La biblioteca estaba cerrando y decidí apurarme porque al otro día rendía ese famoso examen que tan paranoico me tenía y de una vez por todas me lo quería sacar de encima. El problema estaba en que en mi habitación se la pasaba Juan con su antigua novia: pelea, reconciliación, pelea, reconciliación, así unas cuantas veces. ¿Cómo puede haber gente que corta una relación y se puede amigar cuatro veces?. Bueno, por lo visto Juan tenía esa habilidad, y para ser sincero ese no era un problema que me incumbiese. Aunque esa noche si, porque no tenía un lugar donde estudiar, y mi única opción radicaba en quedarme toda la noche, frazada y café mediante, en la famosa y escalofriante biblioteca Osterheld.
Como un amigo trabajaba ahí todas las noches, no hubo ningún problema en quedarme despierto con los libros de compañía tratando de concentrarme en un lugar en el que, tres meses atrás, no sólo habían matado a un estudiante a golpes y palazos (se sospechaba del cuidador, un hombre alto, fornido, de unos 50 años) sino que al mes siguiente se sucedieron varios crímenes en los que no hallaron pistas, ni siquiera los cuerpos de los mismos. Lo llamativo de esto es que la policía local tampoco tenía idea de quien podría haberlos llevado a cabo, pero los forenses afirmaban que eran dos los autores.
La concentración de mis ideas en un tema tan poco alentador como lo es la matemática tuvo su máximo esplendor a la medianoche, cuando comencé a dormitar sobre una de las columnas del edificio. Estaba tan apasionante el teorema de Pitágoras que mis ojos se debilitaban ante cualquier fórmula que tenía adelante y se abrían ante cualquier ruido, por más mínimo que fuera.
El café entró en escena y los sorbos eran cada vez más grandes. De alguna forma me tenía que despabilar y la cafeína estaba haciendo efecto en mi organismo más rápido de lo pensado. La pequeña siesta me había servido no sólo para recuperar fuerzas, sino para tomar coraje y encarar con un ánimo un poco más alentador la segunda batalla de la noche: estadísticas y variables. Hasta ese momento de mi vida no podía entender como existía gente que en algún momento de la historia basase su vida en tan aburridos y tediosos temas para investigar. Y el perjudicado, como siempre, era yo.
Pasadas las dos de la mañana, las voces en mi interior no habían aparecido todavía. Me tenían un poco preocupado. La primera vez que las escuché fue en la visita que realicé al hospital psiquiátrico Melchor Romero, para un trabajo que estaba realizando en conjunto con un grupo de chicos del colegio. Después de realizar varias entrevistas, me senté a un costado y un hombre extraño, de apariencia sombría, ojos negros y cabello muy blanco comenzó a hablarme hasta llegar a un punto en que me sentí hipnotizado. Ingresé en un trance que me aislaba de la realidad, y hacía verme en una especie de sótano rodeado de tumbas. Lo curioso es que estaba solo, y este hombre continuaba hablándome en un idioma que me costaba descifrar. Su voz casi no se sentía, ya que murmuraba.
Cuando desperté del transe, mis compañeros estaban riéndose a carcajadas y las señoras del hospital no tenían idea sobre lo que me había pasado. Comencé a mirar a mi alrededor y el hombre había desaparecido.
Las voces no decían nada concreto, pero cuando se hacían presentes en mi cabeza mis ojos se cerraban automáticamente y despertaba muy cansado, con lastimaduras en los brazos muy profundas y sin ninguna explicación razonable.
Noté que mi amigo había desaparecido y me llamó la atención, porque el acuerdo que teníamos era que cuando él se vaya me iba a avisar así me dejaba las llaves para cerrar todo el lugar cuando yo terminara.
De vez en cuando enfocaba mi mirada hacia fuera, tratando de no perder de vista la casilla del cuidador. Ésta se ubicaba a unos cuantos metros de la puerta principal.
