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He consumido mis ojos
al fragor del rábido ímpetu.
He estallado en mil pedazos
desde mi propio aliento.
Mis manos rígidas,
mi avidez en tormento,
la risada calma,
la fiebre de toda mi sangre
bullendo.
En la oquedad más críptica
he nacido y he muerto:
balbucante
turbado
rechinando
candente.
He mordido mis labios
cuán rayo eviterno.
He expiado las elegías
que busco y no quiero.
Y así se me va la vida:
cuando la alcanzo la dejo.
Las brisas que me la llevan;
que me la devuelve el viento.
Amor,
tengo que hacerte un poema
una noche prodigiosa de estrellas,
y sementar con mis versos
en el surco de tu cuerpo undoso
y de tu alma dormida.
Al conjuro de los cielos
tengo que reconstruir tu imagen
de la nada y de todo,
e imaginarla en la risa
mágica y febril
de mis sueños más verdes.
Debo acicalar tu sombra
y tornarla en fantasma
de mis propios miedos
para que te tenga conmigo.
Sólo así mirarás un día
-otros días- mis días.
II
Amor,
tu poema nace.
Mis versos ya te tocan
y resuellan ahogados
en tu rostro,
desde la profundidad misma
de mis silencios;
desde mis infancias
y mis muertes de siempre.
III
Dios mío,
amor,
te he escrito un poema
tan triste.
Tan del báratro que llevo
dentro.
Tan distante
y contrahecho.
Vé niño mío a la vida,
osa.
Sal de la nada
y revuélcate
en el mundo insano.
Brinca de la galaxia
y muere,
que te aguardan miles,
expectantes.
Acelera el dolor
para que no sufras.
Vé pequeño,
ve la luz,
si el abismo largo
y extenuante
tiene fin.
Anda mi niño,
atrapa la tristeza
del amor
en tus manitas
virginales
de cristal.
Afírmate en el viento,
coge la lluvia,
sueña ternuras,
trepa hacia el cielo.
Camina raudo
en el límite del alma.
Equilibra tu cuerpo
en las fronteras
de lo incierto
y cae en el intento.
No dormites.
Vigila,
grita.
Gime niño mío,
niño espiritual.
Corre,
vuela,
que Dios espera.
© Antonio Alvarez Bürger