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 Una
moneda romana en la cordillera patagónica
-¡ Escuchá...escuchá! En estos
momentos se está muriendo, es impresionante ¿ No te parece? Bárbara
sintió una opresión en el pecho, es cierto, podía sentir en las
notas la última respiración de Isolda. Miró a Federico, su cara
arrugada expresaba toda la emoción que le producía la música, sus
ojos celestes brillaban, mientras apretaba en su mano la moneda
romana, nunca se separaba de ella, según él, era su amuleto. Las
notas de “ Tristán e Isolda” se expandían moribundas por cada
rincón de la cabaña. ¡ Por fin terminó! Sintió deseos de llorar,
este hombre tenía el poder de hacerla viajar por sus aventuras, su
música, tenía que irse, refugiarse en su hogar, era la hora que
Julio regresaba de la escuela, extenuado por su doble turno de
maestro. Se despidieron, pronto se encontrarían. Federico había
aparecido en sus vidas de la única manera posible, omnipresente.
Arribó a esa zona de lagos patagónicos interesado en estudiar las
huellas de culturas antiguas. De origen germano, recorría el mundo
tras los pasos ancestrales del hombre, antropólogo, había dictado
clases en famosas universidades, una vez retirado se dedicaba a lo
que le apasionaba. Julio, su marido, lo admiraba pero no dejaba de
rebelarse, el viejo se abusaba de cierto dominio sobre ellos. En el
trayecto observó el crepúsculo cayendo sobre los bosques ocres y
rojos, este lugar de la Patagonia regala chispas de magia que
preceden al largo invierno, había que aprovechar cada momento
¡Temporada larga la de las lluvias! Y luego las nevadas. El ruido
constante de las gotas sobre los techos de chapa pulía las ilusiones
y los proyectos. Cuando las actividades cotidianas se estaban
haciendo rutinarias como hachar leña, reparar la salamandra, separar
y clasificar hongos recolectados en el bosque, hacer dulces, Federico
los invitó a cenar, los esperaba en su cabaña el viernes por la
noche.
Ubicados en la mesa de
piedra redonda apoyada en la pared del patio, al lado de la
parrilla, arropados, disfrutaban del olor de la carne asada y el vino
que reflejaba chispas rojas desde su color violeta. Esta vez Wagner
no por favor ¿ Quizás algo de jazz? La charla placentera
transcurrió por las anécdotas pueblerinas, por las visitas de
Federico a las cuevas pintadas de la zona y la acción lamentable
del hombre en ellas. De pronto el viejo quedó callado, era un
momento especial para él, debía proponerles una aventura, dependía
de ellos, el resultado cambiaría sus vidas, quería ayudarlos. Por
un rato quedaron en silencio, se dejaron seducir por los olores, los
sabores y la vista de la luna llena que jugaba a espiarlos entre las
hojas amarillentas de los álamos.
_Ya está muy fresco ¿Tomamos el café adentro?
Julio encendió el hogar, Bárbara preparó el café mientras
Federico disponía unos mapas en la mesa ratona. Se sentaron en
cuclillas alrededor de la mesa. Con marcadores de distintos colores
Federico les explicaba su secreto, hace mucho tiempo él sabía de un
tesoro escondido, de la época de la conquista, en un árbol hueco,
fosilizado, tapado por un tapiz musgoso y parte del sotobosque.
_ Queda en las cercanías del pueblo,
podríamos buscarlo juntos, es de un valor incalculable, yo sé
donde venderlo en Europa.
El tiempo parecía haberse
entretenido jugando a la búsqueda de la realidad, los jóvenes mudos
no pudieron responder a la propuesta, quedaban muchos interrogantes
y la situación lindaba con fronteras surrealistas. Hicieron
preguntas, dudaron de la veracidad de la historia, cuestionaron la
ética de la aventura, de todas maneras se despidieron con la promesa
de pensarlo, aunque la respuesta se leía en sus ojos. Luego de
despedirse de sus amigos Federico tiró una colchoneta al lado del
hogar, apagó las luces, puso su música favorita y se acostó. Sus
ojos celestes parecían pertenecer al universo, no a un solo
individuo. Levantó la moneda, la cara del emperador romano brilló
rojiza ante el resplandor de las llamas, una profunda tristeza lo fue
invadiendo ante la certeza del rechazo, ellos eran la última
esperanza que le quedaba. A través de la ventana se veía la luna
llena ¡ Ese poder fascinante que tenía de hacer suya la energía
prestada! Dolía ver tanta belleza. De pronto, una figura agigantada
provocada por el fuego del hogar apareció. Destino ¿Venganza?
