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I
Aplasté la montaña con el cuerpo quebrado
y me dispuse a escuchar los ruidos del silencio.
Observé las sombras inquietas de los árboles inmóviles
y el plumaje imposible de los pájaros
que vuelan más alto.
También conversé largo con las hormigas
y soplé intensamente para odiar las denegridas nubes.
Cerré los ojos por un instante,
me dejé adivinar la destreza del insecto
e hice danzar el eco de los fierros estrellados.
II
¡Ah!, tú, Dios, que has torcido al árbol
para enseñarnos la grandeza del humilde,
déjame ver cómo la ventisca sacude los matojos
y no a la piedra arrebozada en el polvo,
y cómo inclina hasta el desprecio al humo errante
de las majestuosas chimeneas.
III
¿Qué silencio yo he buscado?
¿Qué silencio es el que escapa
de los ruidos del silencio?
He puesto candado a los ojos para oírme más adentro
y he tirado imprudente las llaves
entre los pájaros incansables
y los techos herrumbrosos castigados
por el martillo de todas las primaveras.
Estuve incluso en la fiesta de unas flores
que bailaban cadenciosas
con el murmullo de la brisa.
Más aún, descendí asido a una rama ondulante
por un río de guirnaldas.
Todo era mi silencio roto por los ruidos.
Todo eran los ruidos de mi silencio.
Del saxo le brotaban
desmarridas melodías
sosegadas
como sierpes infinitas
extenuadas
reptando en medio de la maleza
de los espíritus indolentes.
No era Yarbird que interpretaba el Bebop
con maestría
en los suburbios de New York
o Missisipi
pero estaba Donna Lee
evocada en el bullicio
por la calle de Maipú.
En el sombrero
inverecundo boquiabierto
amortiguados por láminas amarillas
autumnales
rebotaban a veces
los sustentos,
y el muro recíproco
devolviendo desde el frente
los lánguidos compases
de Donna Lee.
© Antonio Alvarez Bürger