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Un año pibe, un año. ¿Vos sabés lo qué es eso? 365 días esperando por revancha, por venganza, para tener otros 365 días en los cuáles la espera sea satisfactoria y no como de costumbre, amarga y teniendo que recordar por qué no entró tal o cual otra pelota, por qué el árbitro no cobró ese penal. ¿Cómo carajo hicimos para perder con esos culoroto? No me mires con esa cara, ya se que perdimos nueve de los diez partidos que jugamos, que en apuestas movimos más guita que el hipódromo, pero vos sabés que en el fútbol no existe la justicia, pibe. Te juro que eran unos muertos, nosotros jugábamos juntos desde que éramos pibes, nene. Nos conocíamos como si fuéramos todos hermanos, nos criamos juntos. Ustedes no entienden esto, con el tema de la play station y la interné, juegan solos ahora. Siempre pibe, pero siempre, el tercer domingo de febrero se jugaba el clásico más grande de todos. No me vengan con River – Boca, Racing – Independiente, Central – Newell`s y toda esa manga de mercenarios. Nosotros jugábamos por amor al fulbo, pibe. Estos mercenarios, porque eso es lo que son, no saben lo que es un clásico. ¿O me vas a decir que sos tan boludo como para creer que son capaces de morir por sus colores? Nosotros si, era a matar o morir. Qué clásico de barrio ni que mierda, mocoso. Era la final del mundo. Ganar el último partido tiene un gusto distinto. Mirá si te dicen que es el último Boca – River de la historia, que no se va a volver a jugar, ¿sabés cuánto darían por ganar?. Bueno, pibe, éste iba a ser el último partido. Los dos equipos se deshacían, se partían. La araña era nuestro arquero y se iba a vivir a la capital, le había salido un laburito por ahí, y siendo un padre joven no podía dejar pasar esa oportunidad, ¿viste?. Cachito ya andaba con problemas del bobo, nene, el corazón ya no daba para mucho, pero el verdadero cuore, ese que tiene la forma de una número cinco le pedía un partido más. En el otro equipo también se iban todos. El cuatro que era terrible muerto, se dio cuenta que tenía los dos pies chuecos, y se iba a probar suerte a España, con la música que le iba bastante bien, pibe, lo que no sabía con los pies, con la guitarrita era crack, era Maradona, nene. El arquero se había peleado con el Gabo, que era un tremendo garca por naturaleza y le choreó una mina, y eso en el pueblo es imperdonable, porque nos conocemos todos y siempre iba a ser el cornudo. Mirá lo que te digo que ya ni nos acordábamos del nombre, siempre era lo mismo “tiremos los centros cruzados, que el cornudo no llega nunca”. Así que se iba a ir para la capital donde iba a poder recuperar su honor en el anonimato. Así que era el último partido, era una batalla, nene. Que waterloo ni que ocho mierdas, pibe, esto era la guerra. Y para nosotros más que nunca que el último partido la cagamos al final y durante 366 días, porque después de esa victoria agónica se dieron el lujo de gastarnos un día más porque el año era bisiesto, pibe. El Gabo éste que te conté, el garca, era el que rompía mas las bolas, boqueaba todo el tiempo y era más malo que el cáncer, pibe. Y después de ese partido, después de empujones y alguna que otra trompada, producto típico de la calentura, se escuchó lo peor. El Rolo, zaguero bruto si los había, le dijo al Gabo que habían ganado de culo, y se escuchó la peor frase, esas palabras que te duelen, nene, te hacen un agujero. El Gabo lo miró fijo al Rolo, lo miró para arriba porque el Rolo era inmenso, y le dijo: “si, lo ganamos de culo pero ustedes la tienen bien adentro”. Yo no sé como hicimos para frenarlo al Rolo. Le quería arrancar la cabeza, eh! Lo quería matar, no le importaba