Mondo Kronhela Literatura - República Argentina


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Estréchame en tus brazos

¡Estréchame en tus brazos, amor mío,
estréchame!
pues ni el agua ni la brisa del mediodía
tienen la dulzura de tus manos.

Ni el sol, ni los rumores de los árboles
que crecen en la orilla del arroyo
tienen la dulzura de tus manos.

Ni el aire que refresca nuestros labios en las montañas
ni el glorioso azul de la tarde
tienen la dulzura de tus manos.
Ni el sueño, de mejillas doradas y roja boca
entreabierta al deseo; ni el deseo
desnudo y virginal tienen la dulzura de tus manos.

Estréchame por eso tiernamente,
besa, toca mi piel enrojecida por el sol de mayo,
oh amor, antes que el día desaparezca
como un suspiro en los manantiales
porque ni el cielo ni la tierra
tienen la dulzura de tus manos.

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Debajo de una acacia.

Toda la noche estuvo la lluvia gorjeando
en jardines vacíos, tejados y alamedas.
Después de recorrer con paso vacilante
las calles encharcadas era hermoso perderse.
A veces una gota brillaba en tu cabello,
resbalaba en tu piel o quedaba feliz
prendida en tu sonrisa. Y entonces que embeleso
sentía, qué frescura rozaba el corazón.
(Ahora que no estás, dime que hacía el pecho
con tanto corazón, qué secretos posaba
la noche de noviembre en nuestros labios fríos.)
No importaba saber que había paraísos
con noches estrelladas, que en otras latitudes
iba la primavera embalsamando el aire
con aromas profundos, sonrisas y canciones.
Goteaban las ramas y en un rincón las rosas
no sabían qué hacer con tanto escalofrío.
Nos quedamos perdidos en aquel laberinto
de lluvia y de tristeza, pero cómo alegraba
saber que nuestros cuerpos rezumaban el gozo.
Debajo de aquel árbol nocturno y otoñal
la sangre de los dos ardía en un abrazo.

© Francisco Arias