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No le digas a tu vieja

- ¡Pollerudo!
- Ricardo, ¿otra vez con eso? Si vos fuiste el que la mandó…
- Sos un pollerudo, traidor
- Por qué no te vas....
- Basta. ¿Otra vez con lo mismo ustedes dos?
- Es el pesado de tu hermano, Cecilia, que no aprende mas
- Papá, ¿por qué te dice el tío que sos un pollerudo?
- Por qué es un chiquilín, Gonzalito.
- Contale al pibe, es mi sobrino, tiene que conocer la verdad.
- ¿Vos querés saber la verdad? Yo te la voy a contar. Agarrá la pelota, vamos a la plaza y mientras te voy contando.

Mirá Gonzalito, yo la conocí a tu vieja en el barrio. Aparecieron un día tu tío Ricardo y ella. Se habían mudado recién, y te juro que nunca me voy a olvidar de ese momento. Me acuerdo que Doña Tota, que era la chimentera del barrio, me dijo su nombre: Cecilia. De ahí en más todos los días intentaba cruzármela. Mi vieja no entendía por qué yo insistía tanto en ir a hacerle las compras al almacén, ir a comprarle el diario o los puchos al viejo, cuando antes lo único que hacía era patear la pelota contra la pared. Estaba horas dándole y dándole. Algo me había cambiado, era que la conocí a ella, a tu mamá.

La verdad que todos mis intentos fueron en vano. El primer mes ni siquiera me la crucé. El segundo, la vi tres veces y no le pude ni hablar, me quedé mudo. Ahí fue cuando me empecé a resignar, me di cuenta que no tenía “pasta” para las minas. Así que me puse a darle otra vez a la pelotita, que para eso sí que no arrugaba. Volví a jugar con los muchachos, que los tenía un poco abandonados. Éramos sensación en el barrio; no hubo ni habrá otro equipo como el nuestro, te lo puedo asegurar. Ganamos el interbarrial cuatro años seguidos, y yo fui el goleador. La clave era que lo tomábamos como si fuéramos profesionales. Cuatro veces por semana, nos juntábamos a entrenar aunque se complicara con el estudio.

Cuando me escuchás decir que el fútbol me dio todo, es en serio, me dio todo: alegrías, tristezas, buenos momentos y lo mejor que tengo, que es tu vieja.

Era uno de los partidos más importantes del año, porque jugábamos contra un equipo que hacía poco había aparecido, y se comía a los chicos crudos, eh. En ese equipo estaba tu tío. Salimos a la cancha y estaba llena, se caían las tribunas. Estos partidos revolucionaban al barrio. Pisé el pasto y ni quise mirar a la gente, pero es inevitable. Debía haber veinte o treinta personas esperando el partido.

Lo mejor fue que la vi a Cecilia, tu vieja; estaba ahí sentada mate en mano, más linda que nunca. La miré fijo y ni se inmutó. Y como ya te dije, para las minas no servía pero para el fútbol sí. Ahí pensé que ese era el mejor momento para acercarme a ella y fue lo que me propuse. Lo agarré al Moncho, que era un defensor nuestro, quizá el más elegante que vi en mi vida, y le dije: “La única forma que tengo de que me de bola, es que hoy la rompa y le haga saber que cada uno de mis goles, es para ella”. ¿Sabés lo que me dijo el muy garca? “Cagamos, hoy no hacemos un gol ni de casualidad”.

El partido fue tremendo, de los más duros que jugué en mi vida. Ni nos habíamos acomodado, que el Pulpo, el cinco de ellos, le sacó la pelota al Gordo y le metió un pase cruzado de cuarenta metros a Ricardo, tu tío, que metió un cabezazo terrible. Pobre, el Negro, todavía está buscando la pelota. Fue tan rápido que creo que se tiró cuando ya había entrado.

Pero no por nada éramos la sensación del barrio. Nos agrandamos y empezamos a hacer lo nuestro. Tocar por abajo, jugar rápido, meter lujos y por sobre todas las cosas: mucha garra. Moncho lo anuló a Ricardo, no tocó una pelota más en todo el partido, y yo no dejé pasar mi oportunidad. Metí un tiro libre al ángulo y cuando lo grité la miré todo el tiempo a tu vieja, fijo como para que se diera cuenta que el gol era para ella, pero ni se inmutó.

Después el Gordo hizo un golazo tremendo, que creo que si lo hubieran filmado nadie hablaría del gol de Maradona a los ingleses. Se amagó a ocho rivales, arquero incluído, y hasta tuvo tiempo para agacharse y empujar la pelota con la cabeza. Obviamente, a ellos no les gustó mucho y nos empezaron a repartir unas cuantas patadas. Tu tío me agarró de atrás y casi me rompe todo, pero yo tenía que seguir adelante por Cecilia, por tu vieja.

Casi en una pierna jugué el segundo tiempo. Apenas arrancó, lo madrugué a Kiko, el central de ellos, y se la levanté al Largo, que era el arquero. ¿Sabés lo que es picarle la pelota a un tipo que mide casi dos metros? Yo lo hice. Otra vez arranqué mi festejo con dedicatoria y esta vez se tenía que dar cuenta, después de semejante golazo no podía ignorarme. La miré fijo y para que mi plan no fallara, la señalé con el dedo. Miró para otro lado, pero me di cuenta que se puso colorada, que supo que ese gol era para ella.

Lo miré al Moncho, que me había gastado cuando le conté mi plan de conquista, y le hice un gesto que es universal. Le levanté el dedo mayor, y lo seguí mirando. Ahí me acerqué y le dije: “Un gol más y es mi novia”.

Y vino nomás el gol. Se equivocó el defensor y se la puse al lado del palo al Largo. Después de mojar tres veces en un partido, se te va toda la timidez que puedas tener. Esta vez el festejo fue con plus, porque me acerqué adonde estaba tu vieja y le dije: “Vos sos la goleadora del partido, porque todo fue por vos y para vos”. Ahí se puso tan colorada que casi se desmaya.

Terminó el partido y en medio de los festejos, la quise ir a buscar, pero se había ido. Hasta ahí, no sabía si era difícil o se hacía, pero que yo sufría como un condenado por ella, te lo puedo asegurar.

Otra vez a remarla, pero esta vez había una luz de esperanza, porque aunque sea, había podido decirle más de tres palabras sin tartamudear como un boludo.

Unos días después me la volví a cruzar, y ahí no le pude hablar, me quedé mudo otra vez. Ella me ayudó un poco, me sonrío y me saludó. Eso ya era casi tocar el cielo con las manos, era estar en el paraíso.

De ahí en más nuestra historia parecía terminar; se puso de novia con el boludo del Pulpo. Yo cambié un poco porque ya estaba más canchero con las minas, así que cuando me la crucé en el almacén del Cachito le dije: “Vos no podés estar con un burro como ése, vos te merecés un goleador como yo”. No te puedo decir si fue por mi frase o que, pero a los diez días lo dejó al Pulpo, que lloraba desconsolado. Por más que todos le dijeran que era un maricón, yo lo entendía porque era la mina más linda del barrio, pero qué digo del barrio, del país. Por eso me propuse salir con ella, aunque fuera una vez porque con eso me iba a alcanzar; yo sabía que ella era para mí.

Cuando la veía por la calle le pedía que saliera conmigo, que me dejara llevarla a comer y al cine, aunque fuera por una vez. Yo sé que no soy Beckham pero tampoco soy feo, pero ella se negaba siempre.

Teníamos que jugar la final del barrio otra vez contra el equipo de tu tío. Se había rumoreado que de la paliza que le habíamos dado nunca se pudo recuperar. Y fue así, él no te lo va a aceptar nunca, pero el pesto que le pegamos ese día en la canchita lo había marcado de por vida.

Cuando salgo a la cancha la veo a tu vieja ahí. Ella dice que fue por su hermano, pero también fue por mí, aunque no lo reconozca. Me acerqué y le propuse salir como hacía siempre en los últimos tres meses. Casi me caigo al piso, pensé que me desmayaba, cuando me dijo: “La película la elijo yo”. No podía ser más feliz, pero… siempre hay un pero con tu vieja. Cuando me estaba yendo me dijo que la única condición que ponía era que jugara mal ese partido. Que fuera para atrás, así le demostraba cuánto valía para ella. Obviamente fue para que no siguieran gastando millones de pesos en el psicólogo de tu tío porque otra vez le íbamos a ganar, era fija. No sabía que hacer, tenía que elegir entre el fútbol y Cecilia, entre la gloria y tu vieja.

Arrancó el partido y otra vez nos sorprendieron. De entrada tu tío nos vacunó. Este no era el mismo equipo, se habían entrenado día y noche para la final, y se notaba. Volaban, parecían los morochos estos que corren en atletismo.

Ahí me di cuenta que no podía traicionar a los pibes, resignar mi pasión solamente por una mina. Aunque no era cualquier mina, el fútbol es el fútbol.

El único error que tuvieron en defensa en el primer tiempo, lo aproveché. El Pulpo se la dejó corta a Kiko y robé la pelota. Se la clavé en un ángulo y cuando lo grité la miré y su cara de desaprobación me partió al medio.

El segundo tiempo fue calcado al primero. Otra vez tu tío nos embocó enseguida, y encima nos teníamos que bancar que nos gocen, porque nos tocaban la pelota y hacían tacos y lujos. Ahí sabía que iba a perder todo. A tu vieja por no haber ido para atrás y el partido. Nunca pensé que podía quedarme sin nada, pero esta parecía ser la primera vez.

El fútbol siempre tiene una vuelta más, siempre. Faltaba un minuto y el Gordo se mandó otra apilada dejando rivales desorientados en el piso. Pero esta vez cuando quiso gambetear al Largo, no pudo. De atrás apareció Kiko y le metió terrible patada que lo partió al medio. Obviamente, lo echaron y cobraron penal.

A sesenta segundos del final, un penal… y lo tenía que patear. Cometí el peor error de mi vida, mirar a la tribuna, bueno, a las sillitas que había al costado. Tu vieja me miró y entendí todo. Era meterlo e ir al alargue, pero quedarme sin la mujer de mi vida o errarlo y fallarle a mis amigos, pero estar al lado de la mina más linda del mundo.

Estaba paralizado, no sabía que hacer. Moncho me gritó: “No seas pecho frío que el Gordo se rompió los ligamentos, para que ganemos, metelo”…. lo tiré afuera. Los pibes se quedaron mudos, paralizados, nunca había errado un penal.

- Gonzalito, te emocionaste...
- No, papá, lloro porque sos un traidor y un pollerudo, al final, el tío tiene razón.
- Escuchame, Gonzalito, tu vieja es lo mejor que me pasó en la vida, pero te juro, ni pensé en errarlo. Pateé el pasto de burro nomás, pero no le digas a tu vieja porque todavía no la llevé al cine.

 

© Alejandro de Speluzzi
 
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