¿Dónde está el trabajo?

Una luminosa tarde de sol clasificaba sellos postales sentado en mi cómodo sillón color turquesa y munido de clasificadores, catálogos, pinzas y otras herramientas imprescindibles para la tarea. En el momento en que me aprestaba a servirme un café suave y colombiano, me percaté que era martes por la tarde. Me pregunté entonces....¿no es hoy un dia laborable?, ¿no debería estar trabajando y dejar el hobby para otros momentos?, despues de todo soy profesional, y si estoy con mis sellos es porque no debo tener trabajo, bueno.....¿será que realmente no tengo trabajo?....concluí, no sin cierta lógica.

Luego de la reflexión, dejé lupa, pinzas, clasificadores y catálogo, para dirigirme hasta la puerta de mi estudio, impulsado con la idea de salir a buscar y encontrar el trabajo.

Debí empezar mi búsqueda a pié, no podía hacerlo de otra manera Unos días que tuve que liquidar mi único automóvil. Ocurrió que el insolente gerente de la sucursal del banco del barrio me conminó a cubrir un modesto saldo, que milagrosamente se había reproducido como el pan y los peces, gracias a los normales intereses vigentes. El final fue previsible, mi vehículo, pequeñito y gracioso, se inmoló en la cuenta corriente, no sin antes despedirnos cariñosamente en una última vuelta a la manzana. Me conmovió ver como al pobrecito se le humedecieron los faritos delanteros cuando me vió partir, dejándolo en las manos de un extraño.

Comencé la pesquisa a paso seguro, confiado. Luego de un corto recorrido llegué a las puertas de una fábrica ultramoderna, que se dedicaba a armar equipos fabricados allende los mares, con máquinas robotizadas que trataban amorosamente a piezas hechas por señores que tienen los ojos rasgados, o por otros que son rubios, altos y de ojos celestes.

En la entrada de la factoría me encontré con dos hombres, con los que mantuve unaa amable conversación. Me enteré que uno de ellos era un tornero especialista, oficio que le habia sido enseñado por su padre con el que trabajaba en una pequeña fábrica, producían piezas para una empresa automotriz, en ése lugar el hombre era apenas un aprendiz, el padre, un señor oficial tornero. Contó además que luego de concluir su jornada de trabajo, cansados pero contentos, se tomaban unos mates con sus compañeros, cargadas y chacháras de por medio. El otro hombre, bajito, morocho, piel curtida, se dedicaba a limpiar las máquinas, se notaba que le gustaba su ocupación, llevaba en un bolsito herramientas y útiles de limpieza, ordenados prolijamente. Narró que habia emigrado siendo pequeño desde Catamarca, que vivía en una humilde casa de los suburbios, construida a fuerza de sacrificio por él y dos de sus seis hijos.

Cómo no había nada que hacer, ambos hombres tenían la rutina de acercarse a la fábrica por la mañana, quedandose allí hasta la tarde, en correspondencia con el horario de las pocas personas empleadas.

Cuando concluyeron sus relatos les pregunté si querían ayudarme a buscar el trabajo. Cómo no amigo....me dijo el tornero. Claro que sí....contestó el limpiamáquinas. En compañía es otra cosa....dije a mi vez. Ahora que somos tres va a ser mas sencillo y quizás más rápido.

Sin mediar palabra comenzamos la búsqueda encaminanándonos hacia un comercio de ropa deportiva, entramos y encaramos a un señor muy serio, con cara de serio, porte de serio, si alli estaba el trabajo. El señor serio no pudo contener una lágrima cuando respondió que no, que no estaba por allí, había pasado hacia ya largo rato por el negocio, y que la única empleada, de la que se habia enamorado en secreto, se marchó tras de él. No insistimos y luego de meditar que dirección tomar, el limpiamáquinas dijo.....a la derecha, para allá fuimos.

Debo decir que a esta altura el optimismo en la búsqueda permanecia absolutamente intacto, averiguamos que el trabajo existía. La certeza nos dio mucho ánimo. Creímos en la palabra del comerciante.

Pasada media hora de caminata, nos topamos con un pequeño edificio en construcción. La actividad aquí era intensa. Baldes que subían con mezcla de cal, arena y cemento, ladrillos rojos que hacían crecer un muro, caños que se colocaban unos tras de otro en fila. Una maravilla de actividad, no podíamos estar más contentos, acá está el trabajo, nos miramos los tres y sin decir palabra penetramos al predio del edificio. Que bién...le dije al tornero...vés nuestra búsqueda ha llegado a su fin. Parece mentira, no se porque fuí tantas veces a la fábrica sin darme cuenta de la existencia de esta obra...respondió. Voy a limpiar mejor que nadie ésa máquina.....masculló entre dientes el otro.

Los baldes los eran arrastrados por una señora joven, graciosa, bella. Los ladrillos los colocaba en su lugar por un muchacho de unos 15 años. Un señor robusto y con cara de pocos amigos instalaba los caños. Al vernos entrar, este señor sacó de entre sus ropas un cortafierros enorme, tomando a su vez una maza de 4 kilos, nos increpó fieramente, ¿que quieren aquí?, no necesitamos a nadie, vayansé por donde entraron...gritó. No necesitó utilizar argumento mas convincente para que los tres pusiéramos pies en polvorosa. Al grito de huyamos que los soldados cobardes pueden volver a utilizarse, y sin pensar ni racionalizar nada corrimos, y corrimos.

Nuestra carrera terminó frente a un barrio cerrado, tipo country. Al ver el tipo de automóviles que entraban y salían, la cantidad de rubias bronceadas que ocupaban esos vehículos, el cajero automático junto al macizo portón de entrada, un señor con gorra y uniforme que pedía documentos a todos lo que no vivían alli dentro y las arboledas que se divisaban desde nuestra posición, les comenté a mis compañeros de ruta, que seguramente en éste lugar, donde la plata corria a raudales, era como el dorado de los conquistadores, ahora si que no podíamos equivocarnos, donde hay plata, tiene que estar el trabajo, sin ninguna posibilidad de error.

Mirándonos como los integrantes de una tribu antes de salir de caza tratamos de levantar un poco nuestro alicaído ánimo, en esas situaciones se renuevan las ilusiones.

Pregunté al guardia de gorra y uniforme si por casualidad él le había pedido documentos a el trabajo. No....contestó secamente. No puede ser..... le retruqué....con toda la plata que hay en este lugar debe haber pasado por esta puerta.....indicándole con mi dedo exento de cualquier anillo, el portón de entrada. No....insistió el impertérrito guardián. Se parecía más a un guradia de una cárcel que a un soldado de la independencia. Con mi mejor sonrisa le pedí permiso para buscar dentro del barrio, en el fondo no le creía, no me imaginaba que el trabajo no anidara allí. Nuevamente recibí un violento no. Está bien.....le dije a modo de revancha y con docto tono.....el idioma castellano tiene al menos 18 a 25 mil vocablos, de los que usted caballero solo usa uno. Pretendiendo ser original, el cancerbero me dijo....si. ¿Quiere decir que sabe dos?...continué con el mismo tono..... válgame el cielo, Jesús, María y José.....terminé mi alocución despidiéndome de él haciendo una reverencia de mosquetero francés frente al rey, mi dignidad habia quedado intacta.

Mis amigos que no entendieron muy bien el incidente me arrastraron hasta una calle lateral, donde, y para nuestro asombro, encontramos a una hermaosa niña con cofia y delantal, portaba un plumero en la mano izquierda y una franelita estrujada en su mano derecha. Acercádome me animé a preguntar.....¿vos quien sos?. Soy una mucama, sirvienta, o como quieras llamarme, acabo de salir de esa horrenda vivienda, en la que me pagaban pocos pesos, pero en la que no quiero trabajar más.....respondió de una sola vez. Me dí cuenta que no estaba muy feliz, se me ocurrió interrogarla sobre el trabajo, quizás podía darnos parte para encontrarlo, no contestó. Con un gesto de dolor nos señaló que buscáramos en otra parte, allí no estaba. Imaginé esa respuesta, pero, no pensaba bajar los brazos, seguiríamos investigando. Le rogué a la joven que nos acompañara. Cuatro son más que tres...le dije, ella al comprender que mejor acompañana que sola, decidió seguir con los tres exploradores.

No voy a contar en detalle lo que pasó después con este singular grupo. Sólo para satisfacer alguna curiosidad. Diré que vimos a maestros corrigiendo exámenes innecesarios, dirigentes sindicales comiendo pantegruélicos asados, políticos preocupados por sostener su imagen y alborozados por mantenerse en su puesto, militares gordos, bomberos sin manguera, policías desilusionados, pobres de toda pobreza, alguién de buen corazón, otros de mal corazón, ejecutivos preocupados por responder correctamente a la organización con sus secretarias poco eficientes y truchas, curas piadosos y solidarios, curas poco piadosos y poco solidarios, burócratas desvergonzados, vagos, proxenetas, estudiantes esperanzados, gente que comía de vez en cuando, ladrones, prostitutas y travestis, dioses y paganos, de todo, pero absoltuamente ninguno nos pudo dar la ubicación de el trabajo.

Era una maldición, por más que buscamos, caminamos, indagamos, solicitamos, pedimos, nadie nos dijo donde podíamos encontralo, nos invadió la desazón, a mis amigos y a mí, causa que permitió que nos despidierámos deseándonos buena suerte.

Hoy, diez días después de mi toma de conciencia, me enteré que el tornero vende panchos en una cancha de fútbol, el limpiamáquinas vive de la renta que sus hijos se procuran haciéndose pasar por minusválidos en la estación Once del subte A, y que la mucama pasó a revistar en una de las zonas rosas de Buenos Aires.

Yo sigo esperando que mis sellos me den alguna que otra alegría.

 

© Alberto Parra
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