nada. Pero lo tuvimos que parar para no tener que dar explicaciones de por qué se murió ese hijo de mil putas, que bien merecido lo tenía. ¿Qué pasa, nene? ¿Me seguís? Ah!, claro, no te conté como fue el partido. Perdíamos siempre contra esos burros y eso que éramos mejores, vos lo sabés. Ellos tenían al Checho nada más, que era la reencarnación de Labruna, nene. Era el tipo más habilidoso y goleador que vi en mi vida, te lo juro. Y arriba tenían a la torre, el Rengo. Medía 2,10 metros el hijo de puta. La vieja decían en el pueblo que estuvo 36 horas para parirlo, porque el pibe nació midiendo un metro. Era burro, eh. Pero pelota que iba por arriba te la metía adentro. Era para lo único que tenía la cabeza, nene, porque era más boludo que las palomas. De casualidad terminó quinto grado y tuvo que dejar el colegio porque era bobo, simplemente por eso. Eran todos grandotes y nos ganaban en el físico, viste. Es como que ahora juegue River contra los Pumas, si lo agarra un fullback a un delantero del Millo, lo rompe, no juega más en la vida. Pero nosotros insistíamos, eh. Después del partido contra estos giles, nos dolía hasta el último pelo del quetejedi. ¿Me estoy yendo por las ramas, pibe? La cuestión es que la araña era un fenómeno, un arquerazo. Con él en el arco jugábamos tranquilos. Y de última el Rolo, que era bien guapo, fracturaba un grandote y listo. Juro que se llevó más ligamentos de una cancha, que minas a la cama, porque era fulero, te daba miedo. Y en el medio estaba Kiko, que era fino, viste. Era un cinco de esos que pisan la pelota como loco, pero que cuando salen de la cancha, no tienen barro. Jugaba bien, pero era medio putazo a la hora de meter leña. Y yo jugaba arriba, pibe. No te voy a hablar mucho de mí porque no queda bien, pero te voy a decir nada más que tenía 1,5 de promedio de gol por partido. El partido era muy chivo, íbamos 2 a 2 y faltaban cinco minutos. Así que rotos y todo, decidimos aguantar a los penales. Porque la araña era un fenómeno, sólo le hacían goles por arriba porque medía un metro cincuenta. ¿Vos sabés el récord que tenía? Preguntá por la araña, te lo van a decir. Le patearon cien penales y sólo le metieron dos, pibe, ese récord no lo puede igualar nadie, querido. En los penales, sabíamos que con meter uno ó dos, si es que se alineaban los planetas y alguno de estos burros le podía clavar uno a la araña, ganábamos seguro. Cuando faltaba un minuto, el burro de Gabo tiró un centro terrible, porque la araña no iba a llegar nunca y el hijo de puta del Rengo la paró con la mano, lo vieron todos, pibe. La bajó con la mano y la metió con el pie, que lo tenía de decoración nada más, la bestia esa. Creo que es el único gol que hizo con el pie. Y bueno, pibe, la verdad es que el Gabo tenía razón, porque la sentíamos adentro, realmente nos habían violado, nene. Entre el árbitro que no cobró, y que fue en el último minuto, en serio la teníamos clavada ahí. Pero sabés que ganamos el último, ¿no? Después de 366 días, se la clavamos nosotros. Les dimos un terrible “pesto” ese día, nene. Y te lo digo orgulloso, hace 15 años que la tienen clavadita ellos. - ¿Otra vez con lo mismo?
Será posible, todos los días le contás esa historia, ¿seguís sin
darte cuenta que es un bebé y que no entiende? Pibe, es tu vieja, pero es mina, viste. No entiende de esto. Yo te preparo, porque el día de mañana vos vas a jugar con los hijos de la araña, del Rolo y de kiko, y de todos los muchachos. Van a jugar contra los hijos de estos burros, y se la van a clavar, como se la clavamos nosotros, nene! |
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Alejandro de Speluzzi
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