En el instante en que mi concentración se dirigía sólo a los libros, los ruidos comenzaron a surgir. Primero fue la puerta. -Es el viento- pensé. Ojalá hubiera sido eso. Los golpes se hacían más intensos a medida que yo no le daba importancia. Decidí acercarme, pero sigilosamente. Los escalofríos se me acercaban en todo momento. Al arrimarme a un metro de la puerta me asomé y me volví al instante. Mis manos temblaban al igual que mis piernas. De repente sentí que me tocaban la espalda. Sin darme vuelta corrí a más no poder. Era mi amigo, que había ingresado por la puerta de atrás sin hacer ningún ruido.
-No te imaginás el susto que me hiciste pegar...
-Disculpa, no quería molestar. ¿Estaba sonando la puerta principal?
-Si, eso estaba por averiguar.
Acompañado por él, el miedo siguió de largo al menos por ese instante. Juntos nos acercamos a la puerta y ahí estaba paradita, sin hacer ningún ruido Julia, mi amiga de toda la vida.
-Hace 20 minutos que me estoy muriendo de frío acá afuera- dijo ella con la cara y las manos congeladas.
-No tenía idea que venías- le dije sorprendido al verla.
Los tres nos quedamos adentro y me aseguré que todas las puertas estuvieran clausuradas para no volver a pasar por la misma situación. Las cosas se normalizaban un poco, ya que con Julia haciéndome compañía se me irían las ganas de escaparme, como hubiera pensando una hora atrás. Mi amigo desistió de quedarse y a los 5 minutos huyó a su casa, ya que al otro día tenía que levantarse para reabrir este lugar.
Ella es una amiga mía de hace muchos años. Su capacidad para comprenderme me sorprende, hasta llegar al punto en que existen momentos en que logramos compenetrarnos de tal manera en que siento que somos una misma persona. La conocí a los 7 años y desde ahí jamás nos separamos. Pero el primer encuentro no fue del todo ameno, por decirlo de una manera. Sin querer, jugando en la plaza, nos caímos del tobogán uno encima del otro y ella empezó a llorar. Así nació todo. Empecé a ir a su casa, ella a la mía, compartíamos juguetes, programas de t.v., y la quería como una hermana. Esa era la definición: es la hermana que nunca tuve. Mis papás, después de concebirme, no pudieron tener más hijos por una cuestión hereditaria que nunca entendí y mi infancia no fue lo que se dice muy alegre. Pero Julia me hizo entender muchas cosas. Ella odiaba que le dijera “mi hermanita”.
Decía que los hermanos se pelean todo el tiempo, por cuestiones que no tienen demasiada importancia, sino por el hecho de pasar el tiempo discutiendo con alguien. Y tenía razón. Nosotros nos llevábamos muy bien para ser hermanos y era una categoría en la cual ella no quería ser calificada. Así y todo la quería como mi hermanita menor. Nos llevábamos unos pocos meses de diferencia.
Nos sentamos en un escritorio donde estaban todos mis libros y empezó a contarme algunas cosas que tenía pendientes: cosas de amigos. El estudio, por supuesto, quedó en segundo plano.
Corrían las tres y el frío realmente se hizo presente. Fui a buscar unas mantas a una habitación continua y ella me esperó.
Las voces volvieron a mi cabeza. La aparición del hombre a quien yo había bautizado Ermes fue muy apocalíptica. Dejó entrever a través de su mirada sucesos que transcurrían en el mismo lugar donde Julia y yo estábamos conversando. Cerré los ojos y desapareció.
Una sola vez se me cruzó la idea de compartir algunas sesiones con un psicólogo amigo de papá. –No tenes que estar loco para ir a un psicólogo- decía mi mamá. Pero nunca me cerró demasiado el concepto de sentarme en un sillón a contarle pensamientos muy personales a un tipo que jamás había visto en mi vida y del que no tenía la seguridad de que fuera a contarle a mis padres que era lo que en realidad me estaba sucediendo. Si es que algo dentro mío andaba mal...
Regresé al rato y la secuencia siguiente a la aparición de Ermes siempre se repetía: veía todo negro a mi alrededor, como si las paredes no fueran las mismas, mi ropa estaba negra y del cielo caían bolas de fuego. Y las voces gritaban más fuerte que nunca, como si hubieran estado dentro mío desde mi nacimiento.
