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 Primeras
letras
Cualquier
día empezar desde cero, escribir,
¡por fin!, la primigenia, la
inicial, la primera letra, el
primer verso, la primera estrofa, dejar
correr la tinta libremente a
través de la infancia, de los cerros, de
la escuela primaria esfumatoria, de
muchachas vírgenes persiguiéndome.
Algún
día echar al fuego todo lo
que la mano redactó, mintiendo, los
cuadernos donde el adolescente derramó
sus malheridos sueños, las
hojas que el joven solitario llenó
de su dolor para siempre.
Hoy
es la hora, poeta incipiente, hoy
el momento de liberarte de
tanto fárrago a tus espaldas, de
tanta letra confusa enlazada en
indefinibles arabescos.
Que
tu escritura irreverencial empiece
nuevamente desde cero, y
recorra las mismas estaciones con
la mano firme del auriga sujetando
las bridas de su carro.
 La
hora de la verdad
Qué
miedo acercarse al papel con
la mente atiborrada de
proyectos irrealizables, de
esbozos irremediablemente condenados
al papelero, desprovistos
de toda lógica, sin
tener pies ni cabeza.
Largo
tiempo parapetado detrás
de bellas imágenes, de
metáforas irreprochables, premunido
de un cuerpo léxico escogido
entre lo más granado de
nuestra santísima lengua.
Pero
a la hora de la verdad, cuando
el bolígrafo en ristre y
la voluntad resoluta, una
íntima, inexplicable voz toca
desde dentro retirada.
Y
se desordena el mundo, salta
en pedazos el puzzle, el
andamiaje se derrumba, se
rebela el vocabulario.
Qué
miedo, pues, aproximarse resoluto
a la página en blanco, y
perder de repente el control, ser
devorado por el vacío.
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