Cuchillo, odio. El pecho del hombre emitió un sonido que escapando
de sus labios, huyó decidido a acariciar la plateada luz de la luna.
La música del disco llegaba a su fin, Isolda ya no respiraba.
.
La desaparición de Federico fue tan misteriosa como
la aparición en sus vidas. Fueron a la cabaña y no encontraron
ningún rastro de él, solo sus discos, algún libro y muchas cenizas
en el hogar, al costado de éste Bárbara encontró una libreta, como
si hubiera escapado de las llamas, la guardó en secreto. Concordaron
que Federico algo habría encontrado respecto al tesoro y al no
tener apoyo de la pareja decidió irse sin enfrentar una despedida.
Los habitantes del pueblo que casi no tenían trato con el hombre
creyeron que dio por finalizada su estadía en un pueblo exótico
para él. Bárbara sintió el vacío dejado por el viejo antropólogo.
Julio se volvió más taciturno. La joven justificó la conducta de
su marido como algo natural, al ser oriundo de esa región había
heredado la actitud reservada de su pueblo, quizás estuviera
aliviado por la desaparición de Federico, incluso llegó a pensar
que tenía celos del viejo, pero los meses subsiguientes la actitud
agresiva de Julio hizo insoportable la convivencia. En sus momentos
de soledad Bárbara pensó en la posibilidad de una separación, no
soportaba más vivir de esa manera, hasta sentía temor por la
mirada huidiza y fiera de su esposo.
Durante el verano,
cuando los días son tan largos que el sol evapora hasta los íntimos
pensamientos Julio fue de pesca. El río, con sus pozos y su relieve
obstinado de seguir su apariencia externa lo arrastró hasta la nada,
nunca se pudo encontrar su cuerpo. Pasó el tiempo, Bárbara, con la
fuerza de su juventud se fue reponiendo de la tragedia. Un día
encontró la libreta de Federico, decidió afrontar los recuerdos de
ese extraño hombre que existió en su pasado. Escrita de manera
legible y prolija leyó una narración realizada por el antropólogo.
Don Alonso González,
oriundo de las Tierras de Castilla y en tránsito por tierras
patagónicas, se dedicaba al estudio topográfico y preparación de
herbarios. Entre sus ropas pardas portaba, en bandolera, una bolsa de
cuero de puma en cuyo fondo escondía monedas de oro y joyas
heredadas de su familia española. Por encima de éstas un pedazo de
cuero tapaba el tesoro, encima de él llevaba los utensilios que
usaba para realizar sus estudios. De las monedas que escondía había
una que le quitaba el sueño, era de bronce, le fue donada por un tío
sin hijos, quería que él la herede, nunca supo como llegó a las
manos de su pariente. Era acuñada en Calagurris entre los 31 y 27
antes de Cristo. En el anverso figuraba la cabeza desnuda del
emperador Octavio y en el reverso la figura de un Toro grueso de
patas cortas, parado y mirando a la derecha, arriba una leyenda en
latín CALAGVRRI. Solo al recordar la antigüedad hacia transpirar a
Don Alonso. Él tenía un plan que había elaborado en años, de ahí
su decisión de viajar a las Nuevas Tierras. Hasta que decidió que
había llegado la hora de esconderlos. Luego de la cena Don Alonso
durmió de manera profunda a sus compañeros de expedición con unos
brebajes de hierbas de la región, excepto a su esclavo traído desde
el norte de los lagos. Éste debía ayudarlo en una expedición
secreta, ya había localizado el lugar donde escondería su tesoro.