Cuando alcancé a Julia el piso comenzó a hacer un ruido muy extraño. Las maderas estaban muy húmedas, como si no las hubieran reemplazado en años. Ella se quedó inmóvil, sin realizar ningún movimiento. El edificio era muy antiguo, tenía alrededor de 200 años y jamás había sido reformado ya que pertenecía a una Iglesia de la zona y los curas jamás dejaron que nadie modificara siquiera una estructura de piedra. Cuando moví mi pierna los dos caímos. Fueron pocos segundos, y el corazón empezó a latirme muy fuerte. Quería salir de mi cuerpo. Me fijé si ella estaba bien y miré sorprendido a mi alrededor: había tumbas. Por todos lados.
Arriba de cada una se podía leer un nombre, con unas palabras que simbolizaban señales que me resultaban familiares, conocidas de algún lado.
La figura de Ermes se hacía cada vez más frecuente y eso me alteraba. Sentía que mis brazos estaban hinchados. Las venas comenzaban a abrirse y allí aparecieron los famosos signos. Nunca había presenciado algo tan maléfico y me estaba ocurriendo en ese instante.
Los susurros se acercaban lentamente a mi oído y las palabras de a poco comenzaban a esclarecerse. Todo este momento podía concluirse con un abrir y cerrar de ojos, pero yo no controlaba mi cuerpo. De repente escucho: -Deshazte de Julia, Ya!!-
Inconsciente de mis movimientos, me acerqué a ella y comencé a golpearla con una fuerza inusitada en mi. Ermes me observaba y asentía con su cabeza. Cuando acabé, la enterré junto a las demás tumbas. Yo había estado ahí, reconocía el lugar, pero las situaciones que estaba viviendo eran inusitadas.
Las señales decían: ¿Quién será el próximo?. La oscuridad se apropió del lugar, y la transformación recién comenzaba .
Repentinamente, las luces irrumpieron en mis ojos casi sin dejarme ver lo que tenía delante. Todo se tornó muy nublado, nebuloso, demasiado oscuro y los ruidos invadieron mi cabeza reunidos en millones de ellos. No era otro de esos sueños en los que me levanto agitado, sacudido y extremadamente convulsionado por un momento poco grato que me tocó vivir del otro lado de la realidad: esto estaba pasando justo ahora.
El auto estaba enfrente mío y para poder realizar la maniobra adecuada y lograr esquivarlo necesitaba de un segundo más, al menos. Y ese segundo no existía en mi vida, al menos no en esta vida.
La muerte estaba activamente presente en todo momento que cerraba los ojos y comenzaba a delirar sobre los principios de por qué vivimos y por qué no. Sobre quién toma esa dificultosa decisión, respecto de quién tiene el derecho de vivir y quién no. ¿Ese Dios que tanto aclamamos, que alabamos constantemente, realmente está observando todas las acciones que llevamos a cabo?. ¿Sus castigos son tan reales como pensamos o es sólo una cuestión mental y quizá paranoica que percibimos?.
El golpe casi ni lo sentí. Fue más como un estado de levitación: estar en el aire flotando casi sin realizar esfuerzo alguno, desde el impacto hasta que me desperté en el hospital sin saber en donde me encontraba o que estaba haciendo en un lugar así.
Odiaba los hospitales. Desde chico detestaba la idea de internarme en un lugar con gente enferma y, para colmo, ser cuidado por personas que no conozco y con quien no tengo nada de confianza.
La primera imagen que me vino a la conciencia al retomar el conocimiento no fue la del choque, sino esos minutos previos cuando salía de mi casa. Siempre tuve esa extraña y poco confiable sensación de que algún día un accidente me iba a tocar. Si, puede ser algo fantástico o anómalo, pero las visiones que tenía en mis sueños lograban anticiparme un futuro no muy favorable, casi crítico diría yo. La demencia siempre estaba muy presente y era protagonista excluyente de mis pensamientos diarios.
Un viernes a la noche se produjo la incipiente alucinación. Caía de un precipicio y el alud parecía eterno, nunca terminaba de descender sobre un piso que supuestamente pertenecía a un desierto totalmente deshabitado. Digo supuestamente porque jamás logré observar la superficie.
-Demasiado real como para ser un sueño-, pensaba.
Eso era lo que verdaderamente me provocaba un miedo casi verídico, incontrastable con mi vida.
Durante la sesión psicológica, la charla se repetía una y otra vez como si mi presencia en ese lugar estaría copiada, casi calcada: la misma ropa, la misma ubicación de los muebles y siempre la explicación estaba connotada a las expresiones características de los expertos.
-¿A qué se deben tus miedos?- decía el loquero, con su libreta en mano mientras apunta cosas que significativamente carecen de sentido. Y la situación no variaba en nada con respecto a la vivida la vez anterior.
Mis respuestas, obviamente, no se modificaban. Yo seguía al pie de la letra mi original discurso (alternaba las palabras para que el perito experto no se fijara en lo que yo decía) que practicaba todos los martes y jueves, que eran los días que asistía a mi “sesión de descanso mental y físico”, según palabras de mi mamá, que era quien me obligaba a asistir a un especialista por un supuesto desorden psicológico en mi cabeza.
Era de locos. Ella, que regía con un tipo que ni siquiera le caía bien y con quien convivía hace diez años en su casa, soportaba una golpiza diaria, muy estricta, con golpes muy diversos.
-¿Por placer?-, pensaba yo. Y ni siquiera tenía sesiones con alguien a quien contarle sus problemas. Pero acá parecía que el traumatizado era yo...
La visión que revolucionó parte de mis últimos días en la Tierra fue apocalíptica. Durante una discusión poco amigable con la pareja de mi madre, él sacudía sus manos casi anticipando una golpiza. Yo nunca me había interpuesto entre su extraña relación. Mi teoría residía en que si ella quería alejarse de él, tenía todo el derecho y la autoridad para hacerlo. Mi mamá era una persona fuerte, de gran carácter, pero que a veces, en contadas ocasiones, su debilidad para con el sexo masculino era muy poco alentadora. Igual no creía correcto interceder. Y además el destino de mi vida dependía de ello.
Acorralándome contra una pared, sus golpazos eran fuertes, pero yo lograba anteponerlos con una barrera espiritual que me trasladaba a un mundo aparte, paralelo a una realidad alterna que de vez en cuando visitaba.
Nunca pude entender su violencia para conmigo. Casi ni le hablaba, nuestra relación era meramente rutinaria: -Buen día, buenas tardes, cómo estas, bien, gracias, hasta luego, buenas noches-. Sólo eso, ni más ni menos. Nos mirábamos con desprecio, a veces con humillación de mi parte hacía él, pero la indiferencia rondaba casi siempre entre nosotros.
La lesión que sufrí en el accidente originó un hematoma craneano y una profunda hemorragia cerebral irreversibles, según los primeros diagnósticos de los médicos, que no alentaban para nada mi existencia en este mundo.
El peligro de vida es permanente estando en una situación como la mía. Las secuelas pueden quedar para toda la vida si la respuesta neurológica esperada por los doctores no es la más satisfactoria ni alentadora en los períodos especulados.
Durante cinco años permanecí en coma. Los facultativos decían que era todo un fenómeno el hecho de despertar un día (como pasó conmigo) y que todo estaba producido por alguien que jamás había bajado los brazos en base a su recuperación. Quizá no le di la importancia que en realidad tenía.
Nunca más volví a saber de mi mamá y de su pareja.
Al salir del hospital me sentí solo en el mundo. No tenía a nadie. Apenas sabía donde estaba parado.
La tranquilidad que me dio la decisión de suicidarme había sido una de las pocas sensaciones gratificantes que había tenido en mi vida.
Con el revólver en la mano disparé sobre mi sien sin vacilaciones, muy enfocado en mi objetivo. A los 16 años me vida recién comenzaba, pero del otro lado del abismo.
Me senté y comencé a esperar. Siempre, lo primero que me viene a la mente en el momento de encontrarme con alguien es: ¿vendrá?. No se porque, pero siento una voz dentro de mí, una especie de presentimiento, un vaticinio divino que me hace dudar de la presencia de la otra persona, y que mi mera participación allí esta de más. Ya se que quizás soy un poco exagerado, pero las propias experiencias me han dado la razón en más de una oportunidad, y si pasan al menos espaciosos tramos, lo mejor es irse, llevando nuestro orgullo con nosotros.
Después de unos minutos de simple aburrimiento y de escuchar las conversaciones de la gente que pasaba, los diferentes inconvenientes que pudo haber tenido Juliana se hicieron visibles en frente mío: se había olvidado. Eso me costó razonarlo, porque ella fue quien me había insistido para vernos a esa hora, aunque tuviera que cumplir con diferentes horarios de cursada en la Facultad. Así que opté por dejarla a un lado, aunque no la descarté, ya que todo podía pasar.
Quizás ahí está la clave: es mejor no hacerse demasiado de una idea en particular y aferrarse a ella, ya que aún podía pensar que la había atropellado un auto, que ella hubiera sido llevada de urgencia a un hospital y que la tuvieran que operar para amputarle una pierna (por esos minutos mi imaginación ya divagaba a lo loco).
La marcha que estaba a unos cuantos metros me hacía perder la noción del tiempo, y en breves ratos la mente se adentraba en los gritos del líder sindical que gritaba a favor del pueblo y en contra del gobierno, como ocurre siempre.
Pero los nervios cuando pasaban diferentes tipos de mujeres no se me iban, se quedaron siempre conmigo hasta el momento en que me fui: desde morochas hasta rubias, pasando por altas y bajitas. Pero su descripción no podía mentirme: sus ojos verdes, según ella, eran más lindos que los míos, así que no me costaría reconocerla; el pelo morocho, que no tenía idea de su longitud, me despistaba. Pero lo más difícil de todo es tratar de imaginarse a alguien que uno nunca jamás vio: por más que se tenga una descripción de la persona, todo se pierde a través de la sospecha y de la intriga que me persigue en esos minutos fatales durante la famosa espera.
La primera que se sentó cerca de mí, a unos cuantos metros de distancia (tres para ser más preciso, en ese sentido soy muy observador) comenzó a llevar su mirada hacia otro lado, y en ningún momento la dirigía para mi territorio. Como ella si me conocía a mi por una foto, se complicaba más la situación ya que dudaba mucho que diera el primer paso y se acerque para presentarse y además asegurarse que era a mi a quien buscaba. ¿Por qué no me saludaba?. Podía volver a mi hipótesis anterior, y recordar que quizás había tenido algún tipo de accidente o sólo que ella no era Juliana. Me aferré más a esa opción, aunque mis ojos se seguían yendo hacia su cuerpo, pero lo único que miraba era su pelo, y no era morocho, por lo que la descarté al instante, ya que no concordaba con la supuesta Juliana.
Para las 19:20 comencé mi retirada, al menos interiormente, porque mi cuerpo parecía no querer moverse de esas escaleras, teniendo confianza en que ella llegaría en cualquier segundo. Los pensamientos que se me cruzaban me llevaban nuevamente a conjeturar teorías que lo único que hacían era despejarme de la tediosa circunstancia que esta mujer, que ni siquiera conozco, me estaba haciendo “disfrutar”.
¿Podría haber decidido no ir?. ¿Entonces para qué, repito, me insistió en vernos?. No toleraba quedarme con un simple razonamiento y me adentraba más y más, aunque la intolerancia parecía querer ganarme.
Con las 19:30 en diferentes relojes que preguntaba mientras la gente seguía su vida, mi último suspiro duró lo que una eternidad y ella seguía sin aparecer. Todos esos besos que nos teníamos prometidos, las caricias hacia su ombligo que tan ansioso me tenía por conocerlo pasaron a un segundo plano, incluso hasta dejaron de importarme. No sentía ira ni odio, porque nunca llegué a odiar a una persona. Pero las ganas de conocerla se me fueron, como si se las llevara la suave brisa que pasaba por allí. Ella nunca apareció, y eso fue lo que más me dolió.
¿Podía escuchar sus disculpas, si alguna vez la tuviese enfrente mío?. ¿Tendría respuestas coherentes, al menos simples a todas mis inquietudes con respecto a su ausencia?. Me pregunto si alguna vez lo voy a averiguar...
© Ignacio Barandiain