya que casi todos los chicos estaban jugando sin ellas. Luego de refrescarse, mojarse un poco la cabeza, todo se reanudó.
El “10” del equipo rival comenzó a iluminarse y se cargó el equipo al hombro. De gran contextura física, fornido y dueño de una zurda imparable, jugaba y hacía jugar a sus compañeros. Goles de tiro libre, de cabeza, de afuera del área, para todos los gustos. Él solo convirtió 5 goles y empató lo que venía siendo una victoria contundente de los contrarios.
De ahí en más, el partido se hizo trabado, y algunos jugadores abandonaban el campo de juego totalmente agotados. La última jugada fue una verdadera obra de arte: nuevamente el “10” dejó un hombre en el camino, eludió al segundo y al llegar al área grande fue derribado por el fornido y grandote central del equipo rival. Falta y tiro libre.
Luego de acomodar la pelota, el jugador miró al arquero de reojo. Una, dos y tres veces. El balón ingresó en el ángulo superior izquierdo. Once a diez. La venganza había sido tomada, pero el sábado próximo volverían a enfrentarse, reedituando el partido y con otra sed de revancha.
© Ignacio Barandiain