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No, no es que ya esté más viejo:
el descompuesto es este espejo
herrumbroso,
es cierto,
y ese anémico madero que lo cerca,
por ejemplo,
y ese vidrio deslumbrado,
sin reflejo.
No, no es que yo esté más viejo
Esos surcos tan profundos en mi rostro
no son míos,
son las huellas de los años
en el trasto polvoriento
que se empeña,
irreverente,
en culparme de sus miedos
y en faltarme así el respeto.
No, no es que yo esté más viejo,
te lo prometo.
Tal vez sea mi cansancio
proyectado en ese espejo.
Aunque sí hay algo cierto en todo esto:
son sus años los que tengo
y es posible que su traza no me agrade,
y es por eso.
Es por eso que no quiero
confrontarla con mi aspecto
Puede ser que esté algo viejo
porque ahora duermo menos,
ya camino un tanto lento
y me pesa más el cuerpo.
Pero, -insisto-
te prometo:
exagera aquel espejo
Lo que pasa es que mi vista
se ha acortado con el tiempo,
además que lloro tanto
de cada cosa que pienso.
Puede ser que esté algo viejo
porque agobiado me siento:
rehuyo las estridencias
y me encierro en mis tormentos.
El espejo,
te prometo,
es sólo un delator perverso
que gusta mostrarme triste
cuando de tristeza muero.
Cada día la pertinacia de un perro
una noche
un recuerdo
la ablución de nuestras almas,
el cansancio de no saber quien soy
y para qué he venido
la tragedia de los peces,
cada día.
Mi madre
mis hijos
mi padre que se ha ido
no sé a qué cielo
un parpadeo
la noche fría
el silencio eterno, la vida.
¿Para qué la prisa?
¿y los árboles?
¿y tú y yo,
cada día?
La mordedura triste de estar e ir,
de sufrir y llorar jamás
y siempre,
la maldición del tic-tac,
lo lejano,
el temor de no estar y ya no ser
un dolor
la sospecha,
de volver otra vez a la vida,
a la muerte,
cada día,
cada día.
Tengo un sentimiento tan confuso
que puedo inventar caballos encabritados
para lanzar en estampida hacia ti,
y luego bailar afectuoso
sobre sus cadáveres sudantes.
Pero me encuentro ridículo moviéndome
de aquí para allá y de allá para acá
asido a tu cintura.
Tengo una locura desenfrenada,
con muchos puñales en hilera
para persignarme como un místico.
Mas, eso también me incomoda
y puedes ahora colocar tus manos
sobre mi frente y santiguarme
con sangre de sacrificios.
Yo haré en tanto un dolor
de arrepentimiento agradecido
que me cure de tus males,
de la risa patética tuya por mi desvarío.
Podríamos irnos juntos hacia el silencio
y no haré más que bendecirte,
pero vamos de uno en uno
derramando dolores de tragedia.
Podríamos coger con cuentagotas
la ilusión y bastaría,
pero huyes, vida,
y no haré más que llamarte.
Incluso, me arrepiento
de los breves gozos para querer negarte,
pero vamos todos peregrinos
con el rostro en la tristeza
y no haré más que lamentarme.
Podríamos rezar sistemáticamente
de pie todas las noches blancas
y levantar el día en nuestras almas
o registrar sólo los sueños verdaderos
para ser, vida, lo que mandes.
Podríamos ser nada más que sombras
vertidas, desterradas de los cuerpos,
pero alegres marchando hacia la muerte.
© Antonio Alvarez Bürger