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Ya no juegan los niños en las calles
Ya no juegan los niños en las calles
Las bicicletas surcan el espacio
sin escafandras;
no brincan ni hacen piruetas para ser niños
de las flores y de los insectos
Los adormecen las pantallas en las alcobas
y en los refectorios
Sueñan guerras animadas
mientras trinan los pájaros en primavera
Niños redentores macilentos,
émulos de juegos y redondeles,
no despliegan las alas extasiados
para corretear los sueños ni ascienden
a las estrellas para observar sus infancias
Cantan azorados la gloria del Dios caviloso
Ven crecer el alma atónita del yo pecador
y no hacen nada para ser niños de trapo
o de madera
Se los tragan las máquinas
Ellos penetran para conquistarlas,
para engolosinarse con sus vísceras
y aprenden a ser máquinas
fabricadoras de máquinas
insaciables comedoras de niños.
Me llovías
¡sí!
me llovías cuchillos aguzados
lentamente
por la línea de mis fibras,
y un temblor me transportaba.
Tú hacías ese viaje diariamente
con la boca, estremecida,
y lágrimas copiosas
que a los dos nos empapaban
me llovías.
Solíamos jugar juntos
bajo el trópico de tus deseos
y yo también
¡sí!
yo también,
a veces te llovía cuchillos
y dejaba heridas profundas en la luna.
Eran cuchillos de sangrantes lunas
que goteaban puñaladas
en tu alma, en la mía.
Primero tú, mujer;
después esas estrellas
ocultas por paladas
de hurgada tierra,
bajo cruces de llanto implicadas
como huesos con la carne.
Primero, yermo, con el cuerpo
atorado, mujer, en tu nido
Luego dormido,
aquejado de silencio y bruma
irrogando en paradojas
claridad eterna.
Primero Dios de enigmas
todo, adentro;
afuera el sufrimiento,
la espera, la fe pendular,
la certidumbre.
Mujer, madre, tú primero;
después yo sumergido
en una lágrima,
en una lágrima inmensa.
Repican como golpes de campana tus pesares,
llamando a funerales espectrales.
Son fantasmas que aúllan estridentes,
recorriendo los misales de tus ritos en la bóveda
celeste.
Son las hostias que tragaste compulsiva
en las noches torturadas de tus rábidos insomnios,
mientras buscas en los golpes de campana
tus
demonios.
Son columnas y columnas de soldados infinitos
escalando las costanas de los cuerpos siderales,
mientras tañen como golpes de campana
tus verdades.
Son descargas hemorrágicas que expulsan el deseo
hacia tus válvulas y venas dilatadas,
mientras todas tus ternuras, entre golpes de campana
se quebrajan.
Son, con todo, tus repulsas por los salmos y
alegranzas
abreviadas, por las lluvias en el alma de tus
llantos.
Son los golpes de campana:
la semilla de tus sórdidas sospechas
van sembrando.
Tus deseos omitidos, cuán redobles de campana,
van llamando a funerales espectrales.
Son anhelos retenidos, como golpes de campana
de
tus males.
Encendí entendimiento sólo para tender
mis huesos en el tálamo del cansancio.
Luego puse cerradura a los ojos
con cautela
y me dormí yacente a todo lo largo del sueño.
No había en el sopor más que temores
y vacíos abismales.
Entonces entorné la ventana para sentir frío
y simulé no estar vivo
Penetró el aire como en estampida
y fue el silencio roto el que arrancó la demencia
que colgaba de los árboles prosternados y torcidos,
y de mis pies
que zumbaban con estridencia
en medio de la bruma
Los ángeles y los demonios se besaban furiosos
disputándose mis pertenencias.
Yo sólo atinaba a prender fuego a mis horrores
Quería quemarlos vivos
Quería alejarme de los espectros,
que me cortejaban para sorprenderme.
Y no conseguía abrir los ojos en la escarpadura
Caía desalado.
Caía todo yo con el pálpito
de la destrucción
Me precipitaba anhelante de resacas
a océanos inacabables de fuego,
como un poseído,
simulando estar vivo.
© Antonio Alvarez Bürger