Había trabajado la conciencia del indígena con raras historias que
el pobre no entendía, solo sabía que debía seguir a su amo. Cuando
la luna transitaba por el novilunio, amo y esclavo desaparecieron en
la oscuridad del bosque. En el trayecto hacia el escondite, Don
Alonso recordaba los meses de difícil derrotero por esos paisajes
imponentes, bellos y tan extraños a su Castilla natal. Llegado a las
costas del Pacífico Sur, se había puesto a las órdenes de Don
Pedro de Valdivia , Gobernador de Chile. La orden del Gobernador fue
que encontraran los caminos hacia “El Mar del Norte”, pero la
mayoría de los expedicionarios ansiaba llegar a la “ Ciudad de los
Césares” erigida sobre piedras preciosas y oro, la mítica ciudad
obsesionaba a los conquistadores. Los peligros no eran pocos, el
clima brutal, el paisaje montañoso, la vegetación boscosa cerrada,
los indígenas al acecho y las distancias enormes. Luego de cruzar la
cordillera tomaron de esclavos a un grupo de pehuenches, es cuando
solicitó a su comandante que le ceda uno de ellos para que lo ayude
en sus tareas. Se dirigieron tras meses de travesía hacia la Vega
del Cerro Chapelco, en esa belleza imponente acamparon a orillas del
lago Lácar. Ahí es donde decidió llevar a cabo su plan, el
indígena imperturbable hizo todo lo que se le ordenaba, antes de
guardar el tesoro buscó la moneda romana que su amo le exigió, éste
la tomó y la apretó entre sus manos. La oscuridad era absoluta,
solo algunos ruidos lejanos de algún animal nocturno rompía el
silencio. El topógrafo sabía que ahora vendría lo peor, ordenó a
su esclavo que levante unos utensilios que habían quedado en el
suelo, cuando éste se agachó le dio un justo golpe en la cabeza y
lo mató, luego de atarle unas piedras en el cuello lo arrastró
hasta un arroyo cercano, de aguas impetuosas, que arrastraría el
cadáver hasta el lago y de ahí al océano. Don Alonso llegó
extenuado al campamento pero por la mañana se levantó con la
energía de siempre a realizar su trabajo, el revuelo se armó cuando
se cayó en la cuenta de la falta del esclavo. Se concluyó que
quizás se hubiera emborrachado con la bebida de manzanas silvestres
que ellos mismos elaboraban y se hubiera despeñado por algún cerro.
Sin embargo, en los días siguientes él sentía la mirada penetrante
de los otros esclavos, comenzó a sentirse intranquilo, lo único que
deseaba era que la expedición termine, sabía que en no muy lejano
tiempo volvería por su tesoro. Las fuerzas de los expedicionarios se
iban agotando, habían fracasado en encontrar la“ Ciudad de los
Césares” . A manera de despedida, en la noche de plenilunio, los
esclavos, luego de atender a sus amos, prepararon una ceremonia para
sus Dioses, los brebajes alcohólicos fueron compartidos por los
expedicionarios. El topógrafo fingió que bebía, no soportaba el
alcohol. A La madrugada todos dormían, la luna gigante iluminaba una
de las noches más frías y bellas de ese final de verano. Arropado
hasta la cabeza, Don Alonso aún despierto, como en alerta, sintió
murmullos y movimientos ligeros, al destaparse solo pudo percibir el
último destello de la luna que rozaba su profunda mirada celeste y
aterrorizada. Su pecho herido exhaló un silbido que viajó por el
bosque huyendo hacia la luz. Luego el silencio.
Bárbara quedó
impresionada con la historia, debajo de la narración había unos
bosquejos que parecían indicaciones de terreno y el dibujo de la
moneda que detallaba la historia, sin duda la misma moneda que
Federico usaba de amuleto ¿ Qué relación habría entre las
vicisitudes del tal Don Alonso González y la vida del desaparecido
Federico? Un escalofrío le recorrió el cuerpo ¿ Acaso no
había cierta analogía entre el destino del esclavo y Julio, su
marido? Pero el tiempo todo lo puede. Al pasar los años la joven
formó un nuevo hogar, los hijos dieron luz a un pasado oscuro que
reflejaba su tristeza sobre todo en las noches de otoño. Un domingo,
Bárbara y su familia, fueron de excursión al bosque, iban a la
tradicional cosecha de hongos para su posterior secado, los chicos
entusiasmados corrían junto a su padre por los senderos. Al
atardecer luego de merendar resolvieron regresar, era principios de
otoño y el frío comenzaba a sentirse, por las ramas desnudas de
algunos árboles se esbozaba imponente la luna llena. Mientras
guardaban sus cosas Bárbara sintió un silbido, miró asombrada, su
marido emitía los sonidos de “Tristán e Isolda”, cosa rara en
él, quedó pensativa, recordó la mirada celeste de Federico cuando
escuchaba esa música, de pronto observó un objeto extraño entre
los pastos del suelo, lo tomó, parecía de metal, lo frotó en su
vaquero y lo elevó para mirarlo mejor. Su marido dejó de silbar, su
mujer daba vueltas al objeto en el aire, jugando con él como
posesa, los últimos reflejos del sol iluminaban una moneda de
bronce, en su reverso se divisaba la figura de un toro grueso de
patas cortas y en su anverso la cabeza desnuda de un imponente
emperador romano. Desesperada buscó refugio en la presencia de su
marido, éste, sonriente, la miró amoroso desde sus intensos ojos
celestes.
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