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Una mujer, sola, camina viboreando entre el cordón y los frentes color tierra, cansados de ver pasar mujeres solas.
Un hombre, solo, parado en una esquina prende un
cigarrillo, sin meditar sobre lo que pasará en el próximo
segundo de su vida. Notas escondidas que salen a la luz cubriendo las glicinas y los patios. Se meten por los oídos sin permiso, sacuden el alma. Soledad con música. Luna de pasiones detonadas por una palabra. Traición oculta, no hay olvido, no hay perdón. Lanzas de fuego.
La colilla pisada con calma, firmemente, observa desde el
suelo la hoja filosa de acero que sega silenciosamente el
aire. Sobre la mesita de noche estaban dispersas las miserias, un cigarrillo sucio de rouge, el reloj de pulsera sin pilas, cenizas desparramadas alrededor de un cenicero barato de losa cascado, un pañuelo húmedo y estrujado. El velador con la lámpara quemada, ostentaba con orgullo una vieja tulipa de vidrio azul claro, sin disimular las motas de tierra que se acumulaban sobre él. No faltaban en la escena el vaso vacío de vino barato, ni el repelente escupitajo. El lugar hedía a humedad. Un observador minucioso descubriría un fajo de unos pocos billetes sobre el piso, tapado por un retazo de sábana. Habían sido puestos allí fastidiosamente, sin otra intención que la de pagar un servicio, casi con asco. El callejón que se alcanzaba a ver desde la sórdida ventana era castigado por una llovizna fría y pertinaz. Los ladrillos de los muros mojados reflejaban siluetas oscuras, que serpenteando, pasaban frente a ellos. El conteo de las últimas pastillas en la palma de una adolescente sin esperanzas, el último estertor de un animal agónico, el llanto de un borracho abandonado, hablaban de angustia esa madrugada. Ella no dormía, con los brazos cruzados sobre su nuca miraba el cielorraso, buceando en su razón, buscando algo que quizás nunca tendrá. Una débil luz ilumina sus ojos pardos. Recuerdos de provincia. Mañanas soleadas de domingo caminando hasta las orillas del rio. Mateadas cómplices durante las tardes de lluvia. Secretos confesados a una amiga en las nochecitas cálidas de primavera, sentadas en el banco de la plaza. Bailes de sábado. La primera vez, al costado del camino, en el pasto. Vergüenza inicial, la embestida y el grito triunfante de su compañero, el llanto final, resignado.
En el tumulto de sus pensamientos, comprende. Ya nunca será
nada más que una sombra. |
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Alberto Parra
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