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Era una locura. Yo iba a esos lugares de espanto para salir de la rutina. Y aunque a veces las cosas se ponían difíciles, nunca había pasado de allí. La mayoría nos conocíamos, pero no dejaba de llegar de repente uno que otro despistado ansioso de vivir su gran noche. Esta vez la jugada había ido en aumento, y Jacob, el impetuoso y osado apostador, no dejaba de pujar. -Voy con doscientos más –dijo- Los otros se miraron estupefactos. Pero sólo uno reaccionó. El resto, se retiró. Jacob se dobló: full. Ases y reyes. Su rival frunció el ceño. -¡Maldita suerte! –exclamó- desparramando las cartas sobre la mesa-. Jacob se agarró todo el monte. El grupo se esparció por la salita buscando beber un trago. Ya no había ánimos para seguir jugando. Como casi siempre, Jacob se lo llevaba todo. Poco después se charlaba vivamente, entre gritos y algazaras. Bien sé que jamás se debe preguntar a un jugador cuánto ha ganado. Mas esa noche la emoción me conquistó al darme cuenta de la triunfante sonrisa que Jacob mostraba en los labios. -Te va bien ¿Eh? –le dije-. ¿Cuánto ha sido hoy? El hombre me miró de soslayo tratando de adivinar mis intenciones. -La suerte
está conmigo, eso ya lo sabes. Su soberbia me embaucó. -Si es así –le espeté- No dudarás en apostar conmigo. Jacob me miró interrogante. -¿Quieres
jugar? –preguntó- El rostro de Jacob ardía, pero yo me mantuve impasible. -¿De qué
se trata?
El rubio Jacob no contestó. En su rostro floreció el bermejo rubor de la pasión. -¿Cómo lo
haremos? –preguntó- Jacob guardó silencio. Los murmullos habían bajado de tono y todos comenzaron a rodearnos. -¡Es
una locura! –exclamó uno-.
Nos sentamos. Saqué el arma y la deposité sobre la mesa. Cogí las cartas y barajé, poniéndolas luego en el centro. Jacob partió el mazo y me miró. El silencio era más profundo que la angustia de los alientos. Tiré dos cartas: el cinco y la sota. -Sota. –dijo Jacob, impulsivo- Hice una pausa, respiré hondo y comencé a tallar. Siete… tres… rey… El silencio se fue haciendo más filoso y la ansiedad enmascaró todos los rostros. As…caballo … ¡cinco! Un denso murmullo de admiración llenó de inmediato la estancia. Todos miraban a Jacob, y después, como si de una liturgia se tratase, se volvían a verme a mí. Jacob mantuvo la vista perdida, como implorando al destino algún portento. Y de repente bajó el brazo y tomó la pistola. Sus manos temblaban. Todas las miradas captaron el brillo de los fotones de luz de los ojos de aquél hombre. Se puso el cañón en la sien y metió el dedo en el percusor. Jaló con decisión el gatillo y un sordo clic se escuchó. El clamor de los gritos fue estruendoso. Jacob, tenso y sudoroso, forzó una sonrisa. Volvió el arma a la mesa y me miró. -Una por otra –me dijo, tragando saliva-. Tú ganaste primero, pero yo gané al final. Como te dije, estoy destinado a ganar. Yo asentí, aún con las cartas en la mano. Fue hasta que salí de allí que me di cuenta de la locura que había cometido. ¡El destino existía, no cabía duda! Y, por lo visto, estaba de parte de Jacob. Considerando que precisaba un poco de ruido, me desvié hacia la zona de bares. Entré en uno y busqué dónde sentarme. Estaba atiborrado. Me abrí paso hasta la barra y me acodé para pedir un trago. Bebí con avidez y traté de relajarme. Estaba en eso cuando sonó mi teléfono. Era Sifo, un amigo jugador, que me gritaba: -¡Lo han
matado… lo han asesinado! Sentí que toda la sudorosa multitud del bar se me venía encima, majándome. -¡No
es posible! –dije- Pero si lo dejé más
que vivo hace apenas media hora. Corté, y me puse a pensar mientras bebía. Pensé en Jacob y en todo lo que había vociferado aquella noche. Pensé en mi necedad de apostar. Pero sobre todo, pensé en el destino. |
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Alejandra Pinal
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