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¿Dime si pasan las horas
dónde se queda mi vida?
Mi piel es llama encendida,
sabe de llanto y demoras.
Si mis sueños atesoras
en la noche compartida,
huir puede ser mi salida,
¿dime pasión dónde moras?
Y si son sueños los sueños,
y pensar es fantasía,
¿dónde quedan mis empeños?
Tal vez en la noche fría
sean así los duendes dueños
del sueño que me vencía.
Sensaciones de ausencia
entre palabras gastadas,
ilusiones despobladas
por desidia o impotencia.
La senda de la inocencia
se perdió tras las espadas,
y mil lágrimas calladas
dejaron ya su presencia.
De los sueños el amparo,
de la vida la memoria,
del saber el juicio raro.
Mil veredas en la historia
son coste de sangre caro,
por una línea de gloria.
Sueños de seductor,
una mente que toca,
la lascivia provoca
despertar con sudor.
Un enhiesto temblor
me recorre la boca,
la pesadilla loca
de la que soy autor.
Estertores de deseo
entre senos turgentes
que en imaginación veo.
De ensoñación caliente
por eyacular me meo,
como un niño inocente.
Unos niños jugaban
con un cañon casero,
y un cazador fiero,
al igual apuntaban.
Mira descompensada,
las prisas imprecisas,
voló el parapeto
de la diana buscada.
Así, ante esas premisas,
cazador altanero,
iracundo y fiero
disparó entre prisas.
Sentir sólo tu boca
de seda y fuego rosa,
y tu lengua jugosa
que mi paladar toca.
Esa saliva loca
es nectar en tu fosa,
esencia deleitosa
que mi mente trastoca.
Tus labios empalagan
mi ser y mi sentir,
y mis ojos se apagan.
Y mi cuerpo al latir,
con deseos que le embriagan
parece revivir.
© Miguel